Hace meses escribí un texto, parodiando a López Michelsen sobre la candidatura del presidente Virgilio Barco, en el que señalaba que “si no era uribista el candidato en 2026, entonces, ¿quién?”.
Pues bien, ya se perfila el lote de punta y, necesariamente, los candidatos que se confrontarán en primera vuelta serán uribistas. Provienen del espectro ideológico del liberalismo clásico: el de la libertad, la iniciativa privada, la inversión responsable; en fin, el que ha producido la riqueza en el mundo.
En el escrito anterior señalaba a Abelardo De la Espriella y a Juan Carlos Pinzón. Hoy, con la consulta de la derecha en marzo, entra en escena la candidata del Centro Democrático, Paloma Valencia, en hombros del mayor elector de Colombia.
En medio del reacomodo político que vive el país, comienzan a perfilarse estas candidaturas, que obligan a decidir no solo entre nombres, sino entre modelos de liderazgo y visiones de Estado. Entre Abelardo de la Espriella, Paloma Valencia y Juan Carlos Pinzón, las diferencias no son menores: marcan líneas claras sobre el rumbo que podría tomar una Nación hastiada de navegar a la deriva en este gobierno.
Juan Carlos Pinzón representa una figura con experiencia administrativa; sin embargo, su trayectoria está profundamente ligada al proyecto político de Juan Manuel Santos y a esa “rosquita bogotana, meliflua, de tapetes rojos, de la santista Fundación Buen Gobierno”, un gobierno cuya impronta aún genera fuertes cuestionamientos en amplios sectores de la opinión pública. Su cercanía con el santismo lo asocia a decisiones que debilitaron la seguridad, fragmentaron el consenso nacional y apostaron por un modelo que muchos colombianos consideran distante de las realidades del territorio.
Para quienes buscan un quiebre claro con ese legado, Pinzón difícilmente puede encarnar el cambio. Así lo ha entendido la opinión pública nacional, al señalar la pesada carga santista que arrastra y que, aun con su nueva pose de “uribista converso”, no ha logrado ocultar su condición de colaborador de primera línea del que muchos consideran el presidente más despreciable de la historia republicana de Colombia, así como de sus nefastas políticas, responsables del estado de cosas en que nos encontramos hoy.
Paloma Valencia tiene coherencia ideológica, pero carece de apertura regional. Ha sido una voz firme dentro del uribismo y una defensora consistente de principios conservadores; sin embargo, su resistencia a la autonomía regional plantea un límite importante en un país marcado por profundas desigualdades territoriales. Es una militante férrea del antiautonomismo, al punto de demandar el Acto Legislativo número 3 de 2024, que ordena transferir a las regiones recursos crecientes, del 23 % de las rentas del Estado, como hoy, al 39 % en un período de doce años.
Igualmente, fue corresponsable del hundimiento en el Congreso del referendo fiscal del gobernador Andrés Julián Rendón, que proponía una reforma más audaz y rápida para transformar la realidad de los territorios de Colombia.
En un país que exige soluciones diferenciadas para sus regiones, insistir en un enfoque excesivamente centralista puede convertirse en un obstáculo para el desarrollo local, la gobernabilidad, el crecimiento económico y la lucha contra la pobreza.
Abelardo De la Espriella expele liderazgo, capacidad gerencial, recursividad, uribismo y una clara visión de país desde las regiones. Ha señalado que el Departamento Nacional de Planeación será también el de la Descentralización y la Autonomía Fiscal Territorial. Frente a las principales preocupaciones de los colombianos corrupción, guerrillas, inseguridad, impuestos altos y un Estado burocrático y derrochador, posee la sólida carga doctrinaria del uribismo, demostrada exitosamente en los dos gobiernos del presidente Uribe para enfrentar y superar estos problemas.
Además, ha manifestado que, en el ejercicio de su gobierno, se acompañará del Gran Colombiano para recorrer el país, retomando la otra arista del uribismo: el diálogo popular. Al adicionar una nueva agenda de compromiso descentralizador, se aparta de los lugares comunes de las campañas tradicionales y conecta con los votantes cotidianos que pueden marcar la diferencia.
Presenta planteamientos novedosos que interpretan sus realidades y potencian a esta Colombia desde las regiones, otorgando verdadera autonomía a departamentos y municipios. Frente a estos contrastes, Abelardo De la Espriella se consolida como la alternativa más completa y coherente. Su propuesta recoge lo mejor del uribismo de primera línea: seguridad democrática, fortalecimiento institucional, respeto por la legalidad y promoción decidida de la iniciativa privada.
Pero va más allá: comprende que el verdadero desarrollo nacional pasa por empoderar a las regiones, fortalecer su autonomía y permitir que los territorios construyan soluciones desde sus propias realidades. A diferencia de otros precandidatos, Abelardo De la Espriella logra unir firmeza ideológica con visión estratégica. No arrastra las contradicciones del santismo ni se queda corto frente a las demandas regionales.
Su discurso no es ambiguo ni acomodaticio: es claro, directo y alineado con una idea de país que privilegia el orden, la productividad y la descentralización responsable. En un momento crítico para Colombia, cuando la inseguridad, la desconfianza institucional y la falta de liderazgo efectivo golpean al país, la comparación resulta inevitable. Pinzón simboliza una continuidad cuestionada: el petrosantismo camuflado.
Paloma Valencia representa una postura firme, pero limitada. Abelardo De la Espriella, en cambio, encarna una síntesis sólida entre autoridad, visión territorial y coherencia política. Más que una candidatura, De la Espriella representa una propuesta clara de rumbo. Y en política, cuando el país exige definiciones, esa claridad marca la diferencia.




