(OPINIÓN) “Yo no olvido el año viejo. Ninguno de ellos” Por: Juan Ortiz Osorno.
Cuando Crescencio, hombre alegre, nacido en Pinillos, Bolívar, Colombia, compuso que el año viejo le había dejado cosas muy buenas y las enunciaba: Me dejó una chiva, una burra negra y una yegua blanca ¡Yo me sentía tan identificado! De niño me regalaron una yegua blanca, a los 12 años, como traído
Cuando Crescencio, hombre alegre, nacido en Pinillos, Bolívar, Colombia, compuso que el año viejo le había dejado cosas muy buenas y las enunciaba: Me dejó una chiva, una burra negra y una yegua blanca ¡Yo me sentía tan identificado! De niño me regalaron una yegua blanca, a los 12 años, como traído del Niño Dios. Fue la primera vez que supe que el Niño Dios eran mis papás, porque debo aclarar que yo nunca me vi con Santa, ni existió Santa en mi infancia.
Gracias a Dios, porque eso de que un señor barbado te traiga regalos, al escondido, no debería ser políticamente correcto ni ahora ni nunca. A mí me traía el niño Dios. Y cuando dejó de existir el Niño Dios, mi papá y mi mamá me regalaron una yegua blanca. Y todos los fines de año, yo me sentía el más identificado con la canción “El año viejo” hasta que la violencia nos sacó de esa finca y mató de manera miserable a mi yegua blanca.
Cuando escucho “Yo no olvido el año viejo…” pienso que no he tenido la chiva ni la burra negra. Crescencio, el autor de la canción, dijo que cantó la realidad de su vida ese año que la compuso. ¡Qué abundancia la de Colombia, antes! Tan abundante era que Crescencio se hizo famoso por esa canción y por otras como La Múcura, siendo Crescencio analfabeta. Sí, el autor de tantas canciones no sabía leer ni escribir y vivió y murió vendiendo flautas en las calles de Medellín, descalzo, como siempre vivió, dizque para sentir más la naturaleza. Murió Crescencio en Medellín, en 1976, sin saborear las mieles de la riqueza mientras su canción, aún es la más cantada en todas la fiestas, de aquellos a los que les fue bien y celebran lo que les dejó el buen año. Crescencio dijo algo iluminado, a mi modo de ver, sobre el arte en general: “No he creído que uno compone nada, sino que lo único que hace es recoger motivos de lo que está con perfección hecho. Nadie compone nada. Todo está compuesto con perfección. Uno lo que hace es descomponer.»
Lo que más puede descomponerte de un 31 de diciembre, es que te agarre donde no debes estar, camino a donde debes llegar. ¿Has corrido para llegar a tiempo en año nuevo? Yo era joven y tenía una novia en la universidad. Y ella se fue de viaje familiar de fin de año a Cartagena. Yo me fui con tres amigos al Rodadero. El primer día de playa la pasé bien, pero pensé al ver a mis amigos y sus levantes, que era siempre mejor tener novia, que estar en eterno casting, de la mujer soñada. Y mis amigos soñaban unas mujeres irreales. A mí la vida me la puso fácil, porque me gustaba la bonita del barrio. Y de hecho no tenía que estar tan bonita desde que conectáramos.
