sábado, enero 31, 2026
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(OPINIÓN) Una carta abierta a quienes hoy quieren gobernar Colombia. Por: Laura Mejía

Esta no es una carta para pedir favores ni para exigir promesas. Tampoco para dar instrucciones. Es, más bien, una conversación pendiente. De esas que rara vez se tienen en campaña, pero que dicen mucho sobre lo que viene después.

También es una carta escrita desde el reconocimiento. Porque no es menor decidir exponerse, recorrer el país, poner el nombre, la historia personal y la vida familiar en el centro de una discusión pública dura, exigente y muchas veces ingrata. En un país como Colombia, querer gobernar no es una decisión cómoda. Y eso, de entrada, merece respeto. Por supuesto, ese respeto del que hablo es para quienes asumen ese camino con responsabilidad y con respeto por los demás.

Candidatos: Colombia no está buscando héroes. Tampoco discursos perfectos. Está buscando algo mucho más escaso, personas que se tomen en serio el peso de gobernar un país diverso, complejo y profundamente desconfiado, pero también lleno de capacidades, de talento y de gente que todos los días hace lo que le corresponde sin reconocimiento alguno. Personas que entiendan que el poder no es una extensión del ego ni una oportunidad para saldar cuentas, sino una responsabilidad frente a millones de realidades distintas.

Hay algo que casi nadie les dice, pero muchos piensan: el problema de este país no es de ideologías. Colombia ha tenido gobiernos de todos los colores y, aun así, ha logrado avanzar y resistir. Lo que de verdad marca la diferencia, para bien y para mal, es la ética, la decencia y la manera como se ejerce el poder. No es pensar distinto lo que nos divide, es olvidar que gobernar implica construir con otros desde la decencia y la tolerancia.

Colombia no es un negocio, ni una marca, ni un tablero donde se gana humillando al otro. Colombia es gente real, con miedos reales, con diferencias legítimas, pero también con una enorme capacidad de trabajo, de solidaridad y de reconstrucción. Es un país que ha aprendido a levantarse una y otra vez, muchas veces sin ayuda y sin aplausos.

También hay una verdad que vale la pena mirar con cuidado: gobernar contra la gente nunca ha dado buenos resultados. No como advertencia, sino como aprendizaje. Dividir puede servir para ganar una elección, pero casi siempre fracasa cuando llega el momento de gobernar. El lenguaje que hoy se usa para sumar votos mañana se convierte en la base de la convivencia, o del conflicto. Y eso no es un detalle menor.

Muchos ciudadanos observan en silencio. No gritan, no se pelean en redes. Pero miran con atención cómo se comportan quienes aspiran a liderar cuando nadie los aplaude: cómo tratan al contradictor, cómo usan la palabra, cómo manejan la verdad cuando no les resulta conveniente. Ese silencio no es apatía; es cuidado. Y también es una forma de confianza que no se entrega a la ligera.

Si hoy son capaces de trabajar en equipo, de coordinarse, de sumar esfuerzos y de sostener proyectos colectivos para una campaña, vale la pena preguntarse si esa lógica termina el día de las elecciones o si están dispuestos a mantenerla cuando llegue el momento de gobernar. Porque Colombia no se gobierna en solitario, ni desde la soberbia, ni creyendo que el poder autoriza a imponer.

Gobernar es escuchar incluso cuando incomoda. Es corregir sin aplastar. Es reconocer errores sin sentir que se pierde autoridad. Es entender que no todo desacuerdo es un ataque y que no toda crítica busca destruir. Es asumir que liderar también implica contener, cuidar y dar ejemplo.

Esta carta no pide perfección. Pide seriedad. Pide coherencia. Pide que se asuma con responsabilidad que estas no son unas elecciones más y que las decisiones que se tomen, antes y después, dejan huellas que no se borran fácilmente.

Ojalá recuerden que el verdadero reto no es ganar, sino estar a la altura después. Porque el país no necesita más promesas grandilocuentes ni más confrontación. Necesita gobernantes capaces de cuidar lo común, respetar la diferencia y entender que el poder, cuando se ejerce bien, no es vanidad, sino construcción colectiva.

Colombia tiene mucho por construir y mucho por sostener en el tiempo. Y quienes hoy deciden dar esta batalla tienen la oportunidad, y la responsabilidad, de hacerlo con ética, con decencia y con respeto por una ciudadanía que, incluso en medio del cansancio, sigue creyendo que este país vale la pena.

A quienes han asumido esta tarea con seriedad y buenas intenciones; a quienes han dado debates y discursos con altura; a quienes han sabido escuchar el llamado de Colombia, va nuestra gratitud. Porque cuando se actúa con valores, incluso en medio de las diferencias, se honra al país y se aporta a una construcción colectiva basada en la confianza y en la convicción de que Colombia es profundamente valiosa.

Entre todos vamos a sacar a Colombia adelante.

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