(OPINIÓN) Colombia es un país ingrato. Por: Camilo Guzmán
Ingrato con quien ha dado más por defender su libertad que cualquier otro en tiempos recientes. Álvaro Uribe Vélez no fue un gobernante perfecto —ninguno lo es, pero su legado está marcado por una conquista moral y política que no puede ser borrada: le devolvió a una nación arrodillada la esperanza
Ingrato con quien ha dado más por defender su libertad que cualquier otro en tiempos recientes.
Álvaro Uribe Vélez no fue un gobernante perfecto —ninguno lo es, pero su legado está marcado por una conquista moral y política que no puede ser borrada: le devolvió a una nación arrodillada la esperanza de vivir sin miedo.
Durante su gobierno, Colombia pasó de ser un Estado fallido a una democracia viable. Recuperó el monopolio de la fuerza, devolvió a millones de colombianos su dignidad frente al secuestro, el chantaje y la humillación sistemática de grupos armados. Para quienes creemos en la libertad como valor central, ese momento fue un punto de inflexión histórico.
Hoy enfrenta una condena judicial en un país donde el Estado de Derecho ha dejado de ser garantía para convertirse en arma.
La injusticia no es que un expresidente sea procesado. Lo injusto es que la presunción de inocencia se haya sustituido por la sospecha ideológica.
El Derecho no depende de quién seas, sino de lo que hagas. Pero en Colombia el nombre pesa más que la evidencia, y el castigo parece reservado a quien desafía el pensamiento hegemónico.
La libertad se mide cuando uno defiende el derecho del adversario a expresarse y ser juzgado justamente. La ley no puede ser herramienta del resentimiento.
La libertad no puede florecer donde el poder judicial se convierte en inquisidor.
Donde los criminales reciben más garantías que quienes lo combatieron.
Donde el debate político ha sido sustituido por la persecución simbólica y violenta de quienes piensan distinto.
Colombia necesita levantar la voz para para defender la idea de que nadie debería ser juzgado con base en odios, ficciones o narrativas populistas.
No se puede construir una República sobre la demolición moral de quienes, con errores y aciertos, defendieron la libertad.
La gratitud no es una deuda personal, es un acto de responsabilidad con la verdad.

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