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(OPINIÓN) Israel entre la defensa legítima y el límite moral. Por: Andrés Gaviria Cano

El conflicto entre Israel y Palestina vuelve a cuestionar nuestras convicciones fundamentales. He expresado, y mantengo, mi admiración y respaldo a Israel, cuya historia está marcada por persecuciones, guerras y una lucha existencial por su derecho a existir.

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Redacción IFM
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(OPINIÓN) Israel entre la defensa legítima y el límite moral. Por: Andrés Gaviria Cano

El conflicto entre Israel y Palestina vuelve a cuestionar nuestras convicciones fundamentales. He expresado, y mantengo, mi admiración y respaldo a Israel, cuya historia está marcada por persecuciones, guerras y una lucha existencial por su derecho a existir. Esto le otorga no solo el derecho, sino el deber de proteger a su pueblo. Ignorar esa realidad sería negar una memoria dolorosa que enseñó, a sangre y fuego, que sin seguridad no hay futuro.

Sin embargo, defender a Israel no significa avalar cualquier método. La guerra tiene reglas éticas y jurídicas precisamente para contener el horror. Los principios de distinción entre combatientes y civiles, y de proporcionalidad en el uso de la fuerza, no son meros tecnicismos; son la delgada línea que separa la defensa legítima de la destrucción injustificada. Cuando esta línea se difumina, incluso la causa más justa pierde su fuerza moral.

Israel enfrenta a organizaciones que buscan explícitamente su desaparición. Es razonable exigir firmeza, inteligencia y contundencia en su defensa, pero también mesura. Una democracia que se defiende debe mostrar que su fortaleza no reside en castigos colectivos ni en arrasar zonas civiles. El honor de la causa se mide tanto en el objetivo perseguido como en los medios utilizados.

La tragedia de los inocentes no puede justificarse como daño colateral. Cada niño muerto, cada familia desplazada, cada hospital o escuela destruida representa una derrota moral que ninguna victoria militar puede compensar. Desarticular a los terroristas no puede implicar que todo lo que los rodea sea un blanco legítimo. La defensa eficaz demanda precisión, inteligencia, operaciones quirúrgicas, tiempos de alerta, corredores humanitarios y planes de evacuación reales.

Este conflicto no admite miradas ingenuas. Quienes atacan a Israel violan deliberadamente las leyes de la guerra, se ocultan entre civiles y usan barrios como escudos humanos. Por eso la vara para Israel debe ser aún más alta. No para que se sacrifique, sino porque su legitimidad histórica y democrática exige una conducta que la distinga de sus agresores. Defender a Israel implica exigir que gane con claridad militar y superioridad moral.

Además de la ética, hay una razón práctica: la seguridad se debilita cuando la población civil queda atrapada en un fuego indiscriminado. El costo político, diplomático y reputacional crece, los aliados dudan y los enemigos reclutan con el sufrimiento ajeno. Proteger a los inocentes no es un signo de debilidad, sino un elemento estratégico clave para una victoria sostenible.

La comunidad internacional debe estar a la altura, no con comunicados tibios, sino con mediación activa, verificación independiente, exigencia del derecho internacional humanitario y presión real para que la ayuda llegue a quienes la necesitan. Israel debe tener garantías para neutralizar a sus atacantes; los civiles, para no ser víctimas de una guerra que no eligieron.

Pedir contención en medio del fuego no es ingenuo, sino necesario. Es la condición para que, tras el humo, quede alguna posibilidad de paz negociable. Quien piense que la seguridad de Israel se construye sobre montañas de ruinas comete un error estratégico: la seguridad duradera solo surge cuando quienes viven alrededor no ven a Israel como una fuerza sin control, sino como un Estado firme, disciplinado y abierto a una solución política.

Defiendo a Israel porque valoro su derecho a existir en paz. Por eso rechazo los excesos que golpean a quienes no portan armas ni planean ataques. Insisto en reglas claras: identificación precisa de objetivos militares, operaciones focalizadas, respeto a instalaciones civiles, corredores humanitarios efectivos, evaluación rigurosa de daños potenciales y rendición de cuentas ante errores. La autoridad moral no es un lujo en la guerra, sino un activo estratégico.

El camino de salida no se escribirá con más funerales. Más temprano que tarde, habrá que retomar la incómoda pero inevitable conversación: seguridad garantizada para Israel y dignidad garantizada para los palestinos. Sin esa doble garantía, cualquier alto al fuego será solo un paréntesis entre dos tragedias.

Israel tiene el derecho y la obligación de defenderse. Que lo haga con la fuerza de la ley y con la ley en su fuerza. Que su victoria sea clara no solo en el campo de batalla, sino ante la conciencia del mundo. Porque la seguridad que se basa en la ética es la única que perdura.

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