Juan Mares Poteas: «La revelación es sentir lo otro desde nuestra propia otredad»
Desde qué mediciones sensibles o no, revelaciones o no, historias o no, se provocó en usted el realizar el proyecto para este libro que todavía no estaba en el mundo, y que usted tenía y se sentía poseído por la naturaleza misma,
Por: Óscar Jairo González Hernández
¿Desde qué mediciones sensibles o no, revelaciones o no, historias o no, se provocó en usted el realizar el proyecto para este libro que todavía no estaba en el mundo, y que usted tenía y se sentía poseído por la naturaleza misma, para hacerlo, para llevarlo a la realidad, para hacerlo realidad en esa inmensa dimensión, concentrada en el sueño y el conocimiento como una condición de lo que podríamos llamar una agnosias del conocimiento de la naturaleza, de un exceso (hibris), de sus misterios, de sus rizomas y quiebres; cuál la estructura de su método o no, cómo y desde qué evocación y cómo lo hizo; y por qué el título del libro “Árbol de la Centuria”, cómo es su yo hoy cuando ese libro está en el mundo de los lectores y son ya miembros de su proyecto y destino?
La sensibilidad es un estado de comunión esencial con la naturaleza, de manera holística , donde se conjugan la intuición, las vibraciones del alma por medio de los conocimientos previos, que posibilita el trasegar por la experiencia vital, el intelecto desarrollado por medio de las múltiples lecturas, que no son otro asunto que la introspección de múltiples saberes desde distintas ciencias que se juntan, para este caso creativo, lenguaje (su oralidad, escritura, la hermenéutica o razonamiento), agro, botánica y zoológica como praxis cotidiana, en una cultura (antioqueña y cordobesa), una geografía básica (cordobesa y antioqueña), y digamos la causalidad que dio pie a la concepción del desarrollo de un trabajo con tinte épico sobre los árboles, como esencia literaria para cantar y contar experiencias vividas con sudor, nostalgia y sangre.
Como un contagiarse de la reciedumbre de los árboles y en un enamoramiento, dar constancia de la vitalidad de la selva, el bosque y la conexión con el ser humano. ¿Cómo medir lo intangible cuando el azar te lleva a los encuentros inusitados? Las revelaciones son el contagio entre la clorofila, el polen, la savia, las xilemas a manera de músculos, las formas, los colores y entre estos, los matices del verde. He sentido la conmoción de un árbol gigantesco, aislado de la selva (un gran abarco o piloncillo y qué no decir de un oyeto, un jenené, un cativo o un canime centenario). La revelación es sentir lo otro desde nuestra propia otredad.
Lo histórico del poema tiene su origen en la escuela de una vereda del Alto Sinú para celebrar el Día del Árbol, y a pedido de una maestra, que envió un mensajero al enterarse de que había un poeta en la vereda vecina, descubrí que era el poeta de la vereda, asunto que me honró, y me puse a escribir algo sobre los árboles de la región, donde conocí el árbol-vaca del que tenía noticias en una cartilla Alegría de Leer, la #4, una pequeña enciclopedia para mi época de niño de 7 años.
Esa primera parte fue un poema de seis páginas que luego dio origen a un poemario de cincuenta páginas dándole el título. El poema fue de mucha aceptación en algunas escuelas donde me pedían que lo recitara o leyera y que luego ritualizáramos entre los asistentes al taller Urabá Escribe, siempre cantado y leído alrededor de un árbol que sobresaliera de otros, para lo cual me ingenié un coro para darle más participación al grupo y hacerlo más comunitario.
Cada vez me animaban a que lo leyéramos en la universidad y en los recitales de la región. Y llegó la pandemia donde el Instituto Departamental de Cultura abrió, ese año, concurso de poema en video (por ahí circula en las redes) y presenté el poema ya dividido en varias estrofas con su coro y tuvo el privilegio de ser premiado. Luego me entusiasmé y le agregué más estrofas y vi que había consolidado un poemario con un solo poema de setenta y dos páginas con el colofón.
Es entonces cuando recuerdo el canto épico de Gregorio Gutiérrez González al maíz, y me doy cuenta de que este poemario se había convertido en un canto épico a los árboles del mundo.
