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martes, mayo 14, 2024
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(ESPECIAL) «El Uribe que yo conozco»: Capítulo 17, por Jens Mesa Dishington

IFMNOTICIAS.COM publica con autorización el capítulo 17 del libro «El Uribe que yo conozco», una obra de compilación de la senadora Paola Holguín y del representante Juan Espinal, en el que se presentan diferentes testimonios sobre la vida e historia del expresidente de Colombia Álvaro Uribe Vélez.

Los 29 capítulos de esta obra fueron escritos por diferentes personalidades de la vida pública nacional e internacional que conocen al expresidente Uribe. En él, usted puede encontrar anécdotas, historias, relatos y episodios inéditos.

En esta entrega del libro «El Uribe que yo conozco», usted podrá leer el capítulo 17 titulado «El patriota», escrito por el presidente de Fedepalma Jens Mesa Dishington. A continuación, se transcribe el texto mencionado:

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EL PATRIOTA

Por: Jens Mesa Dishington, Presidente de Fedepalma.

En el Álvaro Uribe Vélez que conozco conviven el político de energía volcánica y el hombre de familia amoroso y, entre esos puntos de la balanza, el hombre que cultiva un repertorio vibrante de características singulares. En el ejercicio de mi tarea de dirigente gremial y en las oportunidades en que he tenido un trato cercano con él, he comprobado que el presidente Uribe es como un árbol robusto cuyo ramaje lo expande y lo fortalece.

Desde el nacimiento de Fedepalma, en 1962, la entidad estuvo enfocada en apoyar la producción de aceite de palma para usos alimenticios y para algunos otros usos alternativos; pero al llegar el doctor Uribe a la Presidencia de la República, en 2002, nos sorprendió con su propuesta ecológica de incursionar también en los biocombustibles: la producción de etanol y de biodiésel, para mezclarlos con gasolina y ACPM o combustible diésel, respectivamente.

Durante un par de años, nuestro gremio debatió el asunto, contrató estudios, visitó los países del sudeste asiático más avanzados en el cultivo de palma africana (Indonesia y Malasia), y otros lugares, para conocer la realidad del biodiésel, y concluyó que era conveniente acompañar al gobierno en su propuesta. Con nuestra participación se tramitó la Ley 939 de 2004, marco institucional para operar el negocio de los biocombustibles.

En 2006, el presidente Uribe asistió en Villavicencio a la trigésima cuarta Asamblea General de Afiliados de Fedepalma, y nos invitó a formular planteamientos de política pública que sirvieron de base para la aprobación, en 2007, del Documento Conpes “Estrategias para el desarrollo competitivo del sector palmero colombiano”. Como resultado, se incrementó el área cultivada, se multiplicaron las plantas de extracción de aceite, creció la vinculación de cultivadores asociados, se generó mayor empleo en la ruralidad y aumentaron las utilidades del negocio. El programa de la mezcla fijó para 2010 un diez por ciento de componente de biocombustible, y para 2020 un veinte por ciento. Esa visión de Álvaro Uribe puso en órbita la agroindustria palmera. Sin ella, Colombia no sería hoy un líder mundial en biocombustibles.

Es un hecho indudable que Álvaro Uribe Vélez sentó las bases para la creación de una industria nueva, que en 2019 llevó al sector palmero a producir más de un millón quinientas mil toneladas de aceite de palma en 161 municipios de 21 departamentos; que congrega a unos seis mil productores organizados en unos setenta núcleos palmeros, con 140 alianzas productivas estratégicas y asociaciones con pequeños campesinos, por lo que el negocio es altamente inclusivo, genera alrededor de 185.000 puestos de trabajo, con más de 82% de formalización laboral, en contraste con la informalidad generalizada del campo colombiano, que asciende a 86%. De ahí sus palabras alentadoras en un discurso pronunciado ante el gremio: “Los palmicultores han colonizado unas tierras de la patria para las que no se avizoraban alternativas. Lo que ustedes han hecho con las alianzas productivas de integración entre productores, industriales y campesinos es un gran ejemplo de fraternidad […]. Podría decirse que el dilema es: o resignarnos a ver unas comunidades campesinas en una rastrojera, o desarrollar palma africana. Ustedes le han abierto al país una gran ilusión”.

Con su política visionaria y la seguridad democrática, el presidente Uribe le devolvió la esperanza al campo. Al despuntar el presente siglo, los campesinos vivían aterrorizados y los empresarios rurales obligados a permanecer en las ciudades pues la guerrilla nos extorsionaba, nos secuestraba, y –con sus agresiones– estaba a punto de exterminar el modelo agroindustrial que veníamos desarrollando.

Cuando Uribe inició su primera campaña presidencial, apenas contaba con tres por ciento de opinión favorable, pero su discurso sencillo y focalizado en la médula de las preocupaciones de los colombianos -en temas como la seguridad, la confianza inversionista y la inclusión social–, volteó las expectativas políticas, ganó la Presidencia y nos liberó.

