domingo, enero 11, 2026
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(OPINIÓN) Petro y Cepeda: dos punzantes espinas clavadas en el corazón de la Patria. Por: Juan José Gómez

Desde el cruel y desastroso intento del comunismo internacional de apoderarse del gobierno de la república ocurrido el 9 de abril de 1948, evitado misericordiosamente por la Divina Providencia y por el sereno valor del presidente de entonces, doctor Mariano Ospina Pérez, nuestro país no había sido víctima de una desgracia tan grande y dañina como ha sido el mal gobierno de Gustavo Petro y la amenaza de una prolongación de ese infortunio marxista, como es la candidatura presidencial de Iván Cepeda.

Todo en Petro es desagradable, grosero, vulgar. Comenzando por su aspecto físico al que le falta mucho para corresponder a la imagen que se espera de quien es presidente de una república importante como la nuestra y, por tanto, es jefe de Estado y de gobierno y mayor autoridad administrativa de la nación. Tal vez eso se deba a su dependencia del licor y del “café”, que, cuando los ha consumido en exceso y tiene la desvergüenza de presentarse en público, luce como uno de esos sujetos callejeros medio zombi que deambulan por las calles de las grandes ciudades.

Como gobernante, Gustavo es un desastre. Es mentiroso, ladino, embaucador, retador y le gusta amenazar. Con su fallida política de “la paz total”, que en lo más candente de su desarrollo llegó al “tarimazo” de La Alpujarra, sumado a sus bandazos en la relación con los terroristas de todos los pelambres, lo más sobresaliente que ha logrado es facilitarle a los bandidos el dominio por lo menos de un 60% del territorio nacional, como también marchitar la moral de combate de nuestro ejército, al que le rebajó el presupuesto y decapitó a su más experto y valeroso grupo de altos oficiales sustituyéndolo por militares con tendencias petristas.

Su política internacional, adelantada sin la asesoría constitucional de los expresidentes y congresistas expertos, ha dado amargos frutos y ha privado a Colombia de los beneficios de sus tradicionales países amigos y colaboradores, como es el caso de Israel. En cuanto a sus relaciones con los Estados Unidos se han caracterizado por los desaciertos cometidos por este mal aprendiz de diplomático, que al parecer sin medir las consecuencias de sus balandronadas, estuvo a punto de costarnos la amistad del presidente Trump y aunque recientemente se vio obligado a “pedirle cacao” al mandatario norteamericano, todavía no podemos decir que las relaciones entre las dos naciones se hayan normalizado, pues falta ver lo que ocurrirá en la reunión que van a tener en el próximo mes de febrero en la Casa Blanca.

Pero es en sus relaciones con los poderes legislativo y judicial donde más se nota el fracaso de Petro. Descontando a los congresistas del Pacto Histórico que le quedan en el Senado y en la Cámara de Representantes y a unos cuantos parlamentarios de ambas corporaciones convertidos en amigos a precio de oro, Gustavo Francisco ha logrado crear un mayoritario grupo de adversarios y enemigos miembros de la representación nacional que no le aprueban ya ni un saludo a la bandera. Y si a las altas cortes nos referimos, no se cansan el presidente Petro y su variopinto equipo ministerial de dictar decretos que no pasan en la revisión o el análisis de la Constitucional o del Consejo de Estado, como tampoco logra el gobierno que la Suprema de Justicia le acepte una modesta invitación a tomar café en la casa de Nariño, quizás porque han oído tantas cosas peligrosas del “café” que se consume en la residencia presidencial, que temen salir de allí con la mente tan embotada que los lleve a gritarle vivas al ministro del interior o al de salud, ese par de ilustres alfiles petristas cuyos nombres recogerá la historia de Colombia como máximos exponentes del mayor y más insoportable cambio del gobierno del cambio.

Ya sé que me falta decir algo del manejo económico de la nación en el petrista gobierno del cambio. Pero es que en este tema es tanta la tela que hay para cortar, que ni siquiera encuentro por donde empezar. ¿Por el derroche del dinero de la nación? ¿Por los enormes gastos de la familia presidencial? ¿Por la rapiña de los sobrevivientes del M-19? ¿Por las enormes cargas impositivas con las cuales Petro y sus muchachos han desestimulado la producción nacional, la oferta exportable y la inversión extranjera? ¿Por el marchitamiento de Ecopetrol? ¿Por la emergencia económica? ¿Por la violación de la Regla Fiscal? ¿Por las nóminas paralelas? ¿Por la creación de ministerios, embajadas y consulados inútiles? Es mejor pasar de largo en este escabroso tema y olvidar, por ahora, a los dignatarios del congreso y ministros encarcelados, los altos funcionarios huidos, y todos esos terribles sucesos que han desacreditado al régimen petrista que como lo dice una picaresca canción que suena por ahí, ofrecía un gobierno del cambio sí, pero cambio de bolsillo del dinero de los colombianos.

Ahora lo peor de todo está por venir. Es la posibilidad de que este desgobierno, este caos administrativo, se prolongue por cuatro años más a partir del 7 de agosto de este 2026, con la posesión de un nuevo presidente comunista que se llama Iván Cepeda Castro.

Se trata de un “zurdo” de alta peligrosidad porque fue formado por sus padres en la doctrina marxista y se educó en países dominados por el comunismo soviético, ubicados al otro lado de la llamada “cortina de hierro”. Cepeda tiene el aspecto de uno de esos pseudointelectuales comunistas que caminaban taciturnos por la Plaza Roja de Moscú en los tiempos de Lenin y de Stalin. Su figura es desaliñada y descuidada, dando la impresión de alguien que tiene una pelea cazada con la higiene y el buen vestir. Dicen que es inteligente y puede que esto sea cierto, pero de serlo el problema se vuelve más agudo, pues su inteligencia posiblemente está condicionada por su ideología y a juzgar por lo poco que ha dicho en su campaña, es un fiel partidario del estatismo, de esos que todo lo subordinan al estado, en los términos en que solía expresarlo Lenin.

Iván, que se sepa, nunca ha sido un ejecutivo ni es autor de una legislación que pueda recordarse como de gran beneficio para lo que él posiblemente denominará el proletariado. Ha vivido del presupuesto nacional, como es costumbre de los dirigentes comunistas, que no gustan de esforzarse en el trabajo productivo porque eso pugna con lo que consideran su inteligencia superior, por lo cual es mucho más cómodo que sean los “fachos” capitalistas los que con sus impuestos sostengan a quienes predican la sociedad igualitaria y la supremacía del estado.

En conclusión, a los colombianos les ha llegado la hora de decidir qué clase de gobierno quieren para ellos y para sus hijos. Por una parte, está la candidatura comunista, la de un hombre que quiere acabar con la propiedad privada, con la autoridad de los padres de familia sobre sus hijos menores, con la libertad para vivir dentro del orden público y con la supremacía de Dios sobre todas las cosas y por la otra parte, está lo que ofrece el candidato de la derecha, el abogado Abelardo De la Espriella, que es el Bien Común, es decir, un gobierno democrático, respetuoso de los derechos del ciudadano, garante de la libertad dentro del orden, generador de empleo, proveedor de servicios calificados de salud y educación y reducidor del tamaño del estado para lograr que sea la iniciativa privada la que empuje la igualdad socioeconómica, en la actualidad tan necesaria para el pueblo colombiano.

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