La vida y el movimiento de los rinocerontes
De los elementos de su naturaleza, quería saber cómo eran la vida y el movimiento en él, o no tanto cómo eran, sino qué eran vida y movimiento.
Por. Óscar Jairo González Hernández
Cómo eran la vida y el movimiento, y si él se movía como la tierra en sus movimientos de traslación o rotación de su cerebro, pero tuvo necesidad de radicarlo, de instalarlo en lo que llamamos la vida, como si ello se necesitara saber, como una condición sin la cual el movimiento no se diera o se hiciera en él. Disquisiciones intensas en su intensidad, o de su trascendencia en su intrascendencia.
Es como la certeza de lo incierto. Demasiado raro, que él escuchara decir eso, donde nadie más escuchaba. O lo escucharían. Decía sin intención de ser escuchado. y resulta que hay una correlación inextricable e inescindible entre una con la otra, o relacionalidad en sentido rotundo, contundente y que así tenía que hablar del movimiento. Pero no quería hacerlo desde la vida; no sé, hay una escisión allí en mí, que hace extraña esa inquietud (no preocupación ni problema) de decirse de, en o sobre la vida, su movimiento.
No sé qué tanto sea, pues, que es lo que tenemos de la vida y del movimiento y cómo los tenemos. Y si podríamos vivir sin la vida, haciendo de ella una constante abstracción estética, podría concebirse. O tendríamos que realizarla toda en la realidad, en su realidad, en su concreción, como si necesitáramos de la corroboración matemática de la misma, de extraña exactitud.
O sí, los necesitamos, ¿por qué o para qué los necesitamos?, o sea, la medida, cómo medirla o por qué tenemos que hacerlo. ¿Y qué podríamos medir de la vida y el movimiento, en lo que no es inabarcable de ellos, o someternos a la medida que les da, lo que llamamos la realidad? ¿Y qué hacer ante ello, cómo invocarlos y cómo concretarlos sin esa medida que da la realidad?

Y de la misma manera, es el movimiento, ¿Dónde constatamos que nos movemos? ¿Qué nos hace mover? ¿O a qué llamamos movimiento? No es el taoísmo, también un movimiento, porque el taoísta, quiéralo o no, necesita moverse, tiene que hacerlo, así sea concentrado en sí mismo, como en su ascetismo; por lo que el ascetismo mismo sería ya un movimiento, porque necesita moverse para hacerlo, para ser taoísta o asceta; es una evidencia más. ¿Yo he vivido? No lo sé. ¿Yo he soñado? Lo sé. ¿Yo he deseado? Lo sé.
Pero todo ello ha necesitado de un motor móvil para ese movimiento, para darlo, en lo que llamamos la vida, pero también si estoy muerto, estoy en movimiento; se tiene movimiento en la muerte, hasta que ya no se es más, en lo concreto, lo concreto que somos, lo que se puede saber de uno cuando otro lo dice, lo desea.
¿Es eso entonces la vida o es el movimiento? Cuando observo a mis rinocerontes sobre el escritorio, en este momento, puedo decir, que los rinocerontes no se mueven, que están quietos, que están muertos, es verdad, es lo obvio de la verdad; pero también siento que yo les doy vida, o sea, les doy sentido para que estén aquí, no en la mesa del comedor o en la mesa de noche; tienen vida aquí, cuando yo los observo, mirada medusal, mirada provocadora de la vida, que los hace moverse, desde aquí hasta la selva, donde llevan como aquí, su vida salvaje, libre, decimos nosotros, que no sabemos nada de lo que sería o es la libertad o el ser salvaje para un rinoceronte, dado que lo estamos diciendo nosotros, más no ellos. Mi manada de rinocerontes en la que me muevo ahora. Eso es en mí. Torsión del sentido en el carácter de lo inasimilable.
