(OPINIÓN) ¿Cuánto daño harán antes de que Colombia despierte? Por: Camilo Guzmán
Lo que ocurrió en el Consejo de Ministros encapsula perfectamente la esencia del populismo desbordado: culto a la personalidad, uso del aparato estatal como plataforma de espectáculo y manipulación, improvisación, ausencia de método y gestión real.
Lo que ocurrió en el Consejo de Ministros encapsula perfectamente la esencia del populismo desbordado: culto a la personalidad, uso del aparato estatal como plataforma de espectáculo y manipulación, improvisación, ausencia de método y gestión real.
Fueron seis horas de transmisión en vivo con un Presidente que habló el 90% del tiempo, sin plan, sin evaluación de resultados, sin trazarse rutas claras. Hubo de todo: recriminaciones, lágrimas, declaraciones de amor al líder y ataques a los empresarios de Bogotá y Medellín, a quienes se culpó de todos los males del país.
Para quienes creemos en la libertad y en la seriedad del gobierno, fue un absoluto desastre. Pero no necesariamente lo percibió así todo el mundo.
El populismo es popular. A la gente le encanta el show, el drama, la narrativa de un líder luchando contra enemigos imaginarios, la falsa sensación de que “por fin alguien dice las cosas como son”. El populismo no necesita buenos resultados, solo necesita buenos relatos.
Los cinco ingredientes del desastre populista (que no todos ven como desastre)
- Un monólogo sin rumbo (percibido como liderazgo fuerte):
Cuando el presidente acapara el 90% del tiempo en un Consejo de Ministros, no es una reunión de trabajo, es un soliloquio. Pero para muchos, es la demostración de un líder que “toma el control”, que “pone orden” en su equipo.
2.El culto a la personalidad (percibido como lealtad y convicción):
Lágrimas, arrepentimientos, declaraciones de amor y sumisión total al presidente. No es normal en un gobierno serio, pero en la lógica populista, es prueba de que el líder “inspira” y es “auténtico”.
3.El ataque al sector productivo (percibido como justicia social):
Petro no desaprovechó la oportunidad para arremeter contra los empresarios, en especial los de Bogotá y Medellín. Para quienes entienden la economía, esto es absurdo. Pero para el ciudadano común, el ataque a los “poderosos” refuerza la narrativa de que “el pueblo” tiene un líder que lo defiende.
- La improvisación como método (percibida como empatía y compromiso):
No hubo evaluación de resultados, no se trazaron estrategias, solo se hicieron promesas vagas sobre “regalos” a las zonas olvidadas. Pero en la mente de muchos, eso no es improvisación, sino la “prueba” de que el presidente se preocupa por los pobres y no por los tecnócratas. - El espectáculo como herramienta de poder (percibido como transparencia y cercanía):
Transmitir este desastre en televisión nacional no tenía otro objetivo que el control de la narrativa y la humillación pública de su equipo. Pero para muchos, fue una muestra de transparencia, de que el presidente “no esconde nada” y “está con el pueblo”.
¿Por qué esto es peligroso?
Porque el populismo no necesita gobernar bien, solo necesita construir una historia creíble para su audiencia.
• No hay dirección: Pero sí un enemigo contra el que luchar.
• No hay gestión: Pero sí promesas grandiosas.
• No hay equipo: Pero sí un líder todopoderoso.
• No hay futuro: Pero sí un presente cargado de emociones y espectáculo.
La gran pregunta
¿Mientras el gobierno juega a la revolución televisada, la economía se estanca, la inversión huye y la inseguridad crece?

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