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De la ciudad desde el observatorio astronómico y sus pliegues

Por. Óscar Jairo González Hernández EL CAMINO DE LOS ÁRBOLES: Desde que estamos en la ciudad, donde estemos en ella, es porque nosotros lo hemos decidido en la búsqueda que hacemos de nosotros mismos. Cada quien tiene una forma de buscarse, que está relacionada con la búsqueda de sí mismo en la ciudad. La ciudad …

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Redacción IFM
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De la ciudad desde el observatorio astronómico y sus pliegues

Por. Óscar Jairo González Hernández

EL CAMINO DE LOS ÁRBOLES: Desde que estamos en la ciudad, donde estemos en ella, es porque nosotros lo hemos decidido en la búsqueda que hacemos de nosotros mismos. Cada quien tiene una forma de buscarse, que está relacionada con la búsqueda de sí mismo en la ciudad. La ciudad tiene que ser en sí misma; en su estructura debe estar haciéndose en todo momento, inventándose de manera delirante y racional, y nosotros, hacernos a nosotros mismos en esa misma medida de delirio y de razón. Excesos nuestros son también los excesos de la ciudad.

Cuando la ciudad nos excede es porque nosotros también la excedemos. Cuando tenemos la medida de la ciudad, es porque ella también la tiene de nosotros. En medio de esa búsqueda de uno y otro, está lo que llamo el camino de los árboles; los árboles son los que nos dicen a unos y a otros quiénes somos, pues nos revelan y muestran lo que somos y cómo somos.

Dicen los árboles de nosotros en la ciudad, cuando sabemos sus nombres, como por decir: guayacán, almendro y carbonario, y ellos no conocen los nuestros, pero allí no radica la manera de instalarnos en el teatro inmenso de la ciudad, sino que la perspectiva la propone en su totalidad el que unos y otros, nosotros y los árboles, vivimos en la turbulencia de la ciudad, en sus intercambios poderosos del mundo sensible en que nos movemos. Conocer y reconocer es así como somos.

INMEDIACIONES DE LA CALLE: Nadie de nosotros se trastornaría nunca cuando le indicaran de nuevo, desde las evidencias, que tanto nos fascinan, las corroboraciones que tanto nos interesan y las constataciones de la realidad que tanto necesitamos, que las calles existen, que están ahí, que son para el transeúnte como los caminos en el bosque para los caminantes.

Cuando nos tornamos transeúntes, adquirimos otra máscara y somos otros; cuando en las calles nos hacemos observadores obstinados de lo que ocurre en ellas, de cómo hacemos el camino y cómo ese caminar nos desnuda la mirada y observamos lo que nadie, en ese momento, ha observado y extraemos de la realidad lo que nadie puede extraer.

En y desde la acera, lo hacemos; realizamos esos trayectos de caminantes (no de excursionistas) que miran con sus miradas hidráulicas, con las que extraen el sentido de su vida en las calles de la ciudad y las hacen vivir en ellos. Y para eso es que cada uno hace sus trayectos como los hace un nómada en medio de las calles de la ciudad que ha inventado para sí y para los otros. No se irrita nunca.

Es tranquilo como el caminante en el bosque. Naturaleza del transeúnte y naturaleza del caminante, ciudad y bosque coinciden en esa maravillosa e insaciable manera de sentir. Tormentas turbadoras.

LOS RÍOS Y LAS QUEBRADAS: En el momento en que los observamos, no nos dicen mucho; dada la evidencia de la contaminación, que nos provoca una inmediata relación con la ira, nos hacen irascibles.. Criticamos. Nos indicamos que tenemos que hacer mucho más por la preservación de los ríos y las quebradas, porque se trata, indudablemente, de la preservación de ellos y de nosotros mismos.

Ya que cuando intentamos, realizamos y nos proponemos su preservación, es de la nuestra también de la que estamos tratando. Tratarnos unos y otros, como principios mismos de la vida en la naturaleza y de la vida de nuestra naturaleza. Nadie le dice a los astrónomos que preserven el cosmos, lo hacen sin necesidad de la intervención de nadie, sino de ellos mismos, ya que él cosmos son ellos mismos. Y tienen que hacerlo en ellos mismos. No tienen que establecer medidas que propendan por ello.

Tienen que vivir en la conciencia de que unos y otros se necesitan. Caminar por el cosmos es lo mismo que caminar por la ciudad, observando la maravilla que deberían provocar los ríos y las quebradas de la ciudad. Y de nosotros mismos como ciudad. Nadie sabe que los ríos y las quebradas en su babel, forman la exuberancia de la ciudad; en la que ríos y quebradas forman el mar de las relaciones de los ciudadanos que somos y que como ríos y quebradas que somos vamos al mar, deseando en todo momento, que no sea el mar de la muerte.

DE LA (S) CIUDADES SIN NOMBRE: Es un momento maravilloso, cuando las ciudades no tienen nombre todavía. Nadie sabe cómo se llaman. Ya que cuando no tienen nombre, las ciudades ellas se revelan, se exhiben, se muestra de otra manera, en su absoluta desnudez, y se dan para quien quiera sentirlas, quién quiera dominarlas. No le extravían. No se les ocultan a su mirada dadaísta.

Es una ciudad dadá. Y así se hace más tolerable, cuando tiene una característica y un carácter. Y son también, extraordinariamente hermosas cuando no tienen nombre, y cuando no se les puede dar uno. Nada más tenemos su estructura pero no podemos llamarlas por su nombre. Excéntricas que son, porque ellas saben que si no tienen nombre, nunca podrán ser destruidas, y se hunden en sus mismos abismos, extravían a los que no son astrónomos de la ciudad, y de aquellos que no las traten desde las formas de lo sublime y lo sutil, eso es lo que intentan hacer.

Y nunca se exhiben más de lo necesario. Tienen una temperatura propiciatoria para vivir en ellas, y cuando es necesario ellas mismas la mantienen para que los que viven allí, no sientan nunca necesidad ni de deseo de cambiarlas por aquellas que si tienen nombre, que son para los que las devoren y las destruyan, al devorarlas. Y ellas se sienten realizadas, en y con aquellos (as), que las idolatran, porque ellos (as) tampoco tienen nombre. Es como su manera de ser. O de no ser.

EN LA VISIÒN DEL PLIEGUE: Nunca nadie quiere ser lo que es, hasta que no le dicen quién es. O como es. Ya que no es uno quién se lo dice. Y otro le dice a uno como es, lo relata en su vida. No se tiene relato de uno mismo, hasta que otro no lo dice de uno. Y puede uno mismo maniobrar los sentidos como quiera, moverlos, torsionarlos, fracturarlos, pero no se hace nada en uno mismo, que sea realmente exorbitante.

La vida tiene que ser exorbitante al conocer dimensión de los pliegues de la ciudad; las zonas donde se instalan secretamente los pliegues, que son aquellos de los que nadie, sin conocimiento en la excavación, sin una medida de la misma, puede extraerle nada. Quiere saber de los pliegues, pero no tiene formación en la teoría de los mismos. Teoría de los pliegues, para excavar en la ciudad, las nuevas relaciones que se pueden hacer con ella, que no son lo mismo, que se transforman, transformado al que se mueve en ellas, como un animal en el bosque de heliconias.

Fiebre del instinto, para intervenir la ciudad, en sus pliegues, o sea, a uno mismo, dado que la ciudad no es la de los farmaceutas sino la de los astrónomos místicos. En la visión del pliegue, hace que la ciudad sea indestructible, porque nadie conoce los rizomas que la sostienen. Ni la libélula mecánica del teatro surrealista que la oculta en sus membranas.

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