Por: Jorge Zapata
Ante la muerte de Beatriz González, quisiera compartir una reflexión sobre su obra, que no deja de generar interrogantes en quienes la admiraron, la discutieron o simplemente no pudieron ignorarla. Su partida cierra una etapa crucial del arte colombiano, pero también abre la oportunidad de revisar con mayor lucidez la dimensión real de su legado.
González no fue una artista tradicional ni complaciente. Rechazó el virtuosismo técnico en favor de una estética deliberadamente torpe, marcada por colores planos, líneas toscas y una apariencia infantil. Este gesto, que para algunos constituye una poderosa crítica a los lenguajes del arte académico, ha sido también motivo de discusión sobre la profundidad formal de su obra.
¿Hasta qué punto la ironía que proponía conseguía sacudir al espectador, y no simplemente provocar una sonrisa amarga?
A lo largo de su carrera, Beatriz González construyó una poética visual que oscilaba entre la sátira política y la denuncia silenciosa. Se convirtió en una especie de cronista plástica del absurdo colombiano, de esa violencia enquistada en lo cotidiano. Su obra «Los suicidas del Sisga», inspirada en una noticia de periódico sobre una pareja que decidió acabar con su vida arrojándose a un embalse, marcó un punto de inflexión en su trayectoria.
Al reinterpretar fotográficamente esta escena íntima y trágica desde una estética popular, González logró representar con crudeza el drama personal dentro del gran relato de lo nacional. No había grandilocuencia ni sentimentalismo: solo la exposición seca y brutal de un gesto convertido en símbolo.

Su uso reiterado de elementos visuales, figuras esquemáticas, composiciones planas, colores estridentes ha sido leído de múltiples maneras: como una forma de subvertir el lenguaje visual hegemónico, o como una fórmula agotada que, con el tiempo, perdió impacto. La pregunta persiste: ¿lograba su estilo amplificar el mensaje o lo limitaba?
Esa tensión es central en su legado. Porque si bien su trabajo abordó temas cruciales como la guerra, el exilio, la corrupción o la banalidad del poder, lo hizo desde una estética que, para algunos, parecía desentenderse del dolor que retrataba. Su obra incomoda porque no busca conmover, sino exponer. No hay un llamado al duelo, sino una invitación a mirar la herida con frialdad. Y esa distancia, que en ciertos contextos se valora como lucidez, en otros se percibe como desconexión emocional.
No obstante, sería injusto reducir su obra a un debate técnico o estilístico. González entendió el arte como una herramienta para revelar las grietas del relato oficial. En sus biombos, camas, mesas y cortinas intervenidas con pintura, se entreteje una crítica mordaz a las instituciones, a los discursos de poder y a una sociedad que ha naturalizado lo inaceptable. Su lenguaje plástico, aunque repetitivo, fue coherente con su visión: lo tosco se volvió signo, lo feo se volvió espejo.
Su rol como investigadora, docente y gestora cultural también enriqueció el panorama artístico nacional. Fue maestra de varias generaciones, y su pensamiento aportó al debate sobre el papel del arte en tiempos de conflicto. En ella convivieron la creadora, la crítica y la archivista de lo no dicho.

Hoy, ante su ausencia, nos queda la tarea de releer su obra con nuevos ojos. De decidir si su legado será recordado como un acto de resistencia estética o como un experimento que, con el tiempo, perdió fuerza.
Lo cierto es que Beatriz González no buscó agradar, sino interpelar. Y en ese gesto hay una valentía que el arte no debería olvidar. Porque, más allá del juicio que se haga sobre su técnica o su estilo, su mayor contribución puede estar en habernos obligado a mirar lo que no queríamos ver.
A reconocer en la torpeza del trazo una forma de denuncia. A entender que, en una nación desgarrada por la violencia, el arte no necesita ser bello para ser profundamente verdadero. Y que tal vez el arte más necesario no es el que consuela, sino el que incomoda.





