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(OPINIÓN) El que es criminal, termina mal: Operación Orión. Por Juan Ortiz Osorno.

La Operación Orión fue una Operación Cívico-Policial-Militar, para rescatar a una población de toda suerte de actores armados, principalmente de las llamadas Milicias Populares que controlaban la Comuna 13, la única salida de Medellín al mar. La única entrada del mar, también, con todo lo que eso im

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Redacción IFM
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(OPINIÓN) El que es criminal, termina mal: Operación Orión. Por Juan Ortiz Osorno.

La Operación Orión fue una Operación Cívico-Policial-Militar, para rescatar a una población de toda suerte de actores armados, principalmente de las llamadas Milicias Populares que controlaban la Comuna 13, la única salida de Medellín al mar. La única entrada del mar, también, con todo lo que eso implica.

Aún hoy, que la Comuna 13 es una atracción turística, este lugar sigue siendo controlado soterradamente, por quien controla el crimen organizado en Medellín, en un relevo que siempre se da y que nunca deja de darse y que es permanente y perpetuo. La guerra en Colombia es por el control territorial. Nunca ha sido por nada más. El territorio para poder delinquir, en él, a través de él o desde él.

Nuestro problema más grande como Nación, es cómo nos contamos las historias, de lo que nos ocurrió. Desde el principio de los tiempos, la historia la ha contado el que va ganando la guerra o el que finalmente la ganó. Cuando se está en el poder, se cree estar haciendo siempre lo correcto. Y sobre todo se cree, siempre, que los que antes estuvieron, hicieron todo mal. Ahora, se volvió tendencia, decir que la solución al mal, era el mal mismo. Y es una tendencia tendenciosa y mentirosa, pero muy eficiente. Así es la versión amañada de la historia que repite una y otra vez Iván Cepeda, en la estrategia eterna de repetir una mentira hasta que la gente la considere una verdad o por lo menos, una versión de la realidad, cuando tan sólo es un ardid, una artimaña.

Es fácil subir hoy a la Comuna 13 y señalar, sólo los abusos de la Operación militar, porque hoy, hay libertad y parecería que un despliegue de mil hombres armados, sería algo desproporcionado, un abuso de poder. Pero fue todo lo contrario. Tampoco se puede negar que el paramilitarismo tomó acciones para favorecerse durante y después de la Operación militar. Pero los daños colaterales de la Operación, los nexos corruptos de algunos de sus protagonistas, no pueden empañar que una zona controlada por la delincuencia, al estilo de las favelas de Río, donde sólo entra el BOPE en operaciones especiales, que una zona donde las personas vivían en terror, donde las madres perdían a sus hijos, porque cruzaban una calle que era desde ayer una frontera invisible, donde sus hijas fueron violadas sólo por ser lindas; donde todos los jóvenes eran corrompidos, por un modelo equivocado de ser, fue rescatada, en una Operación militar legal, con presencia de todas las autoridades y que fue del tamaño que la realidad de aquel momento histórico de Medellín, requería. La Comuna 13 de hoy, la atracción turística que recibe un millón de visitantes extranjeros al año, no podría existir, no existiría, sin la Operación Orión.

No sólo la Comuna 13 estaba presa por las pandillas del narcotráfico, por las Milicias Urbanas de las FARC y el ELN. Todas las comunas lo estaban. A finales de los 90, siendo yo periodista cubrí una historia absurda: Las Milicias Populares habían recuperado un barrio de mano de las pandillas que vacunaban y secuestraban y vivían en fiestas permanentes, consumiendo y vendiendo drogas. Yo los había grabado, encapuchados, en formación militar por las aceras, llegando a los expendios de droga y acabándolos con una granada y metralla. Esta vez subí de incognito, con un camarógrafo, un sonidista y un conductor, en un Renault 6 azul de poderoso motor y apariencia destartalada. Como ordenaba el método para no llamar la atención.

