lunes, noviembre 29, 2021

El Ché en éxtasis

Por: Carlos Andrés Echavarría Blandón.

Hace pocos días se conmemoró otro año más de la muerte de Ernesto Guevara de la Serna, el ídolo que toda la izquierda latinoamericana utiliza de imagen como un fiel reflejo de un joven rebelde revolucionario que está en contra de todo el mal que encarna la institucionalidad basada en las leyes y los principios; nada más apartado de la realidad y parafraseando los dos libros del escritor argentino Nicolás Márquez acerca de éste personaje, el Ché era una “Máquina de matar”, un verdadero “Canalla”      

Uno de los capítulos del libro, “La Historia Criminal del Comunismo” del historiador español, Francisco Díaz Villanueva, presenta como en la cúspide del poder del Ché, cuando la revolución se tomó a Cuba, Fidel Castro le encomienda la misión de dirigir un centro de reclusión en donde se llevaban a las personas que no comulgaban con el nuevo régimen y Guevara lo convirtió en la oda de sus más bajos instintos y desprecio por la vida de los demás.   

Luego de que los ingleses devolvieran la isla de Cuba a los españoles a cambio de las tierras de la Florida, fue construido el Bastión más grande que España tuvo en el continente americano, el cual fue llamado San Carlos de la Cabaña en honor al monarca del momento, Carlos III.

Casi dos siglos después de la construcción de la fortaleza, el 1 de enero de 1959 ocurrió la victoria de los barbudos, y es allí donde “El viejo bastión español era el emplazamiento idóneo para ajustar cuentas”, misión encomendada a Ernesto Guevara, el más radical de todos los líderes revolucionarios que se tomaron el control del país. “Para empaparse de lleno en la tarea, el Ché se quedó a vivir en la Cabaña

En esos momentos la revolución contaba con gran apoyo, tanto nacional como internacional, por lo tanto, para aplicar sus llamados juicios revolucionarios tenían que buscar un sitio en donde se pudiera esquivar los ojos indiscretos. La clandestinidad era necesaria y así ocultar los atropellos que allí ocurrirían, lo que condujo a ese viejo fuerte militar ubicado en la Habana misma, a ser una opción perfecta para tal fin.

Él estaba allí para impartir justicia y depurar las fuerzas armadas cubanas” Sediento de sangre, quien alguna vez confesó a su padre que le gustaba matar, Ernesto comienza con la pantomima de los juicios en contra de los militares rendidos y como si fuera un gran erudito en materia legislativa, sentenciaba sin el más mínimo respeto por la vida, la justicia y la leyes cubanas; “No eran juicios propiamente dichos, sino farsas procesales extremadamente rápidas que terminaban siempre con la condena a muerte del reo”, el nuevo ejecutor tenía una tarea, sembrar terror en los militares y dentro de sus mismos hombres, y así garantizar una milicia sumisa y cobarde que siguiera cualquier orden impartida por el bandido mayor Fidel Castro.

Al ser médico de profesión, El Ché carecía completamente de conocimiento en materia penal y es por ello que el régimen le puso un grupo de asesores en la materia con los cuales siempre discutía y estaba en desacuerdo por sus formalismos, incluso en una de esas discusiones llegó a argumentar “no hace falta hacer muchas averiguaciones para fusilar a uno. Lo que hay que saber es si es necesario fusilarlo. Nada más”. Lo que demuestra que la intención no era de aplicar justicia y mucho menos de proteger el derecho más fundamental de todos, a la vida, lo que allí interesa es el tinte político de la situación, los pros y los contras, allí en esos momentos se estaba agrediendo el principio más fundamental dentro de la vida en sociedad, la igualdad ante la Ley.

Al poco tiempo, las pantomimas de los juicios comenzaron a salir a la luz pública, así que era necesario que los reos se inculparan, lo que llevo a que dentro de la Cabaña se aplicaran torturas de toda clase, incluso de índole psicológico, “se sacaba a un preso al foso y allí el pelotón disparaba sin munición, …, tras la infame ceremonia el <<fusilado>>, preso de un ataque de ansiedad, se inculpaba de lo que fuera menester

Cada vez eran más los que criticaban este baño de sangre y fue allí en donde Fidel Castro tomó el control de la situación y en vez de controlar a su sicario, lo que hizo fue una gran manifestación en donde miles de personas se reunieron para escucharlo y “…pidió a los congregados que votasen a mano alzada si querían que se continuasen con los juicios populares” y como era de esperarse, ante las palabras del caudillo, todos los asistentes levantaron su mano.

Con su nuevo espaldarazo, ya los juicios dejaron de necesitar pruebas, la sola palabra del oficial investigador era suficiente, se aplicó de lleno la Ley de la sierra, en donde no existía apelación alguna, la condena era express y ejecutada inmediatamente dentro del mismo fuerte. “Entre los meses de enero y marzo de 1959, Ernesto Guevara de la Serna no hizo otra cosa más que firmar sentencias de muerte, unas veinte diarias, 1892 en total

Pero la sed de sangre del mendocino nunca se saciaba y era común verlo dentro del pelotón de fusilamiento disparando a los condenados, incluso, su experticia como médico salía a relucir y hacía la autopsia detallando uno a uno los orificios producidos por las balas y determinando cual de ellos había acabado con la vida del infeliz “La gran mayoría de los condenados eran inocentes, y de entre los culpables ninguno cometió un delito tan grave que justificase semejante muerte

Cuando han pasado más de 62 años de la entrada triunfal de los barbudos a la Habana, el país sigue sumido en una cruel dictadura y es por ello que un sitio de terror, en donde la vida y los derechos de las personas fueron ultrajados hasta el infinito, el Partido Comunista Cubano presenta en el fuerte San Carlos de La Cabaña, un museo dedicado a la memoria y vida del Ché.

El libro, “La Historia Criminal del Comunismo”, el cual está disponible en Amazon y en otras plataformas y librerías, es de obligatoria lectura para las personas que desean conocer los actos más escalofriantes que se realizaron alrededor del mundo, en los países en donde calaron las ideas de Karl Marx y que los hoy militantes quieren esconder.

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