(EDITORIAL) Las calles se expresaron
Uno de los bastiones que manejó a su antojo el actual presidente de Colombia estaba en las calles. Los seguidores de Petro, sin miramientos, emprendieron una de las más salvajes agresiones contra la ciudadanía en lo que se conoció como el «estallido social» de 2021. Se pensaba, hasta ayer, que las c

Uno de los bastiones que manejó a su antojo el actual presidente de Colombia estaba en las calles. Los seguidores de Petro, sin miramientos, emprendieron una de las más salvajes agresiones contra la ciudadanía en lo que se conoció como el «estallido social» de 2021.
Se pensaba, hasta ayer, que las calles eran del petrismo y de la izquierda radical e intransigente. Pero la ciudadanía, no los políticos, desequilibró la balanza y ahora se puede afirmar que el Gobierno ha perdido su fuerza de combate al dejar de recibir el apoyo de la gente en las plazas de las principales ciudades del país.
Lo cierto es que la marcha del 15 de febrero, motivada en el deseo de detener la ‘reformitis’ que padece el Gobierno, envió un mensaje claro a los políticos que han desconocido al constituyente primario, al aliarse de forma inverosímil con aquellos que tienen el propósito de demoler la institucionalidad del país.
La apuesta de Petro de hacer una contramarcha, para demostrar su poder en las calles, le salió mal. En solo 24 horas, la pálida convocatoria presidencial contrastó con la nutrida participación ciudadana en toda Colombia. Así las cosas, el Gobierno quedó notificado: el pulso de las calles lo ganó la oposición, no como la adhesión a un partido, sino como el rechazo ciudadano, desde diferentes orillas y posturas ideológicas, a las ambiciones de «deconstrucción» de Gustavo Petro.
Por lo visto hasta hoy, el de Petro es un Gobierno sordo y ciego y por tal motivo sería un despropósito creer que escuchará el clamor ciudadano o verá el masivo rechazo a sus iniciativas. Sin embargo, todavía queda la esperanza de que los partidos políticos, esos que se aliaron desvergonzadamente con el petrismo, rectifiquen su posición en aras de salvar algo del capital político que necesitan para las elecciones del 29 de octubre.
Un mensaje tan claro y contundente no puede pasar de largo en los cálculos partidistas. Así las cosas, arrastrar con el descontento y la creciente impopularidad de Gustavo Petro sería un suicidio en las urnas y en ese acomodamiento conveniente que ha caracterizado a los partidos tradicionales, no extrañaría que la marcha de ayer los obligue a replantear su postura y a ponerse de lado de la ciudadanía, no por solidaridad y empatía –dos cosas de las que carecen– sino por simple interés oportunista.
Obviamente el Congreso, con abrumadoras mayorías gobiernistas, tendrá que enderezar el camino y emprender la oposición contra las ocurrencias del presidente, quien ha demostrado y anunciado su intención de demolerlo todo, en aras de replicar los fracasados y empobrecedores modelos de Cuba y Venezuela.
De otro lado, la oposición legislativa ha resultado fortalecida y aunque siga siendo una minoría en el Congreso, la realidad es que sus representantes están en la mente y en el corazón de la ciudadanía, lo que evidentemente no está pasando con aquellos que se han entregado al Gobierno por unos puestos, unos institutos o algunas dádivas que no pasarían el escrutinio moral.
No obstante, la pregunta que se hace la ciudadanía tiene que ver con la capitalización política de ese apoyo aplastante en las calles. ¿Estarán mirando únicamente las elecciones regionales? ¿Cómo van a aprovechar ese clamor nacional para enfrentar a la poderosa maquinaria de demolición que está timoneando Gustavo Petro?
Todavía faltan ocho meses para las regionales y mucha agua pasará por debajo del puente. El fervor popular hay que encauzarlo aquí y ahora, ya que parte de la crisis que se está viviendo en Colombia tiene que ver con los plazos y hasta con la procrastinación del liderazgo político.
En otras palabras: la oposición a Petro, y al comunismo en general, ha viajado a lomo de mula, mientras ellos avanzan con una velocidad vertiginosa para tratar de imponer el modelo «progresista», que no es otra cosa que el socialismo disfrazado de una promesa imposible de cumplir.
¡Ya es hora!
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