De los fragmentos, indicios teatrales distanciamiento
Por: Óscar Jairo González Hernández En relación con lo que se ha hecho, todo está realizado. Y no siento que sea necesario, esencial y verdad, continuar haciendo más. Considero que uno tiene su medida. Yo he dado la mía, con contundencia y de manera rotunda. Y he concretado todo eso en realizaciones de la misma …
Por: Óscar Jairo González Hernández
En relación con lo que se ha hecho, todo está realizado. Y no siento que sea necesario, esencial y verdad, continuar haciendo más. Considero que uno tiene su medida. Yo he dado la mía, con contundencia y de manera rotunda. Y he concretado todo eso en realizaciones de la misma naturaleza y que han tenido el mismo carácter, y que también me han llenado, y me llenaron de un carácter estético toda la vida.
Resultado de ello es la vida, con carácter y temperamento sensible y de formación, que han sido las estructuras que inventé para ello, y donde pudiera instalarme con esa intención e intensidad en la membrana que iba formando. Y nunca me derroté ni me derrotaron para hacerlo. Y tuve con quién hacerlo, con quien construir mis mundos. Eso lo probé en todo momento de mi vida. Con toda. Nunca dude de ello.
Me rebelé, continúo haciéndolo de manera crítica; he sido irreverente en mis extraños extravíos de la lucidez en su transparencia dadaísta o no, en una mística en sí misma. Evidente o no. Destruir lo que se ha construido, por y en uno mismo, es en mí, irreductible. Caos metódico, contra lo razonable y lo estable, o sea, incidir en lo irracional e intervenir lo inestable, de la misma manera y con la misma determinación. No cambiar nada, sino transformarlo todo, es otra de las características de esa vida, de la que se vivió en mí. Y sin mí.
De eso se trató. Y diré más: todo está por hacerse, sin duda, pero sin mí. Yo hice tarea con todos los otros, pero más que nada en mí, estructurando la forma de diseminar eso de uno mismo hacia y en los otros, formados por uno mismo, en su deseo insaciable de ser, que a sí mismo diseminaban sobre uno. Contradicción, nada de eso, y nunca se dieron, porque cada uno vive su vida en la medida de su deseo indestructible en su inmanencia, interés en lo que hace relación a su imán y necesidad en lo que se obsesiona como desde la mirada medusal. Contraerse en sí mismo. Contracciones esenciales, eso sí.

En medio de los quiebres, de las fracturas, de las fisuras con la realidad estable, de lo estable, también está, sin evidenciarse, sino moviéndose en uno, la realidad inestable. Y así como lo que se tiene, como de lo que se tiene todavía. Y así, nos inclinamos ante el mundo, como también nos rebelamos.
Queremos abarcar todo lo que buscamos, o hemos decidido buscar, pero resulta que eso que buscamos no nos está buscando a nosotros, por lo que no podemos abarcar. Y así entonces, el quiebre, la incertidumbre, la irresolución, el miedo. Todo en relación, sí, todo en relación con uno mismo, con los otros, con el medio o la realidad, en la que uno, nuevamente, se fricciona, se fractura.
Y debe comenzar otra vez, nuevamente. Como nada está resuelto en lo estable, como en lo inestable, entonces mediar en ese sí mismo, para tratar de saber dónde, cómo y quiénes están, en medio de los bosques del mediodía como “En las montañas de la locura” (Lovecraft), de la noche o de las noches. Decirse lo que se tiene que decir, en esos abismos del conocimiento (Michaux: “Conocimiento por los abismos”).
Yo he sido un lector hedonista, místico, barroco, ecléctico, delirante, obsceno (Norman O. Brown), catártico, incitador. Y eso se hace desde la totalidad de la naturaleza, la hybris (el exceso) de mi yo, sin duda. Y no como una forma más de ser, de poseer el mundo o la realidad, sino de hacerlo desde mis métodos, de snobista, de melancólico excéntrico, etc. Formas de hacerlo.
Porque si te lees a ti mismo, sin método (o sea, sin forma, contenido, incontenido, caos sin dramatización teatral, exhibirse), no haces nada, en ti. No quiero decir que lo debas hacer de mi manera (irrita imitación), sino que tienes que inventar (ars inveniendi) tu manera de hacerlo. Nunca la de otro o de otros, como la percepción de la naturaleza, la música de la naturaleza (sus sonidos), como lo hizo el músico Oliver Messiaen, sino desde tú música, de tú ser musical de la naturaleza o en la naturaleza. Y entonces hay que transformarse en pájaro (otros dirán que no, y así será, en su no). Y entonces, se lee (leyedor, leyente) de la totalidad del mundo, de sí mismo y de los otros.

