(OPINIÓN) La ciudad y las motos. Por: Jaime Honorio González
Llueve en Bogotá. Lo veo a través de mi ventana. Hace frío allá afuera. Lo sé porque, además, lo padezco hasta hace apenas unos pocos minutos; acabo de llegar de una cita médica y veo la ciudad lánguida, difícil, a punto de estallar después de algún anterior estallido, recogiendo sus pedazos pegados
Llueve en Bogotá. Lo veo a través de mi ventana. Hace frío allá afuera. Lo sé porque, además, lo padezco hasta hace apenas unos pocos minutos; acabo de llegar de una cita médica y veo la ciudad lánguida, difícil, a punto de estallar después de algún anterior estallido, recogiendo sus pedazos pegados con babas, forrada en lonas verdes, pues está en construcción permanente, desde agosto de 1538, creo, desde el terremoto de 1917 que la destruyó, desde El Bogotazo de 1948 que la incendió, desde la pandemia de 2020 que la desocupó, al menos sus calles, que están rotas, ahuecadas, peligrosas, atestadas, surcadas a gran velocidad por ruidosos aparatos de dos ruedas con motor y piloto, que no se detienen ante nada, que se agrupan tan rápido como se disuelven, que se defienden de forma tan efectiva como cuando atacan sin piedad, como una falange romana, siempre listos para enfrentarse con el que sea, a la hora que sea, en el momento que sea, parapetados tras el anonimato de su casco y envalentonados solo por su número, un poco como las pirañas. Pronto nos morderán a todos.
Es sábado y me siento a pensar en la familia del hombre que resultó linchado por varios motociclistas la noche del pasado martes. Tenía 35 años, padecía episodios de ansiedad y conducía —sobrio— un viejo campero azul. Cometió un delito imperdonable en nuestro país: enfrentar a la horda motorizada con su propio vehículo. Está publicado que lo persiguieron más de 200 de esos aparatos, que lo cazaron como a una presa, que lo bajaron a puños y patadas, que lo golpearon con piedras y cadenas, que le robaron la plata, que lo dejaron botado en la mitad de la vía y que —ya semidesnudo— en su agonía de muerte, lo castigaron con un fuete. Y al final, lo escupieron. Se ve en los videos.
Me da un poco de terror; no mucho, también que hay que decirlo.
No es que me esté volviendo miedoso, yo siempre lo he sido. Desde pequeño supe de mi mínima destreza para los golpes. Además, todo me duele, todo me deja moretones, todo me hincha. Sin embargo, aunque yo culpo al miedo, en el fondo creo que es más pereza que otra cosa. Pereza de pelear, supongo, de limpiarme la sangre, de manchar la ropa, del hielo, de la anestesia, de los puntos, de las cicatrices. Yo creo que, por eso, resulté siempre buen amigo de aquellos diestros en esos menesteres. Uno de ellos, por ejemplo, fue el rey de las barras en su barrio, con unos brazos tan enormes como su magnífico historial de peleador de cuadra prácticamente invicto. Aunque, lo que le envidio es todo lo que sabe, especialmente de historia.
Excepto una estancia estudiantil, he vivido toda mi vida en esta ciudad. Aquí he visto matar y morir. He visto pelear hasta ver sangre, he visto ofrecer disculpas, he visto insultar y he visto cachetear, he visto herir, he visto incendiar, robar, ultrajar, atacar, defender, lo que más o menos todos hemos visto, no en redes ni en televisión, sino en vivo y en directo, testigo presencial de esta selva donde sobrevive el más fuerte. Y el más anónimo.
Y también he visto atropellar. Y esto último y todo lo anterior me ha pasado por el lado. Como los motociclistas que me zumban en los costados, sin importarles que están jugándose la vida en cada cruce porque se creen inmortales, invencibles, inmunes, temerarios (aunque nunca como Roldán), sin miedo al dolor, a la lesión, a la caída, al asfalto, a la invalidez, a la muerte, a la que le sacan la lengua mientras ella los acecha en cada carro que rozan sin el menor asomo de prudencia, esperándolos de forma paciente y cada vez con mayor frecuencia, en esta mi ciudad, donde los reclama siempre tirados en el pavimento.
Muchos motociclistas de mi país (porque, la verdad, no me importan los de otro lado) no leen estas palabras porque viven a mil por hora. Para esos motociclistas no existe el tiempo, solo el de ellos. Esos motociclistas van por la vía, o por el andén, o por el césped, o por donde sea, sintiéndose únicos, sin importarle el otro, porque entienden que hombre y máquina son uno solo, un binomio perfecto que, solamente, la mano de Dios podrá separarlos. Porque solo a él le rinden cuentas.
Mientras tanto, acá en la Tierra hacen lo que les da la gana, no hay autoridad que pueda detenerlos, no hay control social porque ellos lo ejercen, a los golpes claro está, no hay ‘pico y placa’, no hay carril, no hay un prohibido adelantar, no hay nada. Solo hay puños para el que intente enfrentarlos, y pena de muerte para quien ose atropellarlos. Como le sucedió el martes pasado a un tipo al sur de Bogotá.
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