lunes, enero 19, 2026
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(OPINIÓN) Los valores no pueden convertirse en un lujo y la coherencia no puede ser una rareza. Por: Laura Mejía

Durante mucho tiempo se creyó que los valores eran un asunto privado, casi íntimo, reservado para la educación en casa o para la conciencia individual. Hoy, sin embargo, basta observar el debate público para entender que la ética dejó de ser un punto de encuentro y se convirtió, en muchos casos, en una rareza.

En la Colombia de hoy, hacer las cosas bien empieza a despertar sospecha. Al que actúa con coherencia se le mira con desconfianza. Al que no grita, no manipula ni juega sucio, se le tilda de ingenuo, de débil o de políticamente incorrecto. Como si la rectitud fuera una excepción incómoda en un entorno donde todo parece negociable.

Hemos llegado a un punto preocupante: justificar lo injustificable se volvió costumbre. Dependiendo de quién cometa el error, la falta se minimiza, se relativiza o se esconde detrás de una causa, una ideología o una conveniencia política. La ética dejó de ser un principio y empezó a tratarse como una opinión.

Pero un país no se sostiene sin valores. No hay institución fuerte sin integridad, no hay democracia estable sin confianza, no hay liderazgo legítimo sin coherencia. Cuando la ética se vuelve opcional, lo que se erosiona no es solo la reputación de algunos dirigentes, sino el tejido mismo de la vida.

Por años idealizamos el liderazgo individual: figuras fuertes, carismáticas, capaces de imponer rumbo desde la autoridad personal. Hoy ese modelo está, en buena medida, mandado a recoger. Las sociedades complejas no se transforman con caudillos, sino con liderazgos colectivos. Con equipos capaces de escucharse, de construir acuerdos, de entender que gobernar no es un acto de voluntad personal sino un ejercicio permanente de responsabilidad compartida.

Hoy el país necesita unión. Necesita confianza. Necesita esperanza. No líderes que dividan ni discursos que enfrenten, sino una dirigencia capaz de convocar, de tender puentes, de recuperar la credibilidad perdida. El liderazgo que Colombia requiere no es el que impone, sino el que construye. No el que promete soluciones fáciles, sino el que asume con seriedad la complejidad de gobernar.

Y en ese liderazgo colectivo, los valores no son un adorno retórico. Son la base. La dignidad en los cargos públicos, la transparencia en las decisiones, la responsabilidad en el uso del poder, la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, no pueden depender de la conveniencia del momento.

Pero esta reflexión no se limita a la política. La ética no es un requisito exclusivo de quienes ocupan cargos públicos. También se juega en la empresa, en la academia, en los medios de comunicación, en las relaciones laborales, en la vida cotidiana. En cada decisión pequeña donde se elige entre el atajo y el camino correcto.

La cultura de “todo vale” no solo debilita al Estado, también deforma a la sociedad. Enseña a los jóvenes que el éxito justifica los medios, que la lealtad es opcional, que la honestidad es un lujo que pocos pueden darse. Y cuando una generación crece creyendo que los valores estorban, el futuro se vuelve frágil.

Defender la ética hoy exige valentía. Exige ir contracorriente. Exige aceptar que actuar bien no siempre genera reconocimiento inmediato, que decir la verdad incomoda, que no todos los silencios son prudentes ni todas las lealtades son virtuosas. Pero también es ahí donde se juega la esperanza. En quienes, desde distintos espacios, siguen creyendo que la decencia no es una debilidad sino una fortaleza. En quienes entienden que los cambios duraderos no se construyen desde la trampa sino desde la confianza.

Los valores no pueden convertirse en un lujo reservado para unos pocos. Son una necesidad pública. Un país que renuncia a ellos no solo pierde rumbo, pierde alma.
Y este llamado cobra hoy un sentido particular. El próximo 8 de marzo, Colombia elegirá un nuevo Congreso y participará en la consulta para escoger un solo candidato presidencial. Más adelante vendrán las elecciones presidenciales. No se trata solo de una agenda electoral: se trata de una oportunidad histórica para no volver a equivocarnos.

Elegir es una decisión ética. Es preguntarnos quiénes asumen los valores como lo esencial y no como lo secundario. Quiénes entienden el poder como un servicio y no como un privilegio. Quiénes están dispuestos a construir país desde la dignidad, la coherencia y el respeto.

Quizás ha llegado el momento de recordarlo, con claridad y sin ingenuidad: en medio del ruido, de la polarización y de las urgencias, la ética no es un obstáculo para avanzar. Es, todavía, la única forma seria de construir el país que no hemos dejado de buscar.

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