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Luis Carlos Muñoz Sarmiento: “(…) estos cuentos fueron escritos con la mayor libertad posible”

Luis Carlos Muñoz Sarmiento, autor de “Ocho minutos y otros cuentos”, comparte sus reflexiones sobre el azar, la emoción y la libertad en el proceso creativo, explorando cómo sus inquietudes estéticas se transforman en una obra que desafía géneros y busca la catarsis.

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Luis Carlos Muñoz Sarmiento: “(…) estos cuentos fueron escritos con la mayor libertad posible”

Por: Óscar Jairo González Hernández

Luis Carlos Muñoz Sarmiento, a propósito de su libro “Ocho minutos y otros cuentos”, nos comparte sus reflexiones sobre el proceso creativo. ¿Cómo se gestó este libro, que transita entre la realidad y la irrealidad? ¿Qué método emplea para desarrollar este género, distinto al ensayo o la crítica cinematográfica, y cómo las explosiones e implosiones estéticas de su yo le otorgan nuevas dimensiones a su inquietud artística? ¿De qué manera se sumerge en esos mundos y visiones que conforman su «hibris sensible», y qué busca comunicar a través de ellos? Finalmente, ¿cuál es la esencia de “Ocho minutos…”? ¿Por qué ese título, que evoca a Fellini, y qué temas, tanto elegidos como impuestos, aborda en su obra?

Sobre el azar y la necesidad, creo, como Buñuel, que el azar prevalece. A esto añado la emoción, pues el arte es, ante todo, emoción antes que coherencia. Luego, al escribir, los demonios y abismos del artista en este caso, del escritor toman forma estética, y el caos inicial se transforma en un orden lógico artístico, incluso político e ideológico, pero nunca en un dictado oficial. Respecto a la necesidad de materializar este libro, que oscila entre la realidad y la irrealidad, solo puedo decir que es el fruto de años de escritura, de una cuidadosa selección y exclusión de innumerables textos. Afortunadamente, uno siempre termina escribiendo el mismo texto, aunque con variaciones, lo que resulta en una unidad temática con enfoques y tratamientos similares.

En cuanto al método, en mi caso, como en el de Cortázar, es no tener método. No podemos dictarle al corazón qué sentir para luego plasmarlo. Es ahí donde la emoción regresa para esclavizarnos de nuevo, aunque nos sintamos libres. Lo que, por supuesto, no somos, ya que las pasiones nunca dejan de dominarnos, a menos que nos convirtamos en seres ataráxicos puros, es decir, en humanos impuros que recaen en prejuicios y miedos.

Y ya sabes que solo quien carece de todo miedo y prejuicio puede amar con libertad. Estos cuentos fueron escritos con la mayor libertad posible. Como Camus, soy celoso de esa libertad que se desvanece con el exceso de bienes. Así, todo lo que mi yo forma y transforma a partir de explosiones e implosiones estéticas es el efecto inconsciente, y luego consciente, de todo lo que me afecta, me habita y me estructura. En este sentido, claro que considero que le otorgan otras dimensiones y alcances a la inquietud estética que, aunque no sé si es mía, la hago mía y la vierto sobre la página en blanco. No busco necesariamente complacer al lector, sino, ante todo, que el resultado se asemeje lo más posible a lo que debe ser el arte: aquello que no obedece a intención alguna, sino que produce efectos transformadores en mí y, por ende, en los demás.

Pues no escribimos, en sentido estricto, para nadie, ni para congraciarnos con nadie, sino para hacer catarsis sobre todo aquello que nos hiere y que necesitamos sanar, aunque las heridas persistan por los flechazos y las envidias ajenas. En ello influye, cómo no, mi rechazo a lo que se nos quiere imponer y mi rebelión espontánea contra los géneros, pues nada es un elemento incontaminado. Las cosas siempre serán el resultado de la diferencia, que es el camino más expedito hacia la igualdad, y no su antítesis; así como de la variedad, de los matices, en fin, de la tolerancia hacia todo lo que sea vida, lo que signifique vida, lo que vaya contra la muerte. Lo que intento comunicar a otros a través de mi «hibris sensible» no es otra cosa que todo aquello digno o indigno de recordar, que requiera un tratamiento y una revolución escritural, para que a la vez pueda ser para otros un hecho revolucionario que sirva para cambiar sus vidas y, de paso, sea útil a la humanidad en general.

“Ocho minutos y otros cuentos” es una muestra concreta y a la vez ecléctica de historias y relatos vinculados entre sí por diversos motivos y razones, con el tiempo como referente. Toda la vida el tiempo ha sido para mí un factor de preguntas e inquietudes sin resolver, hasta convertirse en una impronta cuando les leí a mis hijos “Akenatón. La historia de la humanidad contada por un gato”, del francés Gérard Vincent, que él mismo presentó como «Traducido directamente del siamés por Gérard Vincent». En dicho libro encontré una de las definiciones más sencillas y a la vez extrañas del término: «El tiempo es la orilla; nosotros pasamos y él da la impresión de correr».

El tiempo es algo bastante artificial, al menos a partir de la idea del reloj, y muy vinculado al capitalismo desde que B. Franklin lo convirtió en sinónimo de dinero («El tiempo es oro») y, más allá, de plusvalía. Por eso también es un sucedáneo de contrariedad para mí. Soy amigo del tiempo natural, desinteresado, no del cronológico e interesado por antonomasia. En cuanto al porqué del título y por qué “Ocho minutos” y no más, apenas puedo decirte que es el tiempo diegético del cuento al que corresponde el título. Y que sea un número par se debe a que, si bien no siento odio por nada, sí hago una excepción con los números pares, antes que con las inyecciones en el trasero, la hipocresía o la nariz tapada. Y, claro, como se trata de un hecho negativo, no le puse nueve u once minutos, pues no lo merecía. Para cerrar, te diría que, aunque los temas son múltiples y variados, todos desembocan en el mismo mar: el mar de la disidencia, la reflexión y la crítica (implícita, no siempre explícita). Esos temas son: el tiempo, la soledad, el amor, el odio, la violencia, el hambre, la injusticia, la desigualdad, la intolerancia, la muerte, entre muchos otros.

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