(EDITORIAL) Gustavo Petro: lo más ruin de la política en Colombia
Hasta hace cuatro años, las contiendas electorales se caracterizaban por las denuncias de presuntos delitos cometidos por los candidatos presidenciales y que destapaban los contendores políticos para atacarse mutuamente. Incluso se llegó a decir que, si tales presuntos delitos eran ciertos, entonces

Hasta hace cuatro años, las contiendas electorales se caracterizaban por las denuncias de presuntos delitos cometidos por los candidatos presidenciales y que destapaban los contendores políticos para atacarse mutuamente.
Incluso se llegó a decir que, si tales presuntos delitos eran ciertos, entonces había que formularle cargos a quien denunciaba por complicidad, pues en muchos casos los tales delitos habían sido cometidos presuntamente desde años antes de las elecciones y según el candidato denunciante, tenía conocimiento de eso, pero no había denunciado por miedo a represalias.
De hecho, las elecciones de 2018 y anteriores parecían más una corte donde los candidatos fungían de fiscales y hasta de jueces, condenando al contrincante político, y el electorado aparecía como simple testigo de esos hechos. Campañas sucias que fastidiaron hasta la saciedad a la población colombiana.
Aunque la contienda electoral de este 2022 mermó sobremanera los ataques en materia de denuncias y de juicios legales, por la presunta comisión de delitos en los cargos ejercidos por los candidatos presidenciales, se ha destapado lo más bajo y ruin del alma del ser humano que hay detrás de los aspirantes a la Casa de Nariño. Nos referimos aquí, específicamente, a Gustavo Petro.
Mientras que Federico Gutiérrez, Sergio Fajardo, Rodolfo Hernández, Enrique Gómez y los otros candidatos se concentraron en presentar sus propuestas al electorado colombiano, con muy pocos ataques que derivaban en la defensa propia –tras afirmaciones ruines de Gustavo Petro en los debates– el candidato del Pacto Histórico, precisamente, se dedicaba a atacar, a atropellar, a menoscabar el buen nombre y la honra de los antes mencionados, particularmente de Gutiérrez y de Fajardo, quienes figuraban como sus más acérrimos contendores.
Hasta la primera vuelta presidencial, Petro ni siquiera volteó a ver a Hernández, excepto para tratar de establecer alianzas que le permitieran sumar votos (como siempre, pensando mezquinamente en su propio bienestar político).
No obstante, cuando los resultados electorales del pasado 29 de mayo lo dieron como ganador junto a Rodolfo Hernández y le dejaron ver que debía enfrentarse ante quien no consideraba como una amenaza; Petro revivió su lado guerrillero y empezó a «disparar» una oleada de ofensas, ataques, difamaciones y hasta denuncias en contra de la persona de Hernández.
Las reacciones camaleónicas de Gustavo Petro y de los que conforman el Pacto Histórico sorprenden a la opinión pública porque, si hoy una persona les sirve, entonces la tienen en lo más alto del concepto político y moral; pero cuando esa persona deja de servirles, simplemente la desechan y liberan un cardumen de pirañas que despedazan hasta la saciedad a quien fue desechado.
Desde este punto de vista hay un riesgo grande para Colombia con el Pacto Histórico: si entre ellos no se respetan, si ellos simplemente tiran a la calle a quien no les sirve, si los más acérrimos enemigos están en sus mismas filas, ¿con qué consistencia gobernarán el país?
Una vez conocidos los petrovideos, se desnudó no solo el alma de Petro, sino de su campaña y de quienes lo acompañan. Un «alma podrida» que acude a todas las formas de lucha como un medio para tomarse el poder a como dé lugar, sin una pizca de respeto por las normas constitucionales y hasta morales que deberían regir una campaña política, respetando la diferencia.
Gustavo Petro ha querido tratar de controlar la onda expansiva de la bomba que explotó esta semana en contra de su candidatura, aduciendo que los infiltraron, que los chuzaron ilegalmente. Incluso, hasta anunciaron que instaurarían una denuncia por estos hechos. Como quien dice, «se vale que infiltremos a todos; pero nadie nos puede infiltrar»; aunque esta presunta infiltración estaría por verse.
Otra forma como Petro ha querido controlar la onda expansiva de los petrovideos, ha sido desafiando públicamente a Vicky Dávila y al mismo Rodolfo Hernández a revisar el material de grabaciones que tienen para verificar si en ellos hay algún indicio de comisión de delito por parte de él, asegurando que, si llegan a demostrar al menos un delito, entonces él renuncia a su candidatura.
No se sabe si en el material que reposa en la revista Semana haya algo que sirva como elemento probatorio que pudiera encausar un proceso penal en contra de Gustavo Petro, más allá de los escándalos vergonzosos desde todo punto de vista que todos hemos conocido.
Otro desafío de Petro es a que Semana publique si en dichos vídeos se lo ve a él hablando de algo que lo comprometa, o si se lo escucha profiriendo alguna palabra soez, como comparándose para salir en limpio con Rodolfo Hernández quien suele usar un vocabulario pasado de tono.
Habría que ver la totalidad de las grabaciones para afirmar que Petro tiene razón, o que no la tiene. Sin embargo, lo que sí es evidente, según lo que ya se ha revelado, es que, frente a las propuestas y estrategias ruines expresadas por sus coequiperos, Gustavo Petro guardó silencio; no alzó su voz de protesta ni descartó lo que escuchaba. Por ahí dicen que «quien calla, otorga».
Gustavo Petro no dijo nada, ni siquiera para evitar las artimañas desleales, deshonrosas y bajas que sus estrategas proponían con la intención de dañar moralmente al ser humano, no al candidato, que estaba detrás de las aspiraciones presidenciales de las otras campañas.
En Colombia estamos frente a lo más sucio y bajo de la política, ¿será que quien no se mide en las formas de actuar, actuará a favor de Colombia y de los colombianos para su bienestar? Gustavo Petro está demostrando que, además de la corrupción, el ejercicio de la política está envenenado por la deshonestidad, el irrespeto, el egoísmo, la vanagloria y la tiranía.
Aquí vale la pena recordar otrora tiempo cuando al político se lo calificaba de «honorable». Hoy esa honorabilidad está pisoteada en la persona y en la forma de hacer política de Gustavo Petro. Parece increíble que una campaña que se vende como opción de cambio y de bienestar para Colombia, esté diseñada para mentir, atacar, dañar y destruir.
Quemaron a Fajardo, quemaron a Gutiérrez, quemaron a cada uno de sus contrincantes, quemaron hasta a la propia Piedad Córdoba… Y pretenden quemar a través de una campaña sucia a Rodolfo Hernández. ¿Quién nos asegura que no quemarán también a Colombia, como el chavismo quemó a Venezuela, en un eventual gobierno de Gustavo Petro?
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