Este pensamiento siguió creciendo los días siguientes de mis vacaciones. No era capaz de concentrarme en el difícil arte de salir a seducir para tener citas increíbles y memorables. Y extrañaba a mi novia con quien me la pasaba rico, tan fácil, hasta que alguien tuvo la fantástica idea de hacer un viaje sólo de “manes”. Que para qué llevar leña para el monte, decían. Y yo pensaba en mi novia desnuda y no entendía cómo iba ella a ser leña. Si hubiera que buscarle un símil, sería el de una punta de anca de cebra. O el de un lomo, como dicen los argentinos. Pero leña, no. Total, en pleno 31 de diciembre decido que me quiero ir a ver a mi novia. Le digo a mis amigos y se enojan y se sienten tristes, porque es como decirles este viaje apesta y ellos se sienten mal y quieren que yo me sienta mal, pero yo ya estoy corriendo a la terminal para tomar un bus que me lleve del Rodadero a Cartagena. Llego a la terminal y había un millón de personas, o tal vez más, sólo en la fila de mi posible pero evidentemente lejano bus. Me filo y estoy procesando la idea de cuántas horas tardaré en subir a un bus. Descargo mi morral en el piso de arena suelta y un bus frena levantando una polvareda a centímetros de mí. Detrás de mí. De la puerta cuelga un flaco, de cuerpo tallado, que grita: Cartagena. Y paso de ser el pasajero millón uno, a ser el uno. Les doy gracias a Dios, a mi madre, a mi tía, a mi hermana, a todas las mujeres que me enseñaron a orar a Dios y a la virgen. Asisto a una cacería salvaje de puesto, en el bus. Como hordas de zombis, decenas pretenden montarse y lo hacen por las dos puertas y unos más hábiles por las ventanillas. Yo ya estoy sentado. Todos me miran. Nadie me había visto y no pueden odiarme, porque tienen que ocuparse de pelear por su puesto, en una lucha salvaje. Yo igual luzco como antagonista de película barata y ya estoy sentado. Comienza el viaje, que debería ser de unas horas. Algo disfrutable, de aventura, un 31 de diciembre, en bus, viajando a ver el amor. No suena mal, para el fin de año. El padre de mi novia era el suegro perfecto. Costeño puro y sano, padre de tres hijas, mi novia la menor. Y él era el que invitaba de vacaciones, a todos los novios de sus hijas, para tenerlas cerca, pero también para dar amor a los que amaban a sus hijas. Yo sabía que por mal que mi viaje estuviera, llegaría a un apartamento cinco estrellas en Cartagena, con vista al laguito o al mar.
Nada podía dañar mi viaje y ahí el bus tosió, corcoveó y luego de unos metros se detuvo entre humo negro del que todos corríamos. Salté por una ventanilla, como tantos. Corrimos lejos del bus convencidos que explotaría en el acto. El bus no explotó, pero tampoco volvió a encender. Botados en 31 de diciembre debajo de un sol abrazador, perpendicular, en la mitad de una carretera. En una época antes del internet y los celulares… Yo sólo tenía el nombre del edificio de apartamentos al que debía llegar. Comencé a caminar en dirección a Cartagena. Pensé que era mejor alejarme todo lo que pudiera de los demás del bus, para que me llevara a mí, el que apareciera. Y avanzar. Caminé rápido y corrí, por horas, con mi morral de alpinista en la espalda, sudaba y me arrepentía de haber empacado todo lo que llevaba.
En un camino de terracería, apareció un camión de escalera, que tenía una parte para pasajeros y arriba una gran parrilla para carga e iba repleto. Parecía la chiva de recuerdo, que le venden a uno en la feria de las flores. Corría al lado de la chiva pero el conductor no se detenía. Recordé que en respirar estaba el poder y seguí corriendo pensando en mi respiración. “Súbete cachaco” me gritaba un “man” de arriba de la chiva y me decía que le pasara mi morral y yo todo desconfiado, pensando que si le pasaba el morral y no me subía, pues perdería todo. El resto de los pasajeros me animaron a subir y pase el morral y trepé a la chiva. El paso era lento, lento. Pasamos por un pueblo y un chico corría, como yo corrí antes, al lado de la chiva, ofreciendo unos chicharrones. No había comido nada, así que me compré uno y me lo comí rápido. Vi la carretera sentado en el techo y entramos a Cartagena como a las 8 de la noche. Me dejaron a la entrada de la ciudad. En la distancia y a lo lejos, se veían las murallas y más lejos los edificios a los que yo iba. Me puse el morral y caminé. En ese momento sentí que el chicharrón ese, me había sentado mal. Ya no tenía sólo mariposas de amor, en el estómago. No era amor. Era claramente una intoxicación. Caminé y caminé. Por momentos pasaban autos pero ni aminoraban la marcha. Sudaba frío, tenía cólicos brutales.
