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(EDITORIAL) La normalización de lo anormal: ataque al corazón de la sociedad

Vivimos la era de la normalización de lo anormal; el momento histórico en que un sector de la sociedad, como dice la Escritura Sagrada, «¡a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por …

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Redacción IFM
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IFM Noticias

Vivimos la era de la normalización de lo anormal; el momento histórico en que un sector de la sociedad, como dice la Escritura Sagrada, «¡a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo!» (Isaías 5:20, RVR1960).

Esto se evidencia desde las calles y, actualmente, desde algunas políticas públicas que están promoviéndose, aprobándose y aplicándose sobre la ciudadanía por parte de los gobernantes, especialmente quienes se estrenan en el poder desde el progresismo en Colombia.

Dos ejemplos claros son Gustavo Petro y Daniel Quintero Calle. El primero, propone un peligroso nuevo concepto para la criminalización de los delincuentes, a quienes ya no se les podrá llamar así, sino, ciudadanos con falta de oportunidades. El segundo, promueve «la revolución del amor» imponiendo la comunidad LGBTIQ+ a toda la sociedad, no desde el respeto, sino desde la obligada aceptación de sus prácticas públicas. Valga decir que a dicha comunidad se respetará siempre desde este medio y desde cualquier escenario. Además, ambos proponen la legalización de la marihuana como método para combatir el narcotráfico.

Una evidencia más es el discurso parcializado que sembró la Comisión de la Verdad en el que señala a la sociedad colombiana, a la institucionalidad que defiende a la Nación y a la Nación misma, como las culpables de las miles de víctimas por el conflicto armado, y exime de culpas a los verdaderos victimarios que se alzaron en armas para asesinar, secuestrar y torturar.

Ataques contra el corazón de la sociedad: la familia

Estos, entre muchos otros factores amparados en políticas públicas, promueven conductas que en otro tiempo la sociedad y los altos gobiernos reprochaban. Era impensable que se viera a los jóvenes consumiendo drogas en las calles, a plena luz del día. Era impensable que se pudiera, siquiera, pensar en la legalización de la marihuana o, sin discriminar a nadie, promover las relaciones allende la naturaleza, cuyo propósito es afectar, neutralizar o destruir a la familia.

De hecho, era muchísimo más impensable que la figura de la familia fuera atacada de manera abierta, y desvirtuada su institución por supuestas «nuevas maneras de pensar y de ser». Hoy día, se menoscaban la familia y las relaciones interpersonales naturales, aduciendo conceptos presuntamente modernos y posmodernos que seguirán siendo lo que son: formas que estarán lejos del ideal social que Dios estableció para el individuo y para la humanidad.

En esta era de normalizar lo anormal hay un ataque constante y directo, pensado desde las élites que promueven un nuevo orden mundial, en contra de la familia. Aquí el hombre y la mujer no caben en la conformación de un hogar para evitar el crecimiento demográfico, pero sí caben en la institución sagrada, aunque violentada, la mujer con otra mujer o el hombre con otro hombre, incluso, hasta el hombre o mujer con un animal, como nuevo modelo de «familia».

La escritora norteamericana Hellen White escribió: «La sociedad se compone de familias, y será lo que la hagan las cabezas de familia. Del corazón “mana la vida”, y el hogar es el corazón de la sociedad, de la iglesia y de la nación».

La institución de la familia debe respetarse

En consecuencia, atacar a la familia es atacar directamente a la sociedad para desestabilizar naciones. Las consecuencias de esto no tardan en quedar expuestas a la luz del día y de la noche, en cualquier lugar y a cualquier hora.

Existe en esta era de la normalización de lo anormal la tendencia de redefinir y repensar conceptos con el único propósito de ser permisivos con conductas y comportamientos que históricamente fueron reprobados desde el punto de vista ético, moral, espiritual, social y legal.

Es así como, en lugar de elevar a la sociedad hacia normas y valores de conducta superior, la conducen hacia profundidades espirituales y morales que terminan detonando peores problemáticas sociales a las que, después, toca invertirles tiempo y recursos para luchar en pro de solucionarlas.

La normalización de lo anormal no es excusa

Sin duda, saldrán detractores de este editorial que lo calificarán como un discurso de «doble moral». Es necesario recordarles a quienes así piensen que, si existe la doble moral, es precisamente porque ellos mismos han pretendido inventar e imponer nuevas formas que van en detrimento de los principios que por siglos ha sido el fundamento sólido de la humanidad.

Históricamente, los sucesos más aberrantes, que no se niegan, fueron cometidos por quienes decidieron poner a un lado los principios y valores éticos y morales. La experiencia evidencia que, quien se conserva en la línea de lo sano, ético y moral, respetando el orden natural de la existencia, siempre resulta ser alguien honrado por la humanidad y de beneficios incalculables para la sociedad. 

En esta era que vive la ciudadanía, se han normalizado decenas de conductas bajo un concepto distorsionado, por ejemplo, del libre desarrollo de la personalidad, de la equidad, la diversidad y la igualdad. Se ha confundido la libertad con el libertinaje, se celebran las venganzas y se ridiculizan los actos de perdón. Se juzga y se condena a la víctima y se justifica y libera al victimario.

Parece que los individuos que luchan porque no desaparezcan por completo los principios y valores que han regido a la humanidad y que siguen siendo imprescindibles, se verán en la obligación de agachar la cabeza, guardar silencio y hacerse a un lado, mientras los que pisotean el bien común hacen de las suyas, condenándolos al escarnio público.

