En el ADN del colombiano habita un huésped silencioso pero omnipresente: “el pesar”. No se trata simplemente de una tristeza pasajera por la desdicha ajena, sino de una estructura cultural profunda donde la lástima se confunde con la virtud.
Esta forma específica de empatía, que a menudo raya en un paternalismo sofocante, hunde sus raíces en una herencia judeocristiana que elevó la misericordia a mandato moral. Hemos crecido bajo el imperativo de ver en el otro a un «pobrecito» que merece redención, transformando la conexión humana en un acto de condescendencia que, aunque nace de una intención bondadosa, termina por despojar al otro de su fuerza.
Esta sensibilidad colectiva no es gratuita; es el resultado de décadas de navegar entre la desigualdad y el conflicto. Al haber convivido con la escasez y la injusticia, el colombiano promedio ha desarrollado un radar inmediato para el dolor ajeno. Sin embargo, este «pegamento social» que activa la ayuda mutua tiene un reverso oscuro: la incapacidad de ser firmes.
Nos cuesta decir «no» y preferimos el rodeo o la promesa incumplida antes de herir los sentimientos de alguien. En ese afán por no dejar al otro con la sensación de abandono, terminamos atrapados en una cortesía que nubla la verdad y posterga soluciones reales.
Lo más revelador ocurre cuando confrontamos este sentimiento con la realidad individual. Al preguntar a quienes manifiestan a pesar de otros si les gustaría que sintieran lo mismo por ellos, la respuesta es un «no» rotundo. Nadie quiere ser el objeto de la lástima ajena, porque instintivamente sabemos que el pesar invalida.
Existe una línea delgada y peligrosa entre la empatía que dignifica y el pesar que limita; Mientras la primera reconoce al otro como un igual, la segunda lo reduce a una víctima eterna, negándole su agencia y su capacidad de ser el arquitecto de su propio destino.
Esta dinámica alimenta lo que podríamos llamar el «pobrecismo», una narrativa peligrosamente funcional que necesita minimizar al individuo para poder administrarlo. ¿Quién decidió, por ejemplo, que un campesino debe ser llamado «humilde» o un tierno «sencillo»? Estas etiquetas no son homenajes, son jaulas retóricas. Al adjetivar la pobreza como una condición de sumisión, silencio o conformismo, estamos creando una categoría política manejable. El discurso suena dulce al oído, pero su objetivo es mantener a la gente reducida a una estadística que no incomode, que no discuta y que no se rebele contra el guion establecido.
Llamar a alguien «gente buena» porque no molestar es una forma de domesticación social. El pobrecismo necesita que el ciudadano sea pequeño y obediente para poder hablar en su nombre. Pero la realidad es mucho más vibrante y desafiante: por ejemplo, hay campesinos con una visión de poder, tiernos que son titanes de la empresa privada y trabajadores que no piden ser representados desde una tarima. Lo que estos ciudadanos necesitan no es el suspiro lastimero de la sociedad ni el subsidio que los encadena, sino un entorno que les permita avanzar, invertir, competir y prosperar bajo su propio mérito.
Debemos entender que no hay nada que expropie la dignidad ajena con más rapidez que la lástima disfrazada de justicia social. Cuando el Estado o la sociedad convierten la carencia en una identidad inamovible, están robando el futuro de quienes pretenden ayudar. Si eres autosuficiente y altivo, si eres capaz y ambicioso, deja de ser útil para quienes lucran con la narrativa de la víctima. El «qué pesar» se convierte entonces en un grillete que impide ver que la verdadera compasión no consiste en dar una palmadita en la espalda, sino en abrir las puertas para que nadie tenga que depender de la caridad de los demás.
Hagamos un alto en el camino y cambiar la lente con el que nos miramos. El llamado a la acción es claro: debemos transitar de la cultura del pesar a la cultura del reconocimiento y la autonomía. Necesitamos dejar de romantizar la precariedad y empezar a exigir condiciones que fomenten la grandeza individual. No más «pobrecitos»; Necesitamos ciudadanos empoderados que no requieran que nadie les dé permiso para triunfar. Que nuestro pegamento social sea el respeto mutuo por el potencial del otro, y no la lástima que, bajo el velo de la bondad, solo perpetúa la vulnerabilidad.