Unas horas después, un taxi se detuvo y me preguntó a dónde iba. Le dije y me pregunto más. Me dijo: ¿Tú sabes que si te llevó me pierdo mi fin de año? Para llevarte tienes que tener una buena historia y dinero. Cuéntame rápido tú historia. Estaba con mis amigos, le dije, pero me di cuenta que la paso mejor con mi novia y ella está allá y señalé los edificios al otro lado del horizonte, mientras hice una mueca de dolor por mis cólicos. Continué: Vengo corriendo todo el día para llegar. Y la verdad, sólo si tú me llevas será una buena historia y creo que si no me llevas mi historia va a ser la peor. Le di entonces todo el dinero que tenía conmigo, vaciándome los bolsillos. Y él me llevó.
Condujo como un loco en año nuevo, para no perderse su celebración. Yo llegué a los apartamentos y encontré una nota de mi novia con la dirección de un hotel bellísimo, donde era la cena de celebración. Pero no pude disfrutarla. Vi a mi novia que era una hembra poderosa y enseguida enfermé: Vomité y mientras vomitaba recordé a unos ladrones que me robaron un monopatín azul, un 25 de diciembre cuando era yo muy niño y salía uno a celebrar con los juguetes nuevos. ¡Alucinaba ya! Cuando terminé de vomitar y de recordar el monopatín azul que mi madre me compró y un ladrón me robó, me di cuenta que estaba hospitalizado. Pasé unos días en la casa de una tía costeña de mi novia, que no me conocía, pero me atendió y me cuidó varios días como si yo fuera su más querido familiar. Hasta que pude recuperarme para viajar solo, en avión a Medellín, aterrizando en el Olaya Herrera, un día de enero, lejos de ese 31 que corrí a encontrar el amor.
¿Has corrido lejos del año nuevo? Viajé a cuidar a mi mamá a Washington DC. Me tocaba el turno de noche y mi hermano hacía el turno principal de día. Era un invierno frío y nevado. Mi novia celebraba la nieve y yo no podía celebrar nada, porque mi mamá se nos había desvanecido y la dimos por muerta y de repente delante nuestro la revivieron. Y todos quedamos pasmados. Cuando la revivieron dijeron que la debían volver a operar. Y acababa de salir de una cirugía larga de corazón. Yo tenía un florero y estaba poniendo las flores y cuando el médico pregunto si ella había comido y la enfermera dijo sí, entonces el doctor dijo “que sea mañana a primera hora la cirugía” Y el florero y el agua y las flores, se me resbalaron delicadamente de las manos. Cayó todo al piso y todo se hizo pedazos. Me miraron todos en el cuarto y todos corrieron, hasta el doctor experto en corazón, a auxiliarme como si reparar el florero fuera reparar a mi madre.
Pasamos otra vez por el proceso de la cirugía. Yo lloraba, en las noches, al escondido y esa novia me consolaba. Cuando volvieron a operar a mi madre, yo me fui a una catedral cercana a rezar a Dios. Mi madre salió perfecta de la cirugía y volvió a ir al “gym” y a retomar su vida en DC. Yo estaba enfermo. Me sangraba la nariz de las calefacciones. Y una crisis me exploto: Laringitis, faringitis, todas las “itis” juntas. E increíblemente, debía viajar a Medellín a acompañar a mi padre en una cirugía. El tiquete al mejor precio y el más rápido posible, era el 31 de diciembre y aterrizaba en Medellín a las 8 y 30 de la noche. Yo lo único que quería era salir de calefacciones y respirar aire que corriera, que estuviera vivo. Sólo el aire en movimiento tiene vida.
En el viaje de DC a Miami, mis oídos reventaban de la inflamación. En Miami pregunté por un lugar de fumadores y ese fue el primer aire que pude respirar, luego de calefacciones y ese invierno atroz. Recuerdo la cara de mi novia, viéndome respirar feliz, ella fumando y yo al lado de fumadores de cigarro. Yo respirando feliz del aire real con nicotina y alquitrán, pero sin calefacciones. Así me sentía de mal.
