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(OPINIÓN) Colombia necesita una reforma para crecer en serio. Por: Andrés Gaviria

Colombia no puede resignarse a administrar la escasez ni a vivir de ciclos de euforia y desencanto. Nuestro país tiene talento, recursos y ubicación estratégica, pero seguimos atados a un marco económico que premia la tramitología, castiga la inversión y produce un crecimiento insuficiente para saca

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Redacción IFM
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(OPINIÓN) Colombia necesita una reforma para crecer en serio. Por: Andrés Gaviria

Colombia no puede resignarse a administrar la escasez ni a vivir de ciclos de euforia y desencanto. Nuestro país tiene talento, recursos y ubicación estratégica, pero seguimos atados a un marco económico que premia la tramitología, castiga la inversión y produce un crecimiento insuficiente para sacar de la pobreza a millones de compatriotas. Esta columna es una invitación a cambiar el chip: pasar del pesimismo y la consigna fácil a un proyecto serio de prosperidad para la inmensa mayoría.

Cuando uno mira la historia económica reciente, encuentra rutas probadas. Irlanda se transformó apostando por estabilidad macro, impuestos competitivos, educación y apertura al capital global; Vietnam dio un salto con Doi Moi al combinar propiedad privada, inserción exportadora y disciplina fiscal; Corea del Sur edificó un Estado competente que impulsó infraestructura y capital humano, sin asfixiar la iniciativa empresarial. No son copias para calcar, pero sí lecciones que dialogan con los mejores argumentos académicos: Douglass North sobre instituciones que reducen la incertidumbre; Paul Romer y el crecimiento impulsado por ideas; Dani Rodrik y la importancia de una estrategia productiva que aprenda haciendo; Hernando de Soto y la formalización de la propiedad para dinamizar el crédito y la inversión.

¿De qué hablo cuando hablo de reformar la economía? Propongo cinco frentes, con metas verificables y un liderazgo que dé ejemplo.

1) Un pacto de estabilidad y reglas claras: La confianza es un activo productivo. Necesitamos una regla fiscal creíble y contra cíclica, respeto estricto a la independencia del Banco de la República y seguridad jurídica para contratos, concesiones y licencias. La inversión, nacional y extranjera, no florece donde las reglas cambian cada semestre. El liderazgo que necesitamos es austero, predecible y enemigo del atajo. Un gobierno que dice poco, cumple mucho y rinde cuentas con datos.

2) Una reforma tributaria procrecimiento: Nuestro sistema actual es complejo, lleno de parches y castiga a quien produce. Hay que simplificar, ampliar base, reducir tasas efectivas a la empresa que invierte, innova y exporta, y desmontar exenciones que no crean valor. Menos laberinto y más neutralidad. La evidencia muestra que países que bajan la cuña tributaria al trabajo formal y a la inversión logran mayor productividad y empleo. El líder que haga esto debe tener carácter para decir que “lo bueno cuesta” y que la formalidad no se decreta: se hace rentable.

3) Un shock de productividad: infraestructura, competencia e innovación: La mitad de nuestras brechas está en logística, justicia lenta y monopolios de facto. Propongo acelerar 4G y 5G, puertos y trenes de carga, una ventanilla única radical (plazos perentorios, silencio administrativo positivo real), portabilidad de permisos y evaluación ex post para regular mejor. En innovación, tres apuestas: i) compras públicas que traccionen soluciones locales; ii) encadenamientos productivos con pymes alrededor de sectores con potencial exportador; iii) un fondo de coinversión con capital privado para escalar innovación aplicada. Romer lo dijo: el crecimiento viene de ideas que se difunden; nuestro Estado debe ser catalizador, no dueño de las ideas.

4) Trabajo digno y capital humano para el siglo XXI: Necesitamos una verdadera “alianza por la formación dual”: empresas, SENA, universidades y colegios técnicos alineados con la demanda real. Certificación de competencias, microcredenciales y actualización permanente. Menos papel sellado y más habilidades demostrables. En lo laboral, reducir costos no salariales de la formalidad, combatir la informalidad con inspección inteligente y abrir espacio a la flexibilidad pactada con protección. No se trata de precarizar, sino de incluir. Corea y Alemania enseñan que la educación técnica bien diseñada paga dividendos sociales masivos.

5) Libertad económica con responsabilidad y una agenda exportadora: Colombia debe dejar de vender principalmente materias primas y turismo sin encadenamientos. Tenemos oportunidades en agroindustria sofisticada, química básica, BPO y servicios profesionales, software, energías limpias y minería responsable de minerales estratégicos. Para ello, respeto a la propiedad, licencia social basada en hechos y beneficios tangibles a las comunidades. Costa Rica atrajo inversión de alto valor con estabilidad, talento e instituciones serias; República Dominicana escaló sus zonas francas modernizándolas; Panamá aprovechó su posición logística. Nosotros podemos ser el hub de nearshoring de la región andina si hacemos la tarea.

Todo esto exige un tipo particular de liderazgo y de gobierno. No un caudillo tuitero, sino un jefe de Estado con carácter, que entienda que la economía es un sistema de confianza y expectativas. Un líder que escuche al empresario sin arrodillarse, que respete al sindicalista sin convertirlo en notario del empleo, y que dialogue con la academia para guiarse por evidencia y no por consignas. Un gabinete de ejecutores, no de opinadores: metas trimestrales, tableros públicos, correcciones en ruta. Un Presidente que ponga el ejemplo de sobriedad: menos espectáculo, más gerencia; menos retórica, más proyectos licitados, financiados y entregados a tiempo.

Necesitamos también recuperar la cultura del mérito. Sin mérito, la política pública se degrada en contratos y favores. Con mérito, el Estado selecciona a los mejores, digitaliza procesos, cobra bien los impuestos, castiga al contrabandista y garantiza justicia oportuna. La competencia bien regulada es el motor de precios bajos y calidad alta. La innovación florece cuando hay libertad para intentar, quebrarse y volver a empezar.

Algunos dirán que esto es “neoliberalismo” o “desarrollismo” y desempolvarán rótulos para disimular la falta de resultados. Yo propongo pragmatismo: lo que funcione, con evidencia, transparencia y evaluación. Si una política no produce bienestar medible, se ajusta o se elimina. Así crecieron los países que hoy admiramos: combinando apertura con política industrial inteligente, estabilidad con inversión social focalizada, y, sobre todo, instituciones que se ganan la confianza todos los días.

Colombia debe salir del tercer mundo mental antes que del estadístico. Dejar la demagogia que promete todo y cumple nada y abrazar una ética de la verdad: crecer requiere orden, trabajo y confianza. No hay atajos. Pero hay camino. Con reglas claras, impuestos sensatos, infraestructura moderna, educación pertinente y libertad económica responsable, podemos duplicar la tasa de crecimiento potencial, formalizar empleo y multiplicar oportunidades. Ese es el verdadero progresismo: que un joven de Apartadó o de Pasto pueda, con su esfuerzo, llegar tan lejos como su talento lo permita.

Esta es una convocatoria a construir mayoría por el crecimiento. A los empresarios, a invertir y competir; a los trabajadores, a formarse y exigir formalidad; al Estado, a servir con excelencia; a la academia, a iluminar con evidencia; y a la política, a dejar de pelear por símbolos y ponerse a trabajar por resultados. País que se toma en serio, progresa. Hagámoslo posible. Aquí y ahora.

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