Llegamos a esa etapa del país en la que amigos y personas cercanas me hacen la misma pregunta: “¿por quién votamos?”
Y lo digo con honestidad: esa pregunta me entra en reversa y me produce un pito en el oído.
Siempre he sido crítica del voto que yo llamo manipulado: el voto por el que “está de moda”, por el que domina la conversación del momento, por el que otros nos dicen que tenemos que apoyar. El voto sin análisis, sin memoria y sin criterio propio.
Y no me malinterpreten. Creo profundamente en el voto como uno de los actos más importantes de la democracia. Pero también creo que votar requiere responsabilidad. Como ciudadanos tenemos el deber, y la obligación ética, de conocer a quienes nos gobiernan. De entender quiénes son, de dónde vienen, qué decisiones han tomado, y cuáles han sido sus verdaderas prioridades.
Hoy más que nunca tengo una convicción clara: no estamos para improvisar.
El peor error que podemos cometer en este momento histórico es la indiferencia. Pensar que “todos son iguales”, que “mi voto no cambia nada” o que “la política no me toca” es una forma silenciosa de renunciar a nuestro rol ciudadano.
Y es importante decirlo con claridad: nos estamos jugando mucho más que una elección. Nos estamos jugando la solidez de la democracia, el respeto por las instituciones y la independencia de los poderes. Nos estamos jugando la libertad de expresión, el derecho a disentir sin miedo y la posibilidad de vivir en un país donde las reglas no cambien según quién gobierne.
Nos estamos jugando la confianza en el Estado, la estabilidad jurídica, el rumbo de la economía y las oportunidades de quienes hoy buscan empleo, emprenden o intentan salir adelante en medio de la incertidumbre. Nos estamos jugando el acceso a educación, a salud, a seguridad y a condiciones mínimas de bienestar para millones de personas.
Pero, sobre todo, nos estamos jugando el país que le vamos a dejar a los niños y a los jóvenes. El país en el que crecerán, estudiarán, trabajarán y decidirán si se quedan o se van. El país donde aprenderán qué significa la democracia no solo en los libros, sino en la vida real.
No basta con simpatías, discursos bonitos o promesas de campaña. Necesitamos memoria, criterio y responsabilidad.
Elegir no es seguir consignas ni repetir lo que otros dicen. Elegir es informarse, cuestionar, contrastar y asumir una postura propia, incluso cuando eso incomoda. Incluso cuando exige ir más allá del titular y del video viral.
Tal vez la pregunta no debería ser “¿por quién votamos?”, sino: ¿somos conscientes de todo lo que nos estamos jugando y estamos dispuestos a asumir esa responsabilidad como ciudadanos?
Necesitamos volver a lo esencial. A una política donde los valores no sean un lujo, donde la responsabilidad no sea opcional y donde el futuro se construya con conciencia, no con improvisación.
Ojo, Colombia: no podemos volver a equivocarnos.