Para diferenciarlo de la primera versión, sin coro o estribillo, le agregué apellido: —Memoria del tiempo—. (ÁRBOL DE LA CENTURIA – Memoria del tiempo-) Valido del conocimiento de varios árboles emblemáticos del mundo, me propuse darle mayor universalidad incluyendo varios de ellos en el poemario. En el furor del entusiasmo, cada que le agregaba más estrofas, a la comunidad le gustaba igual. Así fui dando testimonio de un territorio entre fauna y flora de las tierras que ocupa el paramillo en sus distintas vertientes antioqueña y cordobesa, geografía que recorrí en mi primera juventud como garitero, aserrador y arriero.
Por toda esa Patria de niñez, como decía Rilke, fui construyendo el poemario con evocaciones de la memoria. Por último, como poeta, pienso que he logrado conectar la narrativa del poema con el imaginario y vivencia de muchos lectores, tanto letrados como orales. Pienso como Saint Jhon-Perse que el poema como poesía no es coger pispirispis, debe tener un asidero científico. Se parte de lo heterodoxo del lenguaje hasta llegar a la creatividad del discurso, sea en prosa o en verso rimado o libre, con métrica o en imágenes, pero en cualquier caso debe entrar a la entraña cerebral del ser humano.
ÁRBOL DE LA CENTURIA —Memoria del tiempo— IX
Palabras fluyentes del libro de la tierra. Árbol de la centuria, testimonio del bosque del más antiguo grito de la tierra.
Conocí pájaros que el sonido de su vuelo es como un átomo del trueno. Atrapé un pájaro con el sol y la luna adornando su plumaje luego de verle pavonearse en una playa del afluente surtidor del hábitat de peces mazorca y otro nombre sonoro, pez guabina; como acontecimiento milagroso del agua. Soltaré este pájaro de pico de fuego, soltaré este pájaro de alas transparentes y garras enmohecidas por el tiempo. Soltaré este pájaro subconsciente ¡Y ahí va! ¡Volando en el vacío!
XVI Palabras fluyentes del libro de la tierra. Árbol de la centuria, testimonio del bosque del más antiguo grito de la tierra.
El idioma del bosque sigue enumerando su memoria vegetal en la espesura dice del gaspadillo, del choibá y del gürre como hierros vegetales. Dicel del árbol vaca, de los bejucos acueductos.
Dice las hierbas, los arbustos y los árboles medicinales, del caraño para sacar el pasmo de los chuzones en las plantas de los pies de los hombres del campo entre la maraña de la selva y del yarumo como árbol de fuego.
XV Palabras fluyentes del libro de la tierra. Árbol de la centuria, testimonio del bosque del más antiguo grito de la tierra.
Sus hojas dispersas en el suelo haciendo el humus, grita en sus hojas el árbol de los abecedarios de los números y de los signos matemáticos. Habla de los bosques de pino, de los cipreses Y de los chopos más allá de los equinoccios.
El árbol de la centuria empieza a innovar su vestidura de lentejuelas descoloridas. El ave del árbol de la centuria glosa rumores de viento con el vibratorio tic de sus alas como un preludio del vuelo.
XVIII Palabras fluyentes del libro de la tierra. Árbol de la centuria, testimonio del bosque del más antiguo grito de la tierra.
Agua naciente de las vertientes raíces del árbol de la centuria. Allí la señal de la sal oxigenada de vientos solares que han batido el corazón de las aguas; allí donde los hombres transpiran la sal de las aguas internas que circula por sus corazones gravitacionales; sal de las rocas cubiertas por las raíces del árbol de la centuria.
XLVII Palabras fluyentes del libro de la tierra. Árbol de la centuria, testimonio del bosque del más antiguo grito de la tierra. Vigor de origen sustancial brotando de la tierra, alimento primario del oso congo y de la danta. Blancura brillante de tus corozos de anta, palma de la tagua para los bohíos ancestrales de las riveras de los ríos que nutren el golfo del Darién fuente originaria de una economía atractiva, solución para combatir el plástico en los mares. Taguales silvestres de economías extractivas de colones que arrastraron sus penurias hasta domar los infortunios.

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