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(OPINIÓN) Incoherentemente coherente. Por: Juan Ortiz Osorno

Nos quieren divididos. Como en la trama de una mala película, de bajo presupuesto, con pocos extras, con muchas escenas de sexo y acción gratuitas. Nos tienen divididos. Y todos en las redes repiten que todo lo que no entienden, pertenece al otro lado, al opuesto y por ende es enemigo.

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Redacción IFM
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(OPINIÓN) Incoherentemente coherente. Por:  Juan Ortiz Osorno

Nos quieren divididos. Como en la trama de una mala película, de bajo presupuesto, con pocos extras, con muchas escenas de sexo y acción gratuitas. Nos tienen divididos. Y todos en las redes repiten que todo lo que no entienden, pertenece al otro lado, al opuesto y por ende es enemigo. El conocimiento entonces se volvió el enemigo mismo. Si todo lo que consideras que no sabes es enemigo, todo lo que desconoces, todo lo que puedes aprender es tu enemigo igual ¿Cómo diablos vas a hacer crecer tu cabeza si sólo lees de eso que sabes o si sólo amplias tu desconocimiento, con más desinformación?

Para unos teóricos de la antropología cultural, existen los “apocalípticos” y los “integrados”. Los apocalípticos como su nombre lo indica, son las personas que ven que todo está mal. Y los integrados son las personas que ven el vaso medio lleno y que en la crisis ven la oportunidad. Los que aceptan el mundo como es. Los apocalípticos son los que critican al mundo como es. No logran aceptarlo y mientras más evoluciona, menos pueden lograrlo. Desde la antropología, divididos.

Políticamente, sólo sobrevivieron dos maneras absolutas de pensamiento, igual de sectarias y de excluyentes ambas e iguales de insustanciales para dar solución a los problemas reales, de la gente real: La izquierda y la derecha. Y de ambas corrientes, nos han vendido falsedades y sobre esas falsedades nos odiamos y nos matamos.

A la izquierda nos la han vendido como una idea política que promueve la igualdad de todos los ciudadanos con un Estado poderoso. A la derecha nos la han vendido como el capitalismo salvaje y despiadado. Y ambas ideologías son falsas y ninguna de esas promesas de venta, corresponde a la realidad. Para comprobarlo basta visitar la vida real. Ningún gobierno de izquierda ha funcionado excepto los que han sido implementados como dictaduras, en China y Rusia. Y si hay dictadores, suponemos una casta política que los rodea y los preserva y por ende los ciudadanos son iguales, pero iguales de alejados de las instancias de poder y de  decisión. E iguales, en una actitud siempre temerosa y sumisa. En el capitalismo te prometen que puedes ser el más imbécil del mundo y aun así puedes llegar a ser Presidente. Y mira presidentes o candidatas y candidatos a Presidente y verás que lo prometido se cumple. Con todo y lo que eso implica.

Lo cierto es que en la vida real los dos sistemas conviven. No existe un solo Estado de izquierda que no tenga una economía capitalista. Y no existe ningún gobierno capitalista, que no tenga centenares de programas de asistencia social. No deberíamos permitirles a los que quieren dividirnos y segmentarnos, hacerlo. Aristóteles propuso la medida más simple y es la de ubicarse siempre en el medio de las situaciones: La diferencia entre el capitalismo y el socialismo no es sobre el uso del dinero o la repartición de la propiedad. Aunque eso nos quieran hacer creer y pensar. La diferencia entre estos dos modelos de pensamiento, sólo es en cómo cada uno concibe el tamaño de las instituciones del Estado y la injerencia de estas, en las vidas de los ciudadanos.

Hemos equivocado el camino, hace años ya, cuando elegimos una sociedad basada en la competitividad. Partimos de las bases equivocadas. Inculcamos en los colegios que cada uno de nuestros hijos e hijas deben ser los mejores de su clase, ignorando adrede, que para que el nuestro sea el mejor, necesariamente, es porque los otros no pueden y no deben serlo. Nuestro motivo familiar de alegría es que nuestro hijo humille a los demás y les demuestre que es el mejor. Y nos contamos eso con orgullo a diario. Insertamos el chip de la competencia, desde la escolaridad y enviamos a generación tras generación, a perseguir, como persiguen los perros Galgos de carreras, a la liebre artificial, engañados, ilusionados en que al alcanzar ese trofeo, ese deseo, ese premio, ese primer lugar, todo lo que no tiene sentido lo tendrá. Y no pasa. Alcanzas uno o mil premios y te das cuenta que ese vacío no desaparece, que esa sensación de vacío, al estar contigo, nunca se va. De hecho luego de obtener una meta, de cumplir un deseo, es más grande el vacío que cuando estabas en la primera angustia, imaginando obtener el primer deseo. Y esa cadena de situaciones se convierte en la vida. Nuestra vida es entonces una gran carrera por ser los primeros y la mayoría no logra serlo. Eso nos hace una sociedad de frustrados que se consuela con comida chatarra, alcohol, drogas, juegos de azar, sexo y consumismo barato o caro. Vivimos entretenidos para no afrontar la aburrición de estar con nosotros mismos.

El gran filósofo, en el que se basaron todas las teorías de Nietzsche y de Freud, Schopenhauer, fue el primero en teorizar sobre ese vacío del ser humano y afirmar que uno persigue sus actos. Que es imposible conocerse antes de actuar y que sólo es posible explicarse pensando y analizando después de los actos cometidos. Y en nuestro mundo interior, dependemos de algo inconsciente que es la voluntad. Esa imposibilidad de conocer nuestra voluntad es la que pesimistamente, Schopenhauer definía, como la tristeza intrínseca, de saber que nunca vamos a conocernos realmente.

