(EDITORIAL) En la ciudad: como se mueven los lectores en sus libros o como los libros los hacen mover
Los lectores en la ciudad, no llaman a nadie, para que los miren leer; no convocan para ello, inclusive en medio de todos ellos están desasidos o sea, no conectados con la realidad tumultuosa que los rodea, que los envuelve; se escinden como unos iconoclastas que no son percibidos como tal, sino que
Por: Óscar Jairo González Hernández
Los lectores en la ciudad, no llaman a nadie, para que los miren leer; no convocan para ello, inclusive en medio de todos ellos están desasidos o sea, no conectados con la realidad tumultuosa que los rodea, que los envuelve; se escinden como unos iconoclastas que no son percibidos como tal, sino que se hacen como fantasmas allí mismo, nadie los interviene y nadie puede hacerlo.
No quieren ser fastidiados por nadie ni por nada. Incólumes, se mantienen; concentrados como un bosque de heliconas al mediodía. Nada les incide. No son tampoco, incidentales, puesto que mueven a otros a que, si desean, pueden hacer lo que ellos están haciendo. Y ellos saben, sin duda, que se exponen, que se están exponiendo como artistas, que se instalan o hacen una instalación allí donde leen, que excitan a otros a hacer lo mismo, pero desde su interés de formación.
Eros de la formación. Y hacen una performance con ello. Arte performático, el de la lectura que hacen, sin que sientan necesidad de convocar a nadie, no tienen necesidad de ser convocados a la lectura (se ríen de la finalidad y el alcance estadístico de las convocatorias a la lectura. Quizá participen, si quieren, en una convocatoria a leer desnudos en una Maratón por la Lectura. Podría ser).
Puede ser, nunca se sabe, ellos invocan a los autores que leen en sus libros, o ellos mismos como quienes meten sus cráneos en el relato del libro, porque puede ser que no sean más que los relatos que leen, que su existencia sea solo en ese momento absolutamente real, o absolutamente irreal.

Cuando se concretan, se hacen concreto, como una escultura de concreto, o la estética del concreto en la ciudad, qué hermosa, se dice, la estética del concreto en la ciudad concreta, y saber eso y vivirlo no le causa problema, no le causa irritación, o ira; sabe que vive en una ciudad, no en el océano.
Como dice Alfred Döblin: La vida de la ciudad no tenía fin; tras los solares vacíos se erigían nuevas casetas, restaurantes, muelles donde cargar carbón, hierro; la urbe crecía como un arrecife de coral. Los árboles acorralados se disponían en grupos o en filas. Y luego, de pronto, un suave zumbido.
Un zumbido, un sonido de esos que hacen primero rascarse la oreja y luego fruncir el ceño porque no se detiene. Estaba disuelto en el aire en forma de polvo. (Madzek contra la máquina de vapor).

Vive dentro de otra ciudad, la del libro que lee. Positiva todas las relaciones de su vida con el libro, es uno que se traslada de un mundo a otro, de una visión a otra; entre los transeúntes que también están haciendo lo mismo, solo que leen de otra manera. Y no tienen que hacer lo mismo, porque en el libro ciudad, la ciudad libro, no se tiene que estar sometido a nada ni a nadie.
Todas las relaciones son lo que cada quién quiere que sean, como las quiera hacer o formar. Y las propone, las presenta a los otros. Es como quien lleva unas mandarinas quiméricas en sus manos, las exhibe, nadie se las lleva, nadie se las arrebatará, porque ellos no están en el mismo sueño que él.
No todos en la ciudad tienen el mismo sueño. Es así. Tenemos lectores de todas las formas, proporciones, volúmenes, densidades, unos más concentrados que otros. O no: se involucran aquí, los que no tienen ni formas, ni proporciones, ni volúmenes, ni densidades. Ya que son lo que son. Él (Ella o Ellos) no busca lectores, no se propone nunca hacerlo. Ya lleva su cámara lúcida (Roland Barthes) con él. De su cámara, que es él mismo, es la que lo hace sostener en medio de la ciudad. Y no podría ser ni hacer nada sin ella. Él mismo es una cámara, como un Vertov que dice: El trabajo sobre el film El hombre de la cámara ha exigido mayor tensión que los trabajos precedentes del cine-ojo. Ello se explica, tanto por la multiplicidad de localizaciones colocadas bajo observación como por la complejidad de las operaciones técnicas y de organización durante el rodaje.

Las experimentaciones en el plano del montaje han adquirido una tensión extrema. Las experiencias de montaje han sido llevadas a cabo sin interrupción. (Cine Ojo. El hombre de la cámara). Y este lector de la ciudad, no mide su intervención, vive sin interrupción, dado a los torbellinos de la inspiración, contra los fenómenos naturales de la interrupción; es estremecido y conmovido por los vértigos de la improvisación.
Nada es ordenado y sistematizado, no es una IA, porque lee donde quiere leer, donde siente la necesidad de leer; en el momento en que el delirio del lector lo corroe, lo devora (de sus metamorfosis).
Es incontenible e incontrolable. Lleva sin miedo la máscara del anarquista (nunca tiene miedo en la ciudad). Demanda y reclama a su pasión la intensidad extrema, no la coincidencia, no se somete a ella. Inscribe e instaura en esa realidad de la ciudad o de la naturaleza (hay lectores en las playas y en los bosques, en los bares y las tiendas, y no predican ni profetizan no son talleristas, no promueven nada) su libro, y a él mismo o a ella misma, como libros que pueden ser leídos o intervenidos (¿Qué lee, señor o señora?).

Lectores nosotros de ellos en la ciudad, advertidos e inadvertidos por los que los miran, los descubren, los evidencian. Lectores inexpugnables como el libro que son y la ciudad que los contiene. Impresionan como los impresionistas, que se instalaron insolente y perversamente en el paisaje, y por eso, para nosotros: son paisajes que potencian el constructo de la comunidad o comunidades, y que fortalecen las redes de la Galaxia Lectura y Lectores, como astrónomos del ideal, al decir de Nietzsche.
Fotografías: Ángela Inés Ospina C.
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