Gracias a su gestión, pequeños y medianos productores se convirtieron en empresarios del campo. En las zonas más violentas –el Catatumbo, por ejemplo– se introdujo la sustitución de cultivos; y allí la palma de aceite fue redentora. Ayudó a ello la proverbial persistencia del doctor Uribe para impulsar la ejecución de sus decisiones y evitar que estas naufraguen en el mar de los discursos, para que arrojen resultados rápidos y eficaces. El presidente Uribe enfrentó los desafíos y conectó al país con el sector rural, al cual se refería con una propiedad sin precedentes en un mandatario nacional. Estaba genuinamente preocupado por que los problemas se resolvieran de manera definitiva. Porque todas las causas que él emprende revelan su compromiso y marcan su huella.

Nadie, en ningún gobierno, ha hecho tanto por la palmicultura colombiana como Álvaro Uribe. Él es el único presidente de la República que, en cerca de sesenta años de existencia del sector y del gremio, ha recibido la Orden al Mérito Palmero, Categoría Extraordinaria, Grado Oro. Esta es la condecoración destinada a reconocer a quienes hayan prestado servicios de especial importancia a la agroindustria palmera. Por unanimidad, tanto el Consejo de la Orden como la Junta Directiva de la Federación le confirieron este reconocimiento en mayo de 2007.

Frente al sector palmero, al doctor Uribe sólo lo ha guiado el interés patriótico. Ni él –como funcionario público–, ni yo –como presidente del gremio– poseemos una palma. Sólo tenemos las de las manos para trabajar. Este cultivo no figura en la agenda personal del doctor Uribe sino en su agenda nacional.

Estamos ante un hombre íntegro, que lucha por las ideas, valiente, que enfrenta las adversidades con entereza. Y cuando el país sufre dificultades que perturban el ánimo, en su condición de expresidente se mete en el barro para defenderlo. Durante sus dos períodos como presidente, Uribe tuvo el apoyo de líderes latinoamericanos, norteamericanos, europeos y de otras regiones del mundo que reconocieron su talla de estadista y su capacidad de transformar una nación sumida en el caos, el narcotráfico y la guerrilla, en una patria viable, próspera y con la senda despejada para el crecimiento económico y la inversión extranjera. Es lo que hace un estadista, un dirigente: mostrar el camino. Un congresista estadounidense lo compara con Abraham Lincoln, porque Uribe “salvó a la nación”, que era “un Estado fallido”, debió tomar “decisiones muy difíciles” en defensa de la democracia y del libre mercado, y marcó para la posteridad el hecho de que “Colombia era una antes de Uribe y es otra después de Uribe”.

El Uribe que conozco es un hombre leal: con las ideas, el pueblo, ¡el país! Es la persona más leal que conozco, sin términos medios. Es coherente, sobre todo en la política, en donde hoy reina la incoherencia. Y es optimista. Él siempre ve el lado positivo de las cosas.

A lo largo de varios años he tenido con Álvaro Uribe un trato cercano, familiar, por mi esposa y su familia. Lo conozco en lo político y en lo personal, y admiro su lucha permanente – es un luchador nato– para que Colombia no pierda el rumbo democrático, así como su resistencia a las acusaciones de sus enemigos –todas contrarias a la rectitud de sus actos–, las cuales parecen obedecer a una agenda internacional bien orquestada.

Admiro igualmente la cordialidad con la que trata a la gente humilde -¡a todo el mundo!-, su buen humor, cargado de anécdotas, poemas, música y adagios; su sencillez campechana –es un hombre exento de pompas, ajeno al aire aristocrático que suelen darse los presidentes-, y el amor por su familia y por el campo. Se dice que cada colombiano tiene una finca en el corazón, y de él habría que decir que alberga la ruralidad toda del país en su corazón grande. Su lenguaje es franco para dirigirse a gente sencilla o a eminencias, como buen prototipo del antioqueño ancestral, e inclusive arquetipo de los colombianos más auténticos.

Uribe es un verdadero líder. Ha guiado al país por el camino de la democracia y la libertad, y es un muro de contención contra las amenazas internas y externas. Es también un demócrata cabal, aunque sus enemigos políticos –que ya se atreven inclusive a decretarle la muerte en pancartas públicas– no se lo reconozcan, ya que su carácter firme los ofusca.

Un buen líder nunca se cansa. Y Uribe no va a cansarse ni a retirarse. Es excepcionalmente inteligente, un organizador talentoso dotado de excelente memoria, está bien informado, es sensible hasta sus “huesitos”, y le obsesiona la idea de promover nuevas generaciones de políticos honestos.

En este punto llegamos a la cima de sus virtudes, donde ondea la bandera que en letras gruesas dice: Patriota. A esta palabra han tratado de desvalorizarla desde otros flancos, pero Álvaro Uribe le devuelve el significado más profundo: “Persona que tiene amor a su patria y procura todo su bien”. Uribe ha dedicado su vida a defender a Colombia, y sigue agitando esta bandera. Ya ha salvado al país del caos, ya lo sacó del estigma de ser “inviable”. A este Uribe patriota me suscribo. Porque es el mejor Uribe que yo conozco.

Fin del capítulo.

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