Gravé unas entrevistas a un grupo de chicos, entre los 12 y los 17 años, que habían sido torturados y puestos a hacer tareas humillantes, delante de todos los habitantes del barrio. Acciones que demostraban que las Milicias Populares ya habían pasado de ser los libertadores, a convertirse en la amenaza misma, en el miedo mismo. Se metían incluso en las peleas matrimoniales. Ya eran Dios, Juez, Acusadores, Jurado y Verdugos. Luego de las acciones de Pablo Escobar y contra él, ya nada sorprendía al noticiero para el que yo trabajaba, con sede en Bogotá. Así que la historia de los niños y niñas, que en ese barrio, fueron puestos a lavar el piso de la estación de buses, con cepillos de dientes, por haber sido encontrados fumando marihuana, no le pareció, al consejo de redacción del noticiero, lo suficientemente atractiva y me dijeron que la ponían en el congelador. Es decir, que la guardarían esperando una coyuntura adecuada.

Lo que nadie calculó, excepto la vida que es irónica, como la que más, es que como Las Milicias no sabían que la noticia no saldría, entonces asesinaron a las y los chicos por hablar. Al día siguiente la coyuntura era la adecuada: La historia era la más atractiva, porque todos los chicos y chicas que entrevisté, haciendo las denuncias contra las Milicias Urbanas de las guerrillas, fueron asesinados y asesinadas, por darme las entrevistas, acusando a los milicianos que decían defender el barrio. Yo era el único que tenía esas denuncias, que ahora sí le parecieron valiosas al noticiero. Pero a mí, me parecía que no debí haberlas grabado. Me sentía culpable de sus muertes. Si no les hubiera grabado quizás esos niños y niñas estarían vivas, vivos. Pensando eso me fui a grabar el funeral de las niñas y niños, para completar el material para la emisión especial del noticiero, sobre Los Abusos de las Milicias y obvio, Las Milicias nos emboscaron. Tuvimos que encerrarnos en una iglesia e incluso allí fueron a dispararnos.

El cura y los dueños de negocios intercedieron por nosotros y nos sacaron del barrio. Cuando salía de la iglesia uno de los milicianos me apuntó con una sub ametralladora y me dijo que me iba a matar, por sapo. Le dije que yo había estado ahí, cuando ellos se pusieron las capuchas por primera vez y habían hecho sus operativos contra las bandas y que eso lo había grabado y lo había mostrado al país. Así como hoy había que mostrar, que como organización se habían equivocado. Y como era verdad, esa sola frase me salvó la vida. Esta sola anécdota de un día de trabajo cotidiano, muestra que la vida de esos años previos a la Operación Orión, en todos los barrios de Medellín, era de una impunidad reinante, para las Milicias Urbanas y para las bandas. Y era un infierno para la población civil que era víctima de todo tipo de abusos.

Es, a ese escenario y por esos abusos, que hubo un operativo con mil hombres y helicópteros. A un centro de operaciones de Milicias y Bandas Criminales del narcotráfico, en la era Post Pablo Escobar.

Con tan sólo dos meses como Presidente, Uribe, usando las autoridades, justo con los mismos comandantes que recibió del anterior gobierno, decidió entrar a 7 barrios claves para los delincuentes, de esa época, para neutralizarlos, por completo y para devolver esos barrios a sus habitantes. Es por esa operación que los turistas pueden venir hoy a la comuna 13 a dejar dólares y a seducir paisitas. Es por esa operación que la gente puede contar la historia de resiliencia admirable de esa comunidad. Pero lo es, porque la Operación eliminó a los malos de la época. Obviamente en un conflicto caracterizado por la permanente pugna por el territorio, es casi obvio que los relevos de control se dan siempre entre extremos.

Una vez las instituciones del Estado recuperaron la Comuna 13, los Paramilitares, es decir los enemigos naturales de las Milicias de las Guerrillas, ocuparon estas plazas, con sus actividades ilegales y como en todo el país, han coexistido con las autoridades legales, porque hay individuos permeables a la corrupción, que permiten que eso pase.

