La kakistrocracia de La Alpujarra
Por: Jaime Restrepo Vásquez Para escudriñar las entrañas de la bestia que nos desgobierna, es menester entender su naturaleza y sus alcances. Solo así podremos inmunizar a la ciudadanía medellinense de volver a caer en las falacias de nirvana que inevitablemente deparan en aventuras fraudulentas y d

Por: Jaime Restrepo Vásquez
Para escudriñar las entrañas de la bestia que nos desgobierna, es menester entender su naturaleza y sus alcances. Solo así podremos inmunizar a la ciudadanía medellinense de volver a caer en las falacias de nirvana que inevitablemente deparan en aventuras fraudulentas y dañinas.
La bestia no está encarnada en un solo individuo. Por el contrario: es una cofradía que se alió para saquear y destruir a Medellín. La naturaleza de la bestia se puede entender mejor a partir de un término acuñado a mediados del siglo XVII: kakistocracia, palabra que significa «gobierno de los peores». También se le conoce como cacocracia, o gobierno de los malvados.
Pues bien. En el año 2019 entregamos el control de la ciudad y de nuestra cotidianidad a una banda de kakistócratas que se ha empeñado en malgobernar con los peores y como los peores. Dos años después de iniciada la aventura, ahora vemos que son los incapaces, los torpes, los arbitrarios, los lambones sumisos, los que carecen de ideas y los más corruptos quienes detentan el poder en Medellín. A esta cacocracia que nos desgobierna le incomodan la democracia y el estado de derecho, dos pilares de la civilidad que ellos desprecian de cabo a rabo.
A esta kakistocracia medellinense le resulta imposible combatir la corrupción, porque ellos son los autores de la corrupción que se apoderó de toda la institucionalidad. Además, es imposible que una banda de corruptos combata la corrupción o persiga y castigue a los suyos, salvo que se salgan del libreto y se conviertan en disidentes incómodos para los cacócratas. De igual forma, esta bestia ha descentralizado la corrupción al punto de que cada uno de los integrantes del concierto para delinquir de La Alpujarra, defiende su propio nicho de negociados y clientelas, como quedó demostrado en días recientes, con aquel comunicado de la Alcaldía en el que se les da luz verde a los señores feudales de las distintas dependencias para piratear el presupuesto de la ciudad.
Adicionalmente, la kakistocracia de La Alpujarra tiene como fuente de poder el clientelismo y las prebendas, esas que sostienen la maquinaria electoral con la que aspiran a atornillarse en el piso 12 y —por qué no— llegar a más altas dignidades para seguir con la rapiña, ya no a nivel local, sino a nivel nacional. Esa maquinaria corrupta y clientelista ha sido vendida como la panacea para cierto político que está en campaña desde hace varios años, quien ve en la kakistocracia de Medellín una fuente de recursos para comprar votos y aceitar los engranajes que le permitan tomar la Casa de Nariño.
Al consultar las descripciones sobre gobiernos kakistocráticos, hay que admitir que en Medellín han superado, con creces, a sus predecesores. De hecho, en un futuro, los estudiosos de la política y de la administración de recursos públicos dedicarán un módulo especial para escudriñar los alcances de la cacocracia que ha liderado Daniel Quintero Calle, pues, además de la mediocridad, de la torpeza y de la ausencia de escrúpulos para desvalijar el erario, será menester que evalúen los niveles de amoralidad existentes en la cúpula del concierto para delinquir de La Alpujarra, llegando incluso a convertir las sedes de varias instituciones del conglomerado en lupanares donde se hacen transacciones y se otorgan concesiones a partir de favores sexuales.
Claro está que, si la dama no acepta, los miembros de la kakistocracia medellinense, comenzando por Daniel Quintero Calle, no han tenido, ni tendrán empacho, ni límites morales en forzarla a acceder a los deseos irrefrenables de los violadores, acosadores y abusadores que ahora detentan el control de la ciudad.
Así las cosas, nos desgobierna un grupúsculo de politicastros que son lo peor de la viña, que ejecutan sus tropelías con toda la maldad e insolencia posible, que carecen de frenos éticos y morales para respetar, por lo menos, la integridad de las mujeres que, desgraciadamente, atraen a esta suerte de depredadores. Esa es la administración de Medellín, esa que el dinero del narcotráfico nos está impidiendo sacar a patadas de La Alpujarra.

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