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Nidya Margarita Álvarez: «El color de Dora Ramírez me habla, ante todo de Libertad»

Por: Óscar Jairo González Hernández ¿Podría decirnos en qué momento, hizo consciente en su mundo, la necesidad, el interés y el deseo de abordar la obra de la artista Dora Ramírez, como una totalidad de sus inclinaciones y obsesiones, y por qué concentró su tarea y su proyecto en los colores de la artista; qué …

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Redacción IFM
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Nidya Margarita Álvarez: «El color de Dora Ramírez me habla, ante todo de Libertad»

Por: Óscar Jairo González Hernández

¿Podría decirnos en qué momento, hizo consciente en su mundo, la necesidad, el interés y el deseo de abordar la obra de la artista Dora Ramírez, como una totalidad de sus inclinaciones y obsesiones, y por qué concentró su tarea y su proyecto en los colores de la artista; qué hizo que usted se decidiera por ello, y como los relaciona con la estética de las dimensiones de las tensiones, que sin duda, causaba el color en ella, como las resolvió y como las transformó; qué le dice el color de Dora Ramírez, a usted, a su mundo del color, y como se descubre ante ellos, al descubrirlos en la artista, o su yo también se percibió o percibe como historiadora-artista, qué busca proyectar y significar (resignificar) con este libro y, por qué y para qué?

La necesidad de escribir sobre Dora Ramírez no surgió de un impulso inmediato, sino de un llamado silencioso que comenzó a tomar forma durante mis años de formación en Historia en la Universidad Nacional de Colombia. En ese momento, el investigador, curador y artista Santiago Londoño adelantaba la búsqueda de quien se atreviera a mirar, con juicio histórico y sensibilidad estética, una obra que hasta entonces permanecía en un inquietante vacío documental.

Ese vacío tan elocuente como injusto marcó el inicio de mi camino. De allí nació mi trabajo de grado, Dora Ramírez y su protagonismo en el arte antioqueño (1961-1987), que posteriormente se transformaría en el libro Dora Ramírez: la artista de los colores. Esta obra, pensada para un público joven, implicó también decisiones conscientes: la imposibilidad de acceder a un número significativo de imágenes por razones de derechos de autor me condujo a privilegiar la palabra como vehículo de reconstrucción visual, sin renunciar en ningún momento al rigor investigativo.

Dora Ramírez me interpeló desde el inicio por la fuerza vital de su obra y por el carácter profundamente disruptivo de su trayectoria. En una Medellín de mediados del siglo XX, atravesada por valores conservadores, su propuesta estética emergió como una afirmación audaz de libertad.

No solo habitó el arte: lo tensionó, lo expandió. Fue pionera en el uso de lenguajes como el kitsch y el pop art, pero no desde la crítica a la sociedad de consumo como en sus vertientes más canónicas, sino desde una apuesta distinta: la exaltación del color como experiencia vital, como territorio simbólico donde convergen los mitos cotidianos, los sueños y las emociones.

En su obra, el color no es un recurso ornamental, sino una estructura de sentido. Es allí donde se manifiestan las tensiones: entre lo visible y lo sugerido, entre la forma y la emoción, entre la superficie y la profundidad. Dora no evade esas tensiones; las habita y las resuelve a través de una paleta que afirma la vida. Sus rostros blancos, sin sombras no son ausencia, sino búsqueda: una tentativa de despojar al sujeto de lo accesorio para acercarse, casi de manera radical, a su esencia. El color de Dora Ramírez me habla, ante todo, de libertad.

De una libertad que no es abstracta, sino encarnada en la alegría, en la intensidad de vivir, en la decisión de no someter la sensibilidad a los moldes de su tiempo. En ese encuentro con su obra, también se transforma mi mirada: no dejo de ser historiadora, pero reconozco que el ejercicio de investigar es, en sí mismo, un acto de creación. Hay, entonces, un diálogo constante entre la historiadora y la sensibilidad artística, entre el análisis y la emoción.

Con este libro busco no solo reconstruir una trayectoria, sino contribuir a la resignificación de nuestra memoria artística. Me interesa abrir caminos para que otras voces, otros artistas muchos aún en los márgenes del relato oficial, puedan ser vistos, leídos y comprendidos en su justa dimensión. Porque la historia del arte no es un archivo cerrado, sino un territorio en permanente construcción, donde cada mirada rigurosa y sensible puede devolverle presencia a aquello que el tiempo, o el descuido, ha intentado olvidar.

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