Auqnue Usted cita la economía política clásica, creo que obvió varios de los principales autores de la economía política clásica, a saber:
Adam Smith: un salario mínimo vinculante es incompatible con su modelo de coordinación espontánea. Smith no desestima ciertas normas morales y legales, pero jamás admitiría precios fijados fuera del equilibrio como lo es un salario mínimo creciendo 23% en un país en donde la porductividad laboral medida ha caído 0.32%.
David Ricardo: un salario mínimo rompe el mecanismo ricardiano de ajuste y genera desempleo permanente (le recomiendo leer Principles of Political Economy and Taxation.
Thomas Malthus: un salario mínimo empeora el resultado de largo plazo en su estructura teórica (le recomiendo leer Essay on the Principle of Population).
Jean Baptiste Say: en su modelo un salario mínimo crea excedente de trabajo → desempleo; ¿se acuerda de la Ley de Say? (le recomiendo leer Traité d’économie politique).
John Stuart Mill: aunque abre la puerta a intervención redistributiva, nunca a un salario mínimo como precio fijado; aboga más bien por la educación, cooperativas, y reformas institucionales ( le recomiendo leer Principles of Political Economy).
Es decir, la economía política clásica científica (que como Usted dice no es de neoliberales) no es solo Marx. Pero de pronto conviene más abordar lo que Ud pregona de Keynes.
Sea lo primero indicar que en The General Theory, Keynes reconoce rigidez nominal de precios, pero elevar el salario real requiere deflación de precios o coerción directa (estilo Chavez). ¿Por qué?
Porque resulta que en equilibrio competitivo, el salario real está anclado a la productividad marginal del trabajo; mover el nominal exógenamente no es una política de salario real, es más bien una negación de la realidad. Es como decretar el caudal del Río Magdalena por decreto.
No en vano esa política keynesiana que Usted, Sr Presidente, invoca ha sido destrozada por avances teóricos posteriores a lo que Keynes supuestamente indicó en su momento. Veamos:
En equilibrio general (Walras), el salario real es un precio relativo que coordina simultáneamente mercados de trabajo, bienes y capital. Forzarlo al alza sin cambios en productividad rompe las condiciones de optimalidad (FOCs) del sistema y genera desequilibrios intermercado, no mayor empleo agregado.
Con la revolución de las expectativas racionales (Muth–Lucas), los agentes anticipan que salarios reales artificialmente altos no son sostenibles → las empresas se anticipan y ajustan sus niveles de contratación (es más, Bob Lucas probó que los hogares descuentan impuestos futuros o inflación a tal punto que el supuesto multiplicador keynesiano colapsa fuera del corto plazo no anticipado).
En modelos dinámicos de inconsistencia intertemporal y desempleo involuntario endógeno un salario real por encima del equilibrio implica que la restricción relevante es del lado de la demanda de trabajo por parte de las empresas, no de la oferta → desempleo resultante no es una falla del mercado, sino la consecuencia directa de un precio mal fijado (en suma, su modelo keynesiano Sr. Presidente Petro trata el síntoma como si fuera la causa; un médico no se puede equivocar en ello).
En modelos de Real Business Cycles el salario real es resultado, no instrumento. Estos modelos, totalmente microfundamentados y con equilibrio general dinámico demuestran que el salario real es un resultado endógeno del estado tecnológico y del capital en la economía → elevarlo por decreto sin aumentar productividad reduce acumulación, inversión y empleo (por ende, el remedio keynesiano que Usted invoca Sr. Presidente, termina siendo peor que la enfermedad).
En equilibrio general con expectativas racionales, el salario real no puede ser usado como palanca de demanda sin destruir las condiciones que lo hacen sostenible. Pero no lo quiero agobiar con tanta teoría clásica o reciente Sr. Presidente Petro. Prefiero más bien ir al debate empírico.
Comencemos con el ejemplo clásico que tantos (sobretodo sindicatos) acostumbran invocar: el famoso artículo David Card y Alan B. Krueger (1994): Minimum Wages and Employment: A Case Study of the Fast-Food Industry in New Jersey and Pennsylvania. The American Economic Review, 84(4), 772–793.
Este paper ha sido fundamental para cuestionar la visión tradicional basada en modelos neoclásicos de competencia perfecta, descartando aumentos en el desempleo como resultado de aumentos en el salario mínimo, se le han encontrado varias falencias:
Claro, los autores encontraron que ante la suba en el salario mínimo en New Jersey no hubo una disminución significativa en los niveles de empleo en el sector de comida rápida en dicha región de Estados Unidos. Empero, lo cierto es que sus resultados se dieron en un contexto muy particular de alta formalidad y productividad, es decir, en un entorno en donde fijar un salario mínimo poco incide e importa en las dinámicas del mercado laboral (como ponerle un precio mínimo a un bombón en la puerta de una escuela).
Es más, muchos economistas concluyen que los resultados del estudio no son generalizables por las siguientes razones: La muestra geográfica es muy estrecha. El tamaño del cambio en el salario mínimo que el estudio abarcó fue relativamente modesto (¡nunca un 23%!).
El mercado laboral de las comidas rápidas puede operar con características no competitivas (i.e. ser un monopsonio local), lo que puede hacer que los resultados no se apliquen a industrias verdaderamente competitivas en la contratación. La industria de comidas rápidas en New Jersey no es necesariamente representativa de sectores más intensivos en mano de obra no calificada (como las flores o las confecciones en. Colombia).
Neumark y Wascher (2000) probaron que utilizar encuestas telefónicas para recolectar datos sobre empleo y salarios (como lo hicieron Card y Krueger), en lugar de datos administrativos más precisos, puede introducir errores de medición significativos, como respuestas inexactas o mal entendidas por los gerentes entrevistados, falta de verificación de los datos auto-reportados e inconsistencia entre encuestas pre y post-cambio en el salario mínimo.
Es más, estos autores analizaron nuevamente los datos de Card y Krueger utilizando registros administrativos de nómina (“payroll data”) en lugar de encuestas telefónicas → encontraron que el aumento del salario mínimo sí tuvo efectos negativos sobre el empleo, en contraste con los hallazgos originales.
Sr Presidente Gustavo Petro, disculpe haberme metido al debate, pero resulta apasionante. Solo una sugerencia respetuosa:
El problema de las clases obreras no es el salario mínimo, ni los pagos por horas extras y mucho menos la extensión de la jornada laboral, sino el pago de su salario y el ahorro de sus pensiones en papel moneda, derritiendo su energía económica día a día.
Lo cierto es que en contextos de alta informalidad laboral, crecimientos económicos anémicos, baja productividad y evidente rezago ante las disrupciones tecnológicas que estremecen todos los días los mercados mundiales, este tipo de medidas – por bonitas que suenen – son trampas retóricas que, cada vez que se materializan, levantan barreras que truncan la verdadera formalización laboral, el desarrollo económico y la reducción de la pobreza.
Algo que, intuyo, al final del día poco interesa a los que arengan por subas en el salario mínimo y mayores rigideces en el mercado de trabajo.
¿Sabe cuál es el problema Sr. Presidente?
En enero 1 de 2025 el salario mínimo en dólares era de USD $323. El 1 de enero de 2026 será de USD $541. Si esto fuera algo de equilibrio la productividad marginal del trabajo debió aumentar este año 67%. Lo cierto es que cayó 0.32% ¿Qué economía aguanta esto?
¡Gracias por abrir el espacio al debate académico!



