Lo ocurrido el 3 de enero de 2026 en Venezuela vuelve a poner sobre la mesa una advertencia que América Latina parece empeñada en ignorar: cuando las crisis se prolongan y se vuelven incómodas, reaparecen los viejos fantasmas. La eventual detención de Nicolás Maduro se inscribe plenamente en esa lógica.
Más allá de simpatías o rechazos frente al régimen venezolano, el marco político que sostiene esta posibilidad remite inevitablemente a la Doctrina Monroe, una idea del siglo XIX que nunca abandonó del todo el escenario hemisférico. Cada vez que los problemas de la región desafían la paciencia internacional, la doctrina reaparece como un atajo conceptual: simple, contundente y funcional para justificar decisiones excepcionales.
Hay varios antecedentes de la aplicación de la doctrina Monroe. Trump habló de intervenciones militares previas, mencionando a Soleimani, Al-Baghdadi pero llama la atención que no recordara el ejemplo más parecido a lo acontecido en el amanecer de este recordado día, la operación contra Noriega en Panamá, 1989.
El problema es que la historia demuestra, una y otra vez, que estos atajos rara vez producen los resultados prometidos.
Confirmada la detención del tirano narcotraficante Nicolás Maduro, junto con su esposa, para ser juzgados en los Estados Unidos, las reacciones internacionales han sido inmediatas y previsibles. Rusia denunció una violación flagrante de la soberanía; China reiteró su llamado a la no intervención; Irán habló de una nueva agresión imperial; Cuba y Nicaragua cerraron filas en nombre de la resistencia histórica frente a Washington. El libreto es conocido.
Pero esa solidaridad será, en gran medida, retórica. Vendrán comunicados, declaraciones altisonantes y quizá alguna sesión extraordinaria en foros multilaterales. Difícilmente algo más. Nadie está dispuesto a jugarse demasiado por Venezuela. El respaldo real casi nunca acompaña al discurso ideológico.
En América Latina, el panorama será aún más revelador. Algunos gobiernos condenarán la acción por principios; otros guardarán silencio por conveniencia; unos pocos la celebrarán con cautela. Varios expresidentes ya se han pronunciado. Esta fragmentación regional vuelve a exhibir la debilidad del continente como bloque político y explica por qué decisiones de enorme impacto terminan tomándose fuera de la región.
Sin embargo, lo más inquietante no es el debate jurídico —aunque no sea menor— ni la inevitable disputa geopolítica entre potencias. Lo verdaderamente preocupante es la ilusión de que la detención de Maduro resolvería la tragedia venezolana. Esa idea, repetida con ligereza, desconoce la profundidad del problema.
Venezuela no es solo Maduro. Es un entramado de poder construido durante años, sostenido por lealtades políticas, militares y económicas. Es un Estado erosionado, con instituciones frágiles y una sociedad exhausta. Retirar a la figura central no desmantela automáticamente el sistema que la rodea. En ocasiones, incluso, lo vuelve más peligroso. Como advierte el viejo dicho: cuando el animal está herido es cuando resulta más peligroso.
El escenario posterior puede estar marcado por la incertidumbre: disputas internas dentro del chavismo, radicalización de sectores acorralados, un rol aún más determinante de las fuerzas armadas y una población atrapada entre la esperanza y el temor. Nada de esto garantiza una transición ordenada, y mucho menos una recuperación rápida. Ojalá se logre una transición pacífica, pero no hay razones para asumirla como un desenlace automático.
A este cuadro se suma un interrogante que suele omitirse deliberadamente: ¿qué implica este precedente para los actores armados ilegales que operan en la región bajo el amparo —explícito o tácito— del régimen narco-venezolano? ¿Qué mensaje se envía al ELN y a las disidencias de las FARC que hoy encuentran refugio, logística y proyección territorial en Venezuela? Si la captura de un jefe de Estado se presenta como una “solución rápida”, ¿qué destino les espera a estos grupos cuando el péndulo político cambie y se imponga una lógica similar de intervención selectiva?
La pregunta no es menor. Durante años, estos grupos han construido su supervivencia sobre la ambigüedad estatal, la porosidad de las fronteras y la ausencia de consensos regionales. Un golpe abrupto, sin estrategia clara para el día después, puede desatar reacomodos violentos, disputas por rentas ilegales y una expansión del conflicto hacia países vecinos, en especial Colombia.
No se trata de absolver a Maduro ni de minimizar las denuncias por violaciones sistemáticas de derechos humanos. Todo lo contrario. Si existen responsabilidades penales, deben investigarse y juzgarse. Pero el camino importa tanto como el objetivo. Sin un marco multilateral sólido, sin consenso regional y sin una estrategia clara para la reconstrucción institucional, cualquier acción de fuerza corre el riesgo de agravar el desastre.
La historia latinoamericana está llena de intervenciones justificadas con buenos propósitos y resultados, cuando menos, discutibles. A ello se suma un factor que nunca desaparece del todo: el petróleo, que seguirá influyendo silenciosamente en los cálculos de las potencias.
Mientras los actores globales miden costos, mientras los aliados del régimen protestan por escrito y mientras los analistas ensayan escenarios, Venezuela continúa atrapada en una crisis profunda. Una vez más, las decisiones parecen pensarse más en términos de símbolos y mensajes que de consecuencias reales para millones de personas.
La detención de un hombre puede cambiar titulares. No reconstruye un país. Y mucho menos lo hará una doctrina del siglo XIX aplicada, sin matices ni responsabilidad, a una tragedia del siglo XXI.
Por ahora, no se verá a Edmundo González ni a María Corina Machado gobernar Venezuela.