Irradiación de la radiación en el mundo. Yo me radico en el mundo, para irradiarlo, desde o con la conciencia de los incidentes, de lo intersticial, de lo vacío, de la intensidad de la mirada, del sentir, llevados a extremos inauditos, insolentes y nuevos. Cuando trato de la incitación, es eso mismo lo que cubre lo que hacemos, porque le doy el carácter de duda incitada o provocada, para resolverla, no para causarme un problema que me lleve a la “locura”, sino a la loca verdad, la que danza y hace danzar.
* Yo lo que intenté fue hacer un constructo teatral de otra “Leonora”, que está en el cráneo de quienes intervinieron, mediaron en ella, desde sus visiones, proposiciones, inclinaciones teóricas, históricas, sensibles y críticas. Y hacer que todo este tratado que está allí vaciado no se hiciera solo como un “burdo” u obvio testimonio, sino ese constructo de que hablo, para cada cosa que hacemos, cada vida que vivimos sin el teatro, o que morimos en él. Todo como una diseminación estética, con lo que ello involucrara, de fisuras, de vacíos, de inclusive inconsistencias en la consistencia.
Eso era. Nada más. O sea, en realidad hacer un teatro en otra realidad, la surrealidad teatral de “Leonora”, realizada por cada uno. Y que pudieran exhibirla como una totalidad construida sobre esas diseminaciones.

* Los temas del teatro no los debe determinar nadie, porque el teatro está en lo que denomino con Octave Mannoni “la otra escena”, en otro teatro. El teatro no debe, pues, estar contaminado o intoxicado por este momento en sí mismo, por esta necesidad de proyecto teatral, que se intenta establecer tendenciosamente. ¿Todos tenemos que hacer teatro para ello? No, el teatro lo ha resuelto en toda su historia. Y esta resolución no es concreta, no se puede medir, no se puede pesar o evaluar, como lo hacemos con todo o lo que se intenta hacer con todo lo que hace relación al arte o las artes.
Y todo en efecto, porque el problema no es ni el sí ni el no, sino lo que hay entre el sí y el no, lo que nos ha de llevar a construir entonces una estética nueva, una estética otra, o sea, cuando excavemos y podamos extraer en y desde el intersticio, la oquedad y la fisura, lo que hay, lo que queda entre uno y otro, entre una posición y otra, con la mediación inquiriente (no inquisitorial) del arte.
En el arte, en la naturaleza del arte está ello. Concebimos esto de esa manera, no como lo indeseable , sino como lo deseable; no como lo intolerante, sino como lo tolerante sostenido en la crítica (¿Por qué será que muchos conciben la tolerancia sin crítica?). Cambiar la vida, decía Rimbaud; transformar el mundo, decía Marx, dos principios que están, pues, relacionados con el teatro en este momento. El teatro ha intervenido esa realidad, esa historia. Y ha tratado de transformarla.
No es este un tema “nuevo” para el teatro. Y todos los teatros de acá lo han hecho, han participado en esa tarea de construcción de la sensitiva de cada hombre que se interese por formarse en el teatro, desde el teatro. El teatro como medio de formación. Y formar la conciencia de que todos estamos en el teatro, que todos hacemos teatro, como en el teatro de Peter Weiss, al que él llevó lo que llamaba: “La estética de la resistencia”.
* Cuando se va viviendo, es la vida misma la que dice qué hace en nosotros; mientras tanto, nosotros la observamos, cómo se mueve, cómo danza, cómo delira, cómo se realiza en sus sueños de bosques inmemoriales, y ella nos va diciendo entonces qué es lo que quiere de nosotros, y vivimos entonces en el decir del querer la vida; lo movemos con la consistencia, con la hermosura misma con que la haces, con que se siente. Es necesario sentirla, hacerla sentir a nosotros mismos, o ella nos hace sentir. Y temblamos cuando sentimos.
Y hacemos un drama cuando nos sienten, cuando hacemos sentir como en un teatro de la vida, como lo irresoluble de la resolución de su movimiento estético, que tú haces en tu vida, en tu intensidad barroca y melancólica.
* De lo que haces en el teatro, es de lo que se podría o podríamos tratar de tu vida, porque toda vida es un tratado y como tal, un teatro. La vida en el teatro que has hecho y que harás es un tratado inmenso e inabarcable, en que solo cabe la esencia y el principio insobornable e inalienable de tu naturaleza estética, de tu proyecto teatral, de tu inclinación obsesiva, de tu reveladora manera de estar en y fuera de la escena; es lo que han formado y constituido la membrana tentacular de tu ser teatral, de la que tú vives y en la que nos haces vivir a nosotros. Membrana que hace que uno se extrañe ante sí mismo.
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