Querer hacer ver la Operación Orión, hoy en día, como la culpable de lo malo que ocurría en la Comuna 13, es simplemente incorrecto. La Operación pudo tener y servir para desmanes de paramilitares que tenían nexos con el comandante de la Operación. Un comandante que no fue puesto por Uribe. Un comandante que Uribe recibió del anterior gobierno, tan sólo dos meses antes. Pero lo que pretendía filosóficamente la Operación, no fue ni es ni será nunca corrupto. Se trataba de devolver esos barrios a la soberanía del Estado. Nada más. Por todos los actos ilegales y desmanes deberán siempre responder los mandos políticos y militares implicados. Por supuesto que los muertos y desaparecidos inocentes merecen la memoria de mártires. Por supuesto que la verdad sobre La Escombrera debe salir a la luz.

Acaso no es La Escombrera el sueño de un mafioso, de película: Una montaña donde todos los días suben camiones con escombros, siempre será un lugar usado, para enterrar cadáveres de todos los delitos, que no quieren ver la luz. La comunidad señala que desde 1978, toda suerte de criminales, arrojan allí cadáveres. No tienen que ser todos los restos encontrados allí, producto de la Operación Orión. Y no son las acciones de unos hombres que delinquieron durante la Operación, lo que debería definir la Operación y su resultado, de poder llevar inversión a una zona que hoy visitan 4 mil turistas a diario.

La operación Orión fue integrada por La Policía, La Fiscalía, el Ejército, el CTI, el Gaula y fue supervisada por La Procuraduría General de la Nación y la Alcaldía de Medellín. Trajo inversión y un antiguo centro de crimen, es hoy un centro de cultura y turismo, gracias a esa operación.

Sorprende por eso que elijamos hoy contarnos la historia de otra forma y que el Honorable Senador Cepeda insista en convencernos de una historia de Colombia que no pasó. Quizás el Senador Cepeda añora la vida entre la zozobra de la guerra que tenía la Comuna 13 y quiera eso para todos los colombianos de hoy y del futuro. Y sueña una Colombia donde el Estado no intervenga en nada. Una Colombia aún peor que la de Petro, donde los ilegales reciben premios y donde las autoridades que recuperan los territorios, en manos de la delincuencia, son los malos, los juzgados.

¿Qué pueden perseguir esos que quieren hacer ver a Guerrilleros, Bandas Criminales y Milicias Urbanas, como los héroes de nuestra historia contemporánea? ¿Cómo va añorar alguien la vida bajo el mando de varios actores armados, en pugna, entre el miedo, con violaciones de hecho y con desesperanza? ¿Cómo va a ser malo, que un Presidente decida, que todas las instituciones vayan a retomar el control de un territorio? ¿Y cómo van a ser los buenos, justo esos malos, que tenían a todos mal viviendo, asustados?

Sólo en un gobierno de un Presidente que fue miembro de un grupo guerrillero, que se desmovilizó, sin pagar un solo día de cárcel, por sus delitos, puede afirmarse y demandarse a un mandatario cumplidor de la ley, por recuperar un territorio de las manos de delincuentes que eran afines políticos, a éste, que luego de delinquir impune, es Presidente hoy. Es verdad, que la guerrilla usa todas las combinaciones de lucha posibles, para llegar y permanecer en el poder.

Lo que la Operación Orión le dijo a todos los malos del mundo, fue: El que es criminal, termina mal. Fue lo mismo que Uribe le dijo a todos los malos del mundo, cuando bombardeo a un Comandante de las FARC, en Ecuador. Y es lo mismo que le dice hoy a Maduro, cuando pide una intervención militar legal, para acabar con un accionar ilegal. Sea posible o no. Sea factible o no.

Lo importante es la acción hacia lo correcto. El mensaje de que no hay atajos ni caminos cortos. Y es justo ese mensaje, el que no soporta todo aquel que actúa mal o desea actuar mal o defiende o admira o vive de quienes actúan mal.

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