Me parece que sólo en la política es que uno puede escupir en la cara al oponente o recibir el agravio y si, posteriormente, las necesidades del servicio así lo piden, darse la mano, deshacerse en elogios, aliarse, hermanarse y/o –en varios casos- hasta emparentarse. Sólo en la política.
En cambio, en la vida ordinaria, en las rutinas diarias o en el cotidiano trasegar de los hombres de a pie, las peleas, los insultos, las agresiones y las afrentas suelen transformarse en eternas malquerencias, en permanentes enemistades, en imposibles reconciliaciones, así se rompan lazos familiares por siempre, o se acaben empresas indestructibles, o se conviertan en verdaderas pesadillas aquellos maravillosos sueños construidos durante años. “Y ese orgullo, a ti te va a matar…”, cantaba el juglar.
El próximo martes tendremos la irrepetible oportunidad de apreciar un notable ejemplo de lo descrito en el primer párrafo: Gustavo Petro irá a la Oficina Oval en Washington y se estrechará la mano con Donald Trump en tanto lo saluda en su vetusto inglés y se hace el que le entiende el inmediato comentario que seguramente habrá mientras el intérprete le traduce casi en tiempo real. Y ahí, ¡que Dios nos coja confesados!
Ojalá no se le zafe la cadena a ninguno de estos dos. Ojalá se comporten. Ojalá estén a la altura, a la altura de sus naciones, de a quienes representan, no a la de ellos. Ojalá no se provoquen, y si se provocan se hagan los gringos, y si se hacen los gringos se sonrían, y si se sonríen se entiendan, y si se entienden acuerden algo, y si acuerdan algo lo firmen, y si lo firman lo anuncien, y si lo anuncian no se provoquen, y si se provocan entonces otra vez la letanía, y así sucesivamente hasta que se agote el tiempo antes que ellos y se despidan en cualquier idioma y se vaya cada uno a hacer lo suyo; ojalá que el de allá no salga a elevar aranceles ni el de acá a incitar sublevaciones, ojalá simplemente no piensen en ellos, sólo en ellos, ojalá sólo se les acabe la mirada constante, la palabra precisa, la sonrisa perfecta. Ojalá pase algo, dijo el poeta. Ojalá antes del apocalipsis, digo yo.
Yo tengo angustia, lo confieso. Es que no confío ni en el uno ni en el otro, exactamente no confío en su volatilidad, en su mesianismo, en su adanismo justificado en ayudar a los desvalidos, en cuidar a sus conciudadanos, en proteger sus economías, en salvaguardar a sus soldados.
Tampoco confío en sus entornos porque en ellos militan azuzadores profesionales que siempre buscan el caos para luego surgir como mágicos salvadores de los acaboses que estos cortesanos y sus reyecitos han creado en un abrir y cerrar de ojos, y que a sus países a veces les toma generaciones enteras resolver o superar.
Lo que pasa es que no los mueve la magnanimidad, ni el altruismo, ni la solidaridad, ni el amor al prójimo ni nada de esas cosas. Eso en política no se usa. O bueno, se usa de palabra, pero no se practica de hecho. Sí, no todos, yo sé que no todos los políticos son así. Me refiero a todos los otros.
A Trump lo mueve una todavía pequeña aunque ascendente necesidad, por cierto, electoral: sus votantes comienzan a abandonarlo porque –entre otras razones– no aguantan ver y muchos padecer la violencia oficial de ICE, y tampoco comulgan con su expansionismo sin límite ni con ese marcadísimo tono comercial con el que gobierna, como si estuviera protagonizando –en vivo y en directo– un eterno capítulo de cuatro años de El Aprendiz, yéndose al extremo antes de cada negociación para luego transar por menos, pero siempre transar y reducir todo a una elemental obtención de utilidades, transar al fin y al cabo.
A Petro lo mueve otra necesidad, por cierto, también electoral: en cinco semanas será la elección del nuevo Congreso, y en cuatro meses, la presidencial. Ya, no es más la motivación.
Y henos aquí, expectantes a más no poder, pegados del techo, con el corazón en la mano rogando para que esa reunión no se salga de madres, no se convierta en el fin de un principio y no en el principio del fin, como fue su original intención, el fin de una absurda pelea que originó toda serie de insultos y agravios mutuos y que luego, de forma milagrosa, se convirtió en una bilateral declaración de afectos, de explicaciones no pedidas sobre acusaciones manifiestas, de “genocida” a “presidente”, de “fabricante de coca” a “es un honor”. Al fin y al cabo, pura política.
Como lo expliqué en el primer párrafo.