Formó entonces en sus estructuras sensibles y racionales, la estética del incidente, como una manera de ser consciente de que todo lo que ocurría en medio de él, estaba determinando el sentido de esas estructuras sensibles y racionales de la visión de su mundo, y que como incidentes no le ocurrían más que a él, desde la observación con la que se mantenía vivo y en movimiento; porque los incidentes le evidenciaban una verdad, que él podía relatar, como la inminencia de los movimientos que hacen las hélices de las ostras en los mares melancólicos. Fantaseaba. Eso hacía decir de sí a los otros. Y no quería haber vivido y estar en movimiento, sino en los incidentes simbólicos que extraía de los cuadros de Hyeronimus Bosch. Poseído como quien vive allí, en medio de esas visiones exorbitantes.

Como lo decía el historiador Baltrusaitis: “El nuevo arte cósmico del Renacimiento, en el apogeo con la deificación del hombre… halla en el Bosco el perfecto correlativo en el dominio del caos. Exactamente mientras vive y trabaja Leonardo, el Bosco crea la esfera de lo infernal y hace de ella un mundo aparte, con sus criaturas propias, sus propios paisajes, una naturaleza especial (en realidad, una antinaturaleza) y con sus peculiares medios de expresión. A partir del Bosco –y por primera vez con él– lo demoníaco existe como esfera en sí, un universo sui generis alzado frente al Cielo y a la Tierra y dotado de un principio creador, de una estructura y de leyes estéticas propias.” (2).
Tenía conciencia de que había sido, en una vida futura, un rinoceronte. ¿Cómo así, que en una vida futura? ¿No es real eso que dices? Yo estaba diciendo del futuro, porque el rinoceronte que no soy no sabe nada del futuro, y no le interesa el futuro de su vida como rinoceronte, y que nadie puede preservarla sino él. Dado que no es rinoceronte, entonces la vida futura no es real en su dimensión animal, o sea de su naturaleza barroca. Cuando observo al rinoceronte moverse en su territorio, ya todo había sido destruido.
De nuevo en esa condición de la necesidad, sintió que sería necesario incluir entonces en esa relación de la vida y el movimiento, dado que trataba con rinocerontes, la consideración que sobre el rinoceronte hace Max Horkheimer, que lo corrobora a él en su consideración, o sea, de su relato sobre él. “Hombre y rinoceronte. En un cuadro de Longhi del siglo XVIII se ve un rinoceronte cautivo ante la fija contemplación de unos señores en alguna ciudad de Europa. Difícilmente se vea con toda claridad la estupidez de los seres humanos como en este cuadro. Son la única raza que mantiene cautivos a ejemplares de otras razas o que los torturan de alguna manera solo para de esa manera sentirse grandes. Qué aspecto más sabio tiene ese estúpido animal del cuadro frente a los hombres mentecatos que en esa época torturaban y quemaban precisamente –en vano– a sus propios congéneres, presuntamente por desviarse de la fe, pero en realidad por motivos que ellos mismos desconocían. Cuán indescriptiblemente necia y cruel es esta raza natural.” (2).
Consumió sus obsesiones, hasta que ellas le indicaran que también las obsesiones constituían una teoría, y que por medio de ellas, tenía como inventarse sus mundos, sus teorías rizomáticas, quebrándose el cráneo para ello, ante lo que tenía concebido o sin concebir sobre la vida y sobre el movimiento. O si no había nada de eso, que lo inquietaba, cómo comenzar entonces a llamarlo, para hacerlo realmente esencial, en su mundo. Quedaba ante sí el misterio.
1. Horkheimer, Max. Apuntes: 1950-1969. Caracas. Monte Ávila Editores. 1976. Pág. 88.
2. Baltrusaitis, Jürgen. El Bosco, Barcelona. Noguer Rizzoli Editores. 1978. Pág. 12.
Noticias relacionadas
(ESPECIAL) Procesiones religiosas se toman las calles del centro de Bogotá durante la Semana Mayor
Los recorridos durante la Semana Santa no se detienen y el centro de Bogotá concentra rutas de…
Coronel del Ejército fue condenado por atacar a un subalterno en Cali
El coronel del Ejército Cristian Rodríguez Fabra fue condenado a 12 años de prisión por agredir a…
Atentado con motobomba en Briceño dejó un policía herido y graves daños
Un atentado con motobomba en el municipio de Briceño, Norte de Antioquia, dejó un policía herido…