(OPINIÓN) Retozos callejeros. Por: Jorge H. Botero
Como los parlamentarios no obedecen al presidente, hay que darles una buena dosis de marchas, pancartas y consignas, decía Balzac que “la novela es la historia privada de las naciones”. No siempre esa afirmación es valida. “Las Crónicas Marcianas” de Ray Bradbury, por ejemplo, mucho nos enseñan sobr
Como los parlamentarios no obedecen al presidente, hay que darles una buena dosis de marchas, pancartas y consignas, decía Balzac que “la novela es la historia privada de las naciones”. No siempre esa afirmación es valida. “Las Crónicas Marcianas” de Ray Bradbury, por ejemplo, mucho nos enseñan sobre la condición humana intemporal, pero casi nada de eventos del
pasado.
Sin embargo, su afirmación es acertada tratandose de dos obras que he leído recientemente: la “Suite Francesa” de Irene Ne mirovsky, que transcurre durante la invasión de Francia por el Ejército alemán en 1940. Y de “Volver la Vista atraa”, de Juan Gabriel Vásquez, que versa sobre la revolución cultural china y las guerrillas
colombianas de la de cada de los 70. Ambas novelas, que son magníficas, exploran a profundidad los extravíos de la razón; la tentativa de cambiar la naturaleza humana para hacer surgir “el Hombre Nuevo”, que es lo que pretenden las ideologías totalitarias y los caudillos que las encarnan.
Aquellos que logran acumular poder suficiente para intentar esos cambios revolucionarios, han conducido sus países a orgias de violencia y pobreza generalizada.
Robespierre es un caso paradigmatico. Obligó a millares de sus compatriotas a colocar sus cuellos en la guillotina, el gran invento de la revolución francesa, cuyas bondades pudo experimentar en cabeza propia.
La “Época del Terror” que puso en marcha condujo a la dictadura militar de Bonaparte y al restablecimiento de la monarquía. La hambruna que Stalin provocó en Ucrania produjo la muerte de millones de campesinos.
Petro nunca ha ocultado su condición de revolucionario socialista. Sus credenciales son
pésimas. Ha intentado, sin éxito, transformar la sociedad dentro de las instituciones liberales que nos rigen. Ahora advierte que ese camino no le sirve.
Su agenda legislativa se encuentra estancada. Los tribunales no le dejan pasar sus medidas arbitrarias. “Los tecnócratas”, incluido el recien destituido director del DNP, “lo han traicionado”.
Gobernadores y alcaldes, como lo pudo constatar la semana pasada en Cartagena, no siguen su partitura.
Por eso huye hacia adelante. Su nueva estrategia consiste en generar una vasta movilización popular que le permita, en las elecciones de 2026, el triunfo contundente que no consiguió en 2022. Y ya prevalido de una fuerza decisoria, proceder a la “refundación de la patria”. Como estoy convencido del poder transformador de las ideologías, considero que hay que debatir sus propuestas, denunciar sus falacias y
criticar aquellos de sus abundantes trinos que tengan algún sentido.
Dijo al poner en marcha el ciclo de confrontación y victimización que recién comienza, que no se trata de abolir la Constitución sino, apenas, de hacerla cumplir, y de realizar uno que otro retoque. Difícil creerle. Sus visiones no son con congruentes con aquellos
paradigmas.
Én primer lugar, la Constitución está soportada en dos pilares políticos distintos y complementarios. Uno de ellos es la participación de los ciudadanos dentro de unos determinados carriles. Sus decisiones no son obligatorias, salvo cuando en comicios públicos eligen sus gobernantes; el pueblo no da “órdenes ” como Petro pretende, y si las diere, también habría que admitir que se las impone al Congreso, o, lo que es aún más complejo, a cada uno de los congresistas, que bien pueden haber sido elegidos por partidos diferentes. Se requiere, pues, una mente privilegiada, o una gran capacidad de manipulación, para discernir, con exactitud cuál es “la voz del pueblo”.
El otro pilar es la representación política que recae en el Congreso, al que le corresponde nada menos que hacer las leyes, a veces solo, en otras, previa iniciativa del gobierno. Las leyes no son Concejos, son mandatos que todos, incluidos los gobernantes,
tenemos que cumplir.
Por eso el presidente debe jurar, al asumir el cargo, cumplirlas, y está obligado a rendir cuentas al cuerpo de representación popular y puede ser removido si las infringe o se abstiene de cumplirlas. Lo mismo pasa con las sentencias judiciales. ¡Pilas con esto!.
Según Petro, el modelo constitucional de la economía es correcto, aunque un conjunto de leyes neoliberales, que pretende reformar, lo han desvirtuado. Éste planteamiento es falso: todas ellas han pasado por el tamiz de la Corte Constitucional. Como para Petro
es “neoliberal” cualquier concepto que el no respalde, es imposible discutirle en ese terreno. Pero sí puede decirse que la regulación constitucional es expresión del “Éstado Social de Derecho”. Que regula la economía, supervisa ciertas actividades y debe evitar
que los actores privados abusen de su poder de mercado.
Dentro de este marco, los agentes económicos privados actuan con libertad. Los propósitos estatizante del Gobierno, en sectores tales como la energía, la salud, las pensiones, la educación, el transporte, la infraestructura y los servicios financieros, son realizables bajo dos precisas condiciones:(i) que así se disponga mediante ley aprobada por la mayoría de los miembros de una y otra cámara; (ii) que se indemnice previa y plenamente a los empresarios que, segu n la legislación vigente, los suministran.
¿Qué pasa sí el gobierno incumple estas reglas? Que se configura una expropiación indirecta, la cual puede alegarse ante los tribunales nacionales y, en algunos casos, ante jurisdicciones extranjeras. ¿Y si nos condenan y no pagamos? Que nos embargan los
recursos de la Nación en el exterior. No importa, diría algún desalumbrado activista y ahora funcionario: apelaremos a la solidaridad de los pueblos hermanos de Latinoamérica y África para que nos financien…
Petro no gobierna para “el Pueblo” al que refiere la Constitución, que somos todos los integrantes de la nación colombiana. Cierto es que debe velar por el bienestar de ciertas etnias que han sufrido discriminación y padecen pobreza. Pero igualmente por el de los «sucesores de los esclavistas”, la expresión que usa para agraviar a quienes no le gustan.
Es una infamia atribuir culpas a sectores de la sociedad, que no identifica, (debe ser la casta abominable de los “ricos”) por episodios sucedidos siglos atrás.
En suma: entre Petro y la Constitución hay una brecha enorme. Por algo quiere lanzarnos a la aventura de una Constituyente.
Briznas poéticas. Hoy invito a Pedro Salinas, el gran poeta español de un siglo atrás:
“¡Cómo me dejas que te piense! / Pensar en ti no lo hago solo, yo. / Pensar en ti es tenerte,
/ como el desnudo cuerpo ante los besos, / toda ante mí, entregada.

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