Parece que las familias, tal como se pensaron desde el principio, están condenadas a esconderse y a esconder a sus hijos. Todo para evitar tanta distorsión con el propósito de educar hombres y mujeres de bien, que le sirvan a la sociedad, pero también a Dios.

Ataques contra la fe en la era de la normalización de lo anormal

Otra prueba de la normalización de lo anormal es la constante celebración de fiestas en las que se rinde, por ejemplo, culto al diablo de manera abierta (así sea en forma caricaturesca); mientras se condena la libertad de cultos y por ello se usurpan los templos, se interrumpen cultos y eucaristías; y hasta se queman iglesias.

En esta era de la normalización de lo anormal hay que marcar un precedente sin caer en el fanatismo: siempre será imperativo respetar al ser humano, al individuo, aunque las diferencias sean tan amplias como los océanos. Lo desconcertante es que ese respeto está amañándose a intereses particulares y mezquinos pues, mientras el modelo tradicional de familia permanezca en silencio, todo estará bien, aunque el «nuevo modelo familiar» esté pisoteando dicha institución sagrada.

Sin embargo, cuando los defensores de la familia tradicional alzan su voz para defender sus principios, sus derechos inalienables (que también los tienen), entonces aquellos se victimizan, se escandalizan, y hasta denuncias interponen ante los organismos y las cortes por supuesta «homofobia».

¿Libertad de expresión?

Es así como en esta era, los «librepensadores» exigen respeto procurando pasar por encima de los demás. La libertad de expresión, otro concepto distorsionado, la inclinan a favor de ellos pues, como se ha dicho, cuando alguien que piensa diferente defiende sus ideales, entonces se victimizan escondiéndose detrás del arma más poderosa que tienen: la homofobia, por poner un ejemplo que resulta muy visible. Y no, defender principios éticos y morales no es homofobia.

¿Se imaginan si cada vez que la comunidad LGBTIQ+, a quienes se les respeta y valora en este medio, sale a marchar o a pronunciarse en defensa de los intereses de su colectividad; las familias tradicionales se declararan víctimas y también denunciaran casos de heterofobia?

Queda claro que, en el ejemplo recién mencionado, lamentablemente sí hay casos de homofobia que van en contra de la humanidad y la dignidad de los miembros de la comunidad LGBTIQ+, lo cual debe investigarse y condenarse por la justicia, pero sus líderes deben entender que no todo es «homofobia»; que, así como ellos tienen derechos de expresarse libremente, los otros también los tienen.

Es importante dar el nombre que le corresponde a cada cosa según el orden establecido: el criminal es criminal, el asesino es asesino, el narcotraficante es narcotraficante, el paramilitar o guerrillero es paramilitar o guerrillero, el drogadicto es drogadicto. ¿Entonces no debe haber oportunidad para ellos? Por supuesto que sí, un millón de veces sí. Pero mientras continúen en sus «fechorías» deben seguir llamándose como lo que son.

La exposición de esta editorial no presenta ideas anticuadas, ni conservadoras. Son ideas modernas, para el siglo XXI, donde todos cabemos, pero sin alterar el orden natural de las cosas, ni cambiar el nombre que a cada conducta, comportamiento, cosa, lugar, y demás, le corresponde.

Es necesario dar el nombre que le corresponde a cada cosa o situación

Lo malo es malo y lo bueno es bueno. Punto. Aquí no caben relativismos que terminarán agudizando la crisis social que no solo atraviesa Colombia, sino también el mundo. La solución a los problemas se encuentra cuando estos se reconocen y aceptan como problemas, no cuando se disfrazan con eufemismos. Esto último lo que genera es una falsa idea de tranquilidad y de que todo anda bien.

Para ir cerrando este editorial, cabe reiterar que en la era de la normalización de lo anormal celebran la libertina manera de pensar y de actuar, en desmedro del que defiende los principios y valores. Aplauden al que se burla en la cara de quien lucha por conservar su integridad en medio de este caos. La promoción del aborto y el amparo legal que se le está dando desde diferentes gobiernos a nivel mundial y el ataque constante a los defensores provida, es el último ejemplo, entre muchos, que será mencionado aquí.

A quienes hoy luchan por mantener las banderas de la familia, de la ética, de la moral, del buen juicio, de la rectitud y de la integridad, se les invita a que no abandonen esta causa. Sin duda está demás decir que lo hagan desde el respeto, pues este es un estilo de vida en tales ciudadanos.

La normalización de lo anormal no tiene que ser una norma de vida

Es hora de seguir llamando a lo malo, malo; a lo bueno, bueno; a lo amargo, amargo; a lo dulce, dulce; a la luz, luz y a la oscuridad, oscuridad. Así, tal cual, sin eufemismos, pero con respeto y como método de reconocimiento del problema que conduzca a un camino de soluciones eficaces y sostenibles en el tiempo. Es hora de recordar, además, que lo «normal» nunca tiene porqué ser una norma en nuestra vida.


«La mayor necesidad del mundo es la de hombres que no se vendan ni se compren; hombres que sean sinceros y honrados en lo más íntimo de sus almas; hombres que no teman dar al pecado el nombre que le corresponde; hombres cuya conciencia sea tan leal al deber como la brújula al polo; hombres que se mantengan de parte de la justicia aunque se desplomen los cielos». (Ellen White, La Educación, pág. 543).


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