Aterrizamos en Rionegro y no había taxis, y un “man” de un carro particular, nos cobró el doble por bajarnos. Creía él que hacía un gran precio. Pero la verdad es que cualquier dinero era barato para mí. Salir del invierno de DC y llegar a la primavera eterna en Medellín. Me vine como perro de rico con la cabeza por la ventanilla, respirando el aire que perfuma las montañas de mi tierra. Estallaba la pólvora y ella y yo celebrábamos, respirar, en la terraza, sin aires acondicionados. El cielo de Medellín era de fuegos artificiales pero respirábamos aire real. Ese año había revivido mi mamá. ¡Celebramos! Nos besamos deseando un feliz nuevo año y tomamos un sorbo de cerveza, de la más barata, que nos supo a champagne.
Si puedo escoger, mi 31 ideal es en una playa virgen, lejos de toda celebración. Mi mejor 31 fue huyendo, bailando, en una calle de Santa Cruz de Mompox, con una chirimía en vivo. Agarrado al torso de una mulata, antes y después de hacer el amor, entre sudores y agua de piscina.
La historia registra que celebramos el año nuevo desde el paleolítico. Con razón a tantos se les sale lo primitivo en esta fiesta. No es nada nuevo y es una gran celebración. Pocas veces como humanos nos damos la oportunidad de evaluar y valorar en qué nos hemos gastado el último año. Así que esta celebración es la más alegre del año porque permite intrínsecamente renacer.
En Isha Yoga te plantean que no importa cómo hayas vivido tu vida hasta ahora, claramente si tú decides, puedes vivir tu vida de otra manera, más significativa, siempre. Para el Isha yoga tú puedes renacer ya. En la medida que entiendas que no eres las compulsiones de tu cuerpo ni eres los pensamientos de tu mente. Debes entender que eres un estado de consciencia separado de estas dos entidades. Cuerpo y Mente, también son tú, pero no eres tú, sólo eso.
El año nuevo debería tener un solo propósito: Respirar bien. Tener consciencia de tu respiración. Puedes vivir semanas sin comer. Días sin tomar agua. Pero sólo segundos sin respirar. Respirar es todo, pero las estadísticas nos dicen que el 95% de la población respira mal y lo hace además por la boca, causando problemas de salud y sicológicos. Una mala respiración está ligada con todas las enfermedades de ansiedad y derivadas de ésta. Respirar es lo más importante para las células de las que estás hecho.
Por eso el mayor propósito de año nuevo, después de los excesos, debería ser hacerte consciente de tu respiración y entender que a diario debes hacer ejercicio donde te lleves al límite cardio-respiratorio, por unos minutos, para que se oxigene la vida que eres. No importa si corres a ver a alguien en año nuevo. No importa si corriste lejos de esta celebración. No importa, si te acostaste sin que importara, pero pasó. Comienza un nuevo año y puedes hacer eso que planeabas tanto y nunca hasta hoy pasó. Puedes empezar una nueva vida, un nuevo amor, un nuevo negocio, un nuevo emprendimiento, un nuevo sueño para despertarte con ganas de vivir mejor.
Yo no olvido el año viejo. Éste, en particular, se pareció más, literalmente, a la canción de Rodolfo y Los Hispanos: “Aunque me duela, dejaré a Daniela…” Pero me trajo la cura al desamor, me trajo la cordura a la locura, me trajo una gata azul y otra negra. Y la promesa de una novia, pequeñita y delicada, que en año nuevo cuida a su mamá y su papá. Ya no debo correr para impresionar. Hoy el 31 es un número que me trajo a un diciembre, en Medellín, respirando el aire de mis montañas, con parte de mi familia, viendo a mi mamá de 87 años, respirando feliz fuera de aires acondicionados y calefacciones, haciendo ejercicio y por el ejercicio y la respiración, resistiendo heroicamente el avance del Parkinson. Y confirmo que Dios existe y dedico esta columna a los que oran por sus enfermos. Porque si cumple Dios lo que le pides, si lo sabes observar. Tantas oraciones, en esa catedral, por volver a tener saludable a mi madre y hoy, un fin de año más, en la casa, en la mesa de mi mamá. Yo no olvido el año viejo. A ninguno, jamás.

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