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(OPINIÓN) Hubiera sido grande. Por: Jaime Honorio González

Ese muchachito tenía una cara de pícaro que no podía con ella. Y un par de pepas que le brillaban de forma impresionante. Y una bocota roja, hermosa, preciosa, con la que esbozaba una tremenda sonrisa de niño que sólo quería jugar con sus amiguitos y ver televisión y ocuparse con los videojuegos y m

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Redacción IFM
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(OPINIÓN) Hubiera sido grande. Por: Jaime Honorio González

Ese muchachito tenía una cara de pícaro que no podía con ella. Y un par de pepas que le brillaban de forma impresionante. Y una bocota roja, hermosa, preciosa, con la que esbozaba una tremenda sonrisa de niño que sólo quería jugar con sus amiguitos y ver televisión y ocuparse con los videojuegos y montar en bici. Y nada más. Como todos los niños.

“Tenía siete años. Iba rapidísimo en mi bicicleta, me gustaba montar, sólo montar, pedalear rápido aunque nunca podía alcanzar a los grandes en la calle, en mi pueblo, donde yo vivo, a veces hacía mucho calor y por eso me daba mucha sed y tomaba mucha agua”.

Yo me imagino a Kevin montando en su bicicleta feliz de la dicha, pensando en nada, apenas en el momento, como todo un buen niño de apenas siete añitos. De pronto, sintiendo un poquito de brisa en esas frescas tardes de Palestina, un pueblito al sur del Huila, lejos de todo, especialmente de un hospital nivel tres, de esos que tienen UCI, atienden enfermedades raras o pueden practicar cirugías complejas.

“Me gustaba montar porque la brisa me refrescaba, y además porque podía ir pensando en que más tarde podría jugar en el celular de mi mamá, o de alguien que me lo prestara. Me hubiera tocado poquito tiempo porque apenas tenía siete añitos y no podía obsesionarme con las pantallas, eso me decía mi mamá”.

Yo lo imagino yendo de arriba para abajo, tratando de saltar un andén, manteniendo el equilibrio, sentado en la calle jugando con piedritas, a veces pateándolas por ahí, yo lo imagino siendo niño, soñando con hacer goles, o con taparlos, con satisfacer su inmediatez, sus antojos, su caprichos, como todos los niños a esas edades, ingenuos, inocentes, bueno, todos los niños que Dios premia con la felicidad propia de un pequeñito de apenas siete años.

“Si yo hubiera sido grande, ahí sí hubiera podido jugar lo que yo hubiera querido. Mi mamá me decía eso. Yo sé que ya no era un bebé grande, que yo era un niño pequeño, pero yo me sentía grande. Un día oí por ahí que los niños nos creíamos inmortales, pero yo no. Yo sabía que uno se podía morir por no hacer caso, pero yo no me iba a morir porque yo quería crecer y ayudar a mi mamá y comprarme mi propio celular y jugar hasta las 12, como los grandes. Un día iba ser grande de verdad. Y yo iba a manejar un carro, y yo iba a comprar el helado que yo quería. Ahorita no podía porque era un niño, pero cuando hubiera sido grande, sí”.

Cuando se cayó de la bicicleta, su mamá lo llevó de inmediato al hospital de Palestina.Y de allí lo remitieron al de Pitalito. Y de allí al de Bogotá, siempre estando consciente, preocupado pero consciente, triste pero consciente. Y así fueron pasando los días. Y las noches. Y nadie hizo nada (y si hizo, no fue lo suficiente). Nadie intentó nada (y si lo intentó, no sirvió de mucho). Nadie ordenó nada (y si alguien ordenó algo, la orden llegó tarde). Hasta que pasó lo inevitable.

“Yo iba a montar otro poquito, pero, me caí. Me empezó a salir sangre. Mami, me caí, mamiiiiiiiiii. Mami, me duele la cabeza. Mami, me está saliendo mucha sangre. Mami, ¿me van a llevar en ambulancia? Mami, ven conmigo, no me dejes solito. Mami, me duele”.

Sin dolor alguno, el ministro de Salud dijo que la culpable había sido la mamá por dejarlo montar bici. No tendrá perdón de Dios. Aunque no creo que le importe. Después, el presidente de la República apoyó la ignorante tesis de culpabilidad del ministro. Se equivocó de cabo a rabo el presidente creyéndose ese cuento. Se equivocó y se volvió a equivocar después insistiendo en la responsabilidad de una mamá que hoy llora desconsolada porque se fue el amor de su vida. No había que culparla en vivo y en directo, por televisión nacional. Por Dios, no. No había que hacerlo, especialmente, porque no era cierto.

Kevin tenía hemofilia y desde diciembre no recibía su medicamento. Se cayó de la bicicleta y se hirió de gravedad en la cabeza. A los pocos días, falleció. Nadie aceptará la culpa. Nadie asumirá la responsabilidad. Ni el presidente, ni el ministro, ni la EPS, ni la IPS, ni el hospital, ni la ambulancia, ni el sistema, ni nadie. Nadie aceptará su negligencia, o su soberbia, o su inoperancia, o su error, nadie. Pasarán los días y todo se irá diluyendo y la muerte de este angelito apenas servirá para que unos cuantos candidatos le saquen réditos políticos en estas elecciones que se avecinan. Y para nada más. Ya lo verán.

En el Huila, una mamá se refugia en su soledad. De vez en cuando un frío la recorre cuando oye por ahí gritos de niños montando bicicleta en la calle.

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