(OPINIÓN) La huelga del pañuelo morado. Por: María Clara Posada
Colombia es tierra de paros y protestas eternas. Los maestros cierran escuelas por un salario digno, los transportadores obstruyen autopistas para que el país sienta el peso de sus reclamos y los artistas, paralizan teatros porque sin subsidio no hay drama. Pensábamos que habíamos visto todo: Vías b
Colombia es tierra de paros y protestas eternas. Los maestros cierran escuelas por un salario digno, los transportadores obstruyen autopistas para que el país sienta el peso de sus reclamos y los artistas, paralizan teatros porque sin subsidio no hay drama.
Pensábamos que habíamos visto todo: Vías bloqueadas en el Cauca que convierten el viaje de Bogotá al sur del país en una odisea bíblica, TransMilenios varados en medio del caos bogotano porque los conductores exigen mejores condiciones y huelgas de hambre en plazas públicas que se repiten una y otra vez. El pulso de la nación. Un carnaval de megáfonos y carteles que gritan «No más» hasta que el eco logre retumbar en los pasillos del congreso, del gobierno o de las Cortes.
Pero ahora somos testigos de algo sin precedentes. El paro más sutil de la historia reciente: La huelga del pañuelo morado. Las activistas feministas, esas guerreras incansables que suelen inundar las redes con hashtags como #NiUnaMenos o #MeToo, por estos días, han decidido tomarse un descanso.
Coinciden estas “vacaciones” con los ataques verbales del ministro del Interior, Armando Benedetti, contra la magistrada Cristina Lombana, quien ordenó un allanamiento en su mansión de Lagos de Caujaral por presuntos líos de corrupción y enriquecimiento ilícito. «Loca, demente, delincuente, hijueputa», soltó el Ministro en un arrebato de poesía callejera, mientras la Corte Suprema pedía «desescalar el lenguaje» y la Procuraduría, como detenida en el tiempo, repite que “abriremos indagación”. Un festival de machismo en prime time, servido en bandeja de plata desde el corazón del gobierno. Y ahí, en ese silencio ensordecedor, aturde la decisión de la huelga. No hay barricadas, ni pañuelos, ni monumentos vandalizados, ni performances sexuales frente a catedrales; solo un vacío que contrasta.
No hace mucho, cuando Álvaro Uribe enfrentaba un montaje judicial por presunto soborno y fraude procesal, las feministas saltaban como leonas enjauladas a defender a la juez Sandra Liliana Heredia, recusada por la defensa por sus muestras de parcialidad. Marchas, tuits, columnas en diarios progres clamando por la independencia judicial y contra el acoso a las mujeres en togas. «No pasarán», gritaban, movilizando a todo un ecosistema de colectivos que convertía cada audiencia en un mitin contra el patriarcado. Era una defensa firme, un escudo de sororidad que hacía que el establecimiento observara.
Ahora con Benedetti -ese coloso de la izquierda petrista, con su historial de siete procesos por tráfico de influencias y coimas- lanzando dardos misóginos a Lombana, ¿dónde quedaron los pañuelos? ¿En qué retiro espiritual se perdieron las Pizarro, Francias y Carrascal? ¿Dónde podemos bailar “y la culpa no era mía”? Ni una tendencia twittera, ni una rueda de prensa con carteles #MeToo, exigiendo respeto a la mujer en el poder. Solo el eco de sus silencios, como si la Magistrada fuera una estatua, en vez de otra de nosotras agredida.
No me malinterpreten. No soy conspiranoica. Pero ¿y si esta selectividad no es casual? Cuando el agresor es de derechas, las feministas se multiplican como gremlins en agua. Gritan, marchan, exigen renuncias y satanizan al patriarcado entero. Pero si el victimario es de izquierdas -un ministro con micrófono presidencial, un presidente que pide acompasar clítoris y cerebro, o un «cambio» que huele a privilegios-, surge la amnesia colectiva. ¿Condescendencia? ¿Miedo a morder la mano que las subsidia? O peor, ¿un feminismo boutique, que defiende solo cuando el enemigo es el «otro»?
Esta huelga de los pañuelos morados, es un paro tan fuerte que se percibe, aunque invisible, sin tapar vías pero obstruyendo la coherencia y desafiando la inteligencia. Mientras Benedetti amenaza con ir a la CIDH y su esposa denuncia humillaciones (el allanamiento fue un «secuestro familiar», según Petro), Lombana resiste sola, con la valentía de la toga como escudo y sin una sola garganta con pañuelo respaldándola.
Queridas feministas de la cuarta ola, si el feminismo es selectivo entonces no es revolución. Es solo otro club exclusivo. Despierten, “hermanas”. O al menos, aparenten equidad. Dicho de otro modo, griten por todas, o no griten por ninguna, porque ese silencio sí que es otra forma de violencia.

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