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(EDITORIAL) Los mantenidos que todo lo merecen

Las cuentas son claras: cien mil jóvenes recibiendo un millón de pesos mensual da como resultado más de un billón de pesos al año, dinero que sale de las arcas del Estado, las mismas que se nutren con los impuestos pagados con el sudor y el trabajo de millones de colombianos. Evidentemente, uno de l

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Redacción IFM
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Las cuentas son claras: cien mil jóvenes recibiendo un millón de pesos mensual da como resultado más de un billón de pesos al año, dinero que sale de las arcas del Estado, las mismas que se nutren con los impuestos pagados con el sudor y el trabajo de millones de colombianos.

Evidentemente, uno de los afanes que tenía Gustavo Petro para impulsar la regresiva reforma tributaria era disponer de esos recursos para financiar ese ejército de cien mil jóvenes que, cómodos en sus camas, podrán esperar el subsidio mensual del gobierno y, de paso, jurar lealtad a un presidente que ha resultado de lo más generoso con el dinero ajeno. Ellos solo tendrán que pasar el tiempo y esperar el siguiente pago.

Tal y como le recordaron al secretario de Cultura de Medellín, los recursos públicos son de todos y no de la camarilla que gobierna una ciudad, un departamento o un país. Por desgracia, no habrá nadie que le recuerde a ese ejército de jóvenes que el dinero no sale de la chequera del presidente, sino de los recursos públicos que alimentamos todos los ciudadanos.

En torno a la ocurrencia presidencial, muchos recuerdan la frase de enseñar a pescar y no entregar el pescado. Es que la decisión no es justa con la gente que trabaja desde temprano, por más de 40 horas semanales y recibe un salario mínimo. ¿Será que esos trabajadores verán con buenos ojos el subsidio «altruista» de Petro?

De seguro pensarán que si alguien que no trabaja recibe prácticamente un salario mínimo, pues ser vago paga y lo más fácil es dejar de laborar y dedicarse a cobrar sin ningún esfuerzo. Además, como lo que nada nos cuesta, volvámoslo fiesta, pues ese dinero, trabajado con sudor, esfuerzo y disciplina, terminará financiando parrandas, licor y otras cosas más. Mientras tanto, los que pagan impuestos, tendrán que partirse el lomo para pagar el caprichoso ejército de vagos de Petro.

Ese mensaje es nefasto, porque no existe una sociedad productiva y del conocimiento –como prometía Petro en campaña– que progrese a partir de que los productivos mantengan a los que no trabajan. Además, ninguna sociedad florece con la mano de obra más joven, dedicada a la contemplación y a los placeres, esperando, como si lo mereciera, el subsidio para no ser cooptados por la delincuencia.

Sin embargo, hay más preocupaciones: cien mil jóvenes agradecidos por el pago a la vagancia serán presa fácil del adoctrinamiento, de las presiones sociales y de la gratitud que deberán demostrar con lealtades y obediencia al generoso presidente. ¿Para qué quiere Petro ese ejército de parásitos asistidos?

Así ocurrió en Venezuela, en donde Chávez reformó la ley de las Fuerzas Armadas Nacionales y dispuso que el presidente venezolano tendría una partida discrecional para pagar las lealtades de los jóvenes chavistas. Justamente ahí se oficializaron los colectivos que tanto dolor y muerte han esparcido por el vecino país.

Por todo lo anterior, preocupa la tozudez presidencial de financiar a vagos, malandrines y delincuentes, como si fueran incapaces de ser productivos, rectos, creativos y recursivos en la legalidad y así mantenerse y llevar el pan a sus familias.

Además, nada más dañino para una sociedad que el subsidio a la vagancia, pues el tejido social se rompe al desincentivar la responsabilidad y los deberes de los ciudadanos, que además, quedan presos en una trampa liberticida en la que ya no son dueños ni de su tiempo, ni de su vida, ni de sus pensamientos, todo por la retribución que tendrán que dar, tarde o temprano, al «gran líder» dadivoso.

De otro lado, las pistas que ha dado Petro indican que buena parte de los «mantenidos» estarán en las zonas vulnerables, en la «Colombia profunda» de campesinos, agricultores y pequeños ganaderos. ¿Cómo afectará al sector agropecuario esta castración de la mano de obra? Porque de esos cien mil jóvenes, muy pocos querrán trabajar, agarrar un azadón o sembrar.

Esas políticas asistencialistas destruyen la dignidad del ser humano y, de paso, arrasan con la economía y el bienestar de una nación. Una política real, enfocada en el desarrollo y el bienestar de la gente, busca otorgar las herramientas de capacitación y talentos, para ayudar a forjar el camino de cada individuo. De lo contrario, los recursos serán gastos gigantescos que, al momento de cortarlos, despertarán la ira y la violencia de los mantenidos.

En el lenguaje de Petro, si las mafias destruyeron una generación de colombianos, las ocurrencias del presidente terminarán por acabar con las nuevas generaciones nacionales, dedicadas al ocio, al cobro y al merecimiento como extorsión para no delinquir.

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