Es el paradigma errado, que nos auto inculcamos, el que construye ciudadanos infelices. Eso, más la combinación terrible de las redes sociales y la pornografía en todas las canciones, videos, películas y series, que exhibimos con orgullo a diario. Nos sorprende que un hombre como Elon Musk sea como es. Y ¿cómo más debería ser el triunfador, en una sociedad pervertida?

Carl Sagan, un gran científico, en su programa de TV, salía, en una galería de la Biblioteca Central de N.Y. Y mientras caminaba, mostraba la cantidad de libros que un ser humano podría leer si leyera un libro a diario. Y alcanzaba a ser un porcentaje ínfimo de la biblioteca. Termina afirmando Sagan, que de ahí se deriva la importancia de la selección de lo que leas y así de lo que consumas. Porque nunca vas a abarcar el todo, entonces la selección de la realidad que hagas será tu versión de la vida. Si solo vamos por la vida queriendo ser el mejor de la clase, del equipo, del colegio, de la U, de la oficina, del proyecto, del ministerio, de la cumbre de presidentes, el mejor de la cumbre económica, es obvio que seguiremos encontrando una y otra vez, detrás de cada triunfo o antes de cada triunfo, este vacío del que habla Schopenhauer.

Ser el mejor de los mejores, es lo más capitalista que podemos ser y es en esencia como hemos aprendido a ser y a formar hijos, con la excusa válida de que vivimos en un mundo altamente competitivo. Que lo es. Si fuéramos marxistas ¿podríamos perseguir la utopía de ser todos iguales? O ¿que profesa Marx sobre la sociedad? Dice Marx que la sociedad se divide en dos grandes campos enemigos, en dos grandes clases, que se enfrentan directamente: La burguesía y el proletariado. La verdad, no se lee muy igualitaria. Lo que considera Marx es que debemos vivir en una guerra. Una guerra entre los que dan el empleo y los empleados, no suena a una sociedad igualitaria ni feliz. Pero hay teóricos menos populares que han definido cosas más prósperas para la sociedad. Augusto Comte, por ejemplo, define a la sociedad como “Una actividad unitaria orgánica que está orientada hacia un objetivo compartido” Es una definición inteligente y simple. Esta definición contempla a la sociedad como un organismo vivo cambiante. Todos juntos perseguimos un solo fin. Ese debería ser el pensador a seguir, a evocar, a citar en discursos. Sin embargo como sociedad, detenidos enfrente de toda la sabiduría de la humanidad, elegimos siempre los mismos libros trillados para validar nuestras posiciones siempre iguales, siempre ridículas, sin atrevernos, por lo menos en la teoría social, en el periodismo, en las artes, a proponer formas disruptivas, como en otras épocas el arte propuso, el conocimiento logró, los medios compartieron y el público admiró.

Asistimos hoy a una época con grandes problemas existenciales y filosóficos, todos sin resolver y sin cuestionar ya, por una predominancia de pensamiento, que privilegia lo frívolo sobre lo profundo. Y que recuerda no una obra cumbre, sino dos obras maestras de la literatura, que combinadas darían a entender y representan fielmente esta época humana: Vivimos en una combinación entre 1984 de George Orwell y El Mundo Feliz de Aldous Huxley.

Hay una parte del mundo, países, culturas, religiones completas que viven bajo gobiernos autoritarios, como los de 1984, que prohíben libros y formas de pensar. En otra gran parte del planeta, vivimos como en el Mundo Feliz de Huxley: Los privilegiados viven consumiendo una droga “El Soma” que los hace felices y que no tiene efectos secundarios y aquí no hace falta prohibir los libros, o las formas de pensar, porque la gente no está interesada en leer libros y mucho menos en pensar algo. En ese libro como en este mundo, todos son felices siendo brutos y bellos. Hay una gran parte del mundo, como en el libro de Orwell, a la que la autoridad le esconde información, mientras la gran mayoría vivimos como en El Mundo Feliz, con tanta información inútil, que hemos quedado reducidos a la satisfacción de placeres y al entretenimiento, sin formarnos ninguna opinión, pero opinando de todo. En unas culturas, la verdad es escondida como en 1984, mientras en otras culturas la verdad es ahogada en una marea turbia de saber fragmentado y conocimiento inútil, como en El Mundo Feliz. En algunas partes, el temor es terminar controlado y enjaulado, como en 1984, mientras en la más popular de nuestras culturas, vivimos perdidos en temas sin ninguna relevancia, dándoles, la mayor relevancia. En 1984 se controlaba con el miedo al dolor, como en ciertos regímenes autoritarios, sucede hoy. Y en la mayoría de occidente, como en El Mundo Feliz de Huxley, nos controlan es a través de la frivolidad y la exacerbación de todos los placeres. Lo que tememos, como en 1984 y lo que deseamos, como en El Mundo Feliz, es lo que nos arruina hoy, como sociedad.

¿Cómo ser una sociedad competitiva, sin dividirnos, sin pelearnos por esas divisiones? ¿Qué utopía deberíamos perseguir? ¿Qué imaginarios, deberíamos promover, en redes, plataformas, discursos y libros de texto? Y ¿cómo debería ser ese ciudadano que a esta altura de la humanidad, ya deberíamos ser?

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