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(OPINIÓN) Abrazar la democracia. Por: Laura Mejía

Ojo, Colombia. Nos estamos jugando mucho más que una contienda electoral. Nos estamos jugando el alma de la democracia. No lo hemos dimensionado. Lo que hoy estamos presenciando no es un simple desacuerdo entre ideologías. Es un deterioro progresivo —y cada vez más descarado— de los principios que s

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Redacción IFM
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(OPINIÓN) Abrazar la democracia. Por: Laura Mejía

Ojo, Colombia. Nos estamos jugando mucho más que una contienda electoral. Nos estamos jugando el alma de la democracia. No lo hemos dimensionado.

Lo que hoy estamos presenciando no es un simple desacuerdo entre ideologías. Es un deterioro progresivo —y cada vez más descarado— de los principios que sostienen un país: la independencia de poderes, la libertad de prensa, la protección al derecho a disentir y el respeto a quienes piensan diferente.

Cada vez que una institución es deslegitimada desde el poder.
Cada vez que un ciudadano es perseguido por sus ideas.
Cada vez que un periodista, un juez, un funcionario, un académico o un opositor es estigmatizado por ejercer su rol…
Perdemos todos.

La democracia no se rompe de un día para otro. Se fractura lentamente, mientras algunos miran hacia otro lado, mientras otros celebran el ataque al «enemigo», sin darse cuenta que los enemigos reales son la intolerancia, el fanatismo y el desprecio por las reglas de juego.

Rodear a las instituciones y a los líderes es una obligación democrática. Blindarlas contra los abusos del poder, contra las narrativas que buscan dividirnos entre buenos y malos, entre pueblo y élite, entre “patriotas” y “traidores”, es una tarea urgente.

Porque si el Estado empieza a perseguir al que incomoda, al que investiga, al que revela cifras que no encajan en el relato oficial, entonces ya no estamos ante una democracia saludable, sino frente a un régimen que avanza peligrosamente hacia el autoritarismo. Ojo, Colombia.

Defender a quienes hoy son blanco de señalamientos por ejercer su libertad —gobernantes regionales, congresistas, empresarios, periodistas, ciudadanos comunes— no es defender una orilla, es proteger los valores sobre los que se construyó nuestra convivencia: la libertad, la pluralidad, el diálogo y el respeto.

Ninguna democracia sobrevive sin diferencias. Ningún país avanza si calla a quienes alertan sobre sus errores. Y ningún futuro es posible si dejamos que el miedo sustituya al debate.

Hoy, más que nunca, necesitamos líderes que piensen diferente, pero que remen hacia el mismo horizonte. Necesitamos menos populismo y más sensatez. Menos dogma y más verdad. Menos queja y más acción.

Ojo, Colombia. Que el 2026 no se trata solo de elegir un nombre en la Casa de Nariño. Nos estamos jugando el carácter de la nación. La posibilidad de seguir siendo un país libre y plural. Nos estamos jugando si queremos vivir en una sociedad donde las instituciones pesan más que los caprichos del poder, donde la ley está por encima de la furia, y donde los ciudadanos pueden hablar sin miedo.

Abrazar la democracia es resistir a la tentación del odio. Es entender que las diferencias no se eliminan, se tramitan. Que la crítica con inteligencia no destruye, fortalece. Y que la verdadera unidad no se impone: se construye con respeto.

Y sin embargo, a pesar de los riesgos, hay razones para la esperanza. Porque aún hay ciudadanos comprometidos, voces que no se apagan, instituciones que resisten, líderes que no se rinden. Aún hay millones que creen en un país posible y decente, que no se dejan arrastrar por la furia ni por el miedo.

Colombia tiene futuro si decidimos construirlo juntos. Si, en lugar de odiarnos, nos escuchamos. Si, en lugar de rompernos, nos reconocemos. Abrazar la democracia es creer que vale la pena defender lo que somos, para no perder lo que podríamos llegar a ser.

Porque si no la abrazamos ahora, mañana podríamos despertarnos en un país irreconocible.

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