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miércoles, agosto 10, 2022
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«El hábito no hace al monje, pero sí dice a qué parroquia pertenece»

Por Claudia Posada

Tuve el privilegio de conocer muy de cerca (en razón de mi trabajo) a los miembros de algunos gabinetes locales al igual que departamentales, todos con bagaje administrativo, liderados para la gestión de gobierno bajo las directrices de distintísimos alcaldes y gobernadores; ellos en su rol de inmediatos colaboradores de quienes allí los nombraron, nosotros como funcionarios aceptando con responsabilidad (aunque no todas las veces con admiración) la dirección y mando del caso. Y es que -por ejemplo- aunque cobijen las mismas políticas institucionales, y se acaten respetuosamente los delineamientos para el trabajo, no todos los que pertenecen a una entidad territorial (del tamaño que sea), se comportan, proceden, actúan, responden y reaccionan de la misma manera frente a un mismo hecho o eventualidad; de ahí que existan normas, pautas y patrones que se deben atender para la buena marcha institucional, y seguir (desde todos los rangos en la escala laboral) nos gusten o no, de lo contrario, el libre albedrío a todos nos permite entregar tranquilamente el «uniforme».  Tampoco se trata de ser arrodillados o serviles, se trata de ajustarse con la mayor cordura posible, a las particularidades. La falta de madurez se manifiesta con «pataletas de muchachitos chiquitos». ¡Qué pena!

Mi experiencia de muchos años al servicio en entes gubernamentales,  me faculta para diferenciar con alguna solvencia, creo, los distintos talantes de los administradores públicos. Sin proponérselo se va descubriendo en cada uno de ellos, desde el primer momento de su aparición en la vida pública, tanto en los miembros de gabinete como en el mandatario de turno, el estilo de trabajo que se impondrá según las directrices impartidas de arriba hacia abajo, y la disposición -jactanciosa, o discreta-  para asumir la tarea que les toca como «dueños temporales de un pedacito del poder»,  pues están de paso.

Los talentos administrativos, el nivel de capacidades gerenciales, así como la preparación para el cargo, el temple o el carácter, y la idoneidad, en principio es posible que se camuflen en discursos, o en algo tan de pura apariencia como el «cariz» pues nunca es consistente en el tiempo. De ahí que la «bacanería» (tan agradable en un jefe) tampoco sea característica sólida, suficiente para el desempeño de un cargo que exige eficacia y eficiencia ante la entidad y la sociedad.

En un primer momento, siempre (en toda relación de trabajo, de gobernantes a gobernados, o de la vida social) hay percepciones, pero en el camino van asomando verdaderos talantes. (Nos acaba de pasar con el presidente Iván Duque).

 Es precisamente por todo ello, por lo que ahora se observa con preocupación, en el gabinete que orienta la Administración Municipal de Medellín, algo así como que hubo un «aterrizaje de barriga». Parece que casi ninguno de sus miembros suma para la trayectoria que es propia  en quienes la han enriquecido con las experiencias  de cada etapa en la vida pública, y no se consigue de la noche a la mañana.  Para llevar las riendas que no son justamente las de la familia, sino las de una ciudad con sus distintos componentes,  variables para la gestión, y respuestas, se necesita mucho más que ser amigos.

Lamentablemente para Medellín,  parece que en su mayoría,  quienes recibieron del alcalde Daniel Quintero la designación de los cargos más importantes, quizás ni se dan por enterados en dónde están y para qué. En consecuencia, y entre otras, no tienen presente que como funcionarios de gobierno, los cargos que ostentan no son para acomodarse a los  beneficios que se concibieron (una vez creados) principalmente con destino a los servidores con responsabilidades y deberes los cuales están en el manual de funciones que se establece  para cargos de carrera;  no tanto así para los rangos de confianza y manejo;  sí, en cambio, también para algún tipo de funcionarios por contrato, digamos estables;  unos y otros con vocación de servicio, merecen acceder a ciertos privilegios de carácter académico, de formación complementaria, o de actualización, que se otorgan por trayectoria, méritos,  o necesidad en razón de los  objetivos misionales. Los administradores públicos como tal, están en niveles de la alta gerencia, y una de sus tareas es pensar en la gente a su cargo; de ninguna manera en aprovechar el ratico para acaparar privilegios de manera desmedida, contrariando lo que moralmente sentencia la ética y el sentido común.

Justamente la falta de recorrido, hace que se confunda la sala de reuniones corporativas, con el salón comedor de la casa. La sala de juntas, o de  reuniones del gabinete, es en donde se analizan y deciden asuntos para una ciudad que delegó en la máxima autoridad pública local (con el voto) y en el marco de la filosofía de servicio que rige para el cumplimiento estricto de los deberes por los que se les paga, gestión eficaz; por lo tanto, y en razón de ello, se acatan las disposiciones impartidas, no obstante, mejor si pueden discutirse y determinar por consenso.

Justa o injustamente, de manera irregular o ceñida al riguroso proceder, la señora Procuradora General de la Nación, separó del cargo temporalmente al alcalde de la capital antioqueña, y en el mismo sentido el presidente Duque encargó del remplazo transitorio, al Alto Comisionado para la Paz. Los ciudadanos esperamos gestión y no revanchas. Las  demandas bien pueden seguir adelante, pero no tienen porqué desviar de sus deberes y del compromiso asumido a la hora de posesionarse,  a los miembros del gabinete local. («No busquemos la fiebre en las sábanas») Por encargo o en propiedad, hay un jefe del gabinete al que se le debe respetar y acatar, porque no se está trabajando para alguien en particular, sino para el funcionamiento de la ciudad.

Mientras escribo, me van apareciendo en la mente refranes o dichos  que hacen parte de la cultura popular. ¡Qué sabiduría! Es buenísimo aplicarlas en reflexiones que necesitan soporte para encontrar respuestas. Por ejemplo: «El hábito no hace al monje, pero dice a qué parroquia pertenece». O esta otra, genial: «La mona aunque se vista de seda, mona se queda».

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