Después de las declaraciones del presidente Donald Trump y del secretario de Estado Marco Rubio, hablé por teléfono con María Corina Machado, rostro de la Resistencia Democrática y la Libertad Venezolana, a quien acompañé en Oslo, en el epicentro moral del Premio Nobel de la Paz, mientras el mundo libre observaba a Venezuela. La conversación fue sobria, directa y cargada de urgencia histórica. Venezuela atraviesa una ventana real (no retórica) para una transición democrática. No perfecta. No automática. Pero posible.
Poco después, hablé con Leopoldo López. Le pregunté directamente: ¿tiene esperanzas sobre lo que está ocurriendo en Venezuela? Su respuesta fue tan clara como dura. “Sí, hay una oportunidad real, pero solo si el mundo libre actúa con decisión”. Para él, este es un momento para liberar presos políticos y para que las democracias y los hombres y mujeres libres dejen de mirar hacia otro lado.
Como el recuerdo histórico y cultural que América Latina conoce bien, gracias al cantante Héctor Lavoe, “todo tiene su final, nada dura para siempre”. Estas llamadas no son anécdotas. Son síntomas. El régimen de Nicolás Maduro se está debilitando. Y cuando una tiranía se debilita, la verdad empieza a filtrarse.
Datos, no consignas. Venezuela no es un caso complejo. Es un caso documentado. Según Foro Penal, actualmente existen más de 300 presos políticos en Venezuela, entre civiles y militares, muchos detenidos sin debido proceso y sometidos a tratos crueles e inhumanos. Miles más han sufrido detenciones arbitrarias temporales como mecanismo de intimidación social.¹
La Misión Internacional Independiente de Determinación de los Hechos de las Naciones Unidas ha concluido que el Estado venezolano ha cometido crímenes de lesa humanidad, incluyendo ejecuciones extrajudiciales, tortura, desapariciones forzadas y violencia sexual, no como excesos aislados, sino como política de Estado.²
Más de ocho millones de venezolanos han huido del país. No escaparon del capitalismo salvaje. Escaparon del socialismo real. Este es el mayor éxodo de la historia moderna del hemisferio occidental.³
El fraude como método de gobierno. Las elecciones presidenciales recientes fueron robadas. No es una interpretación ideológica.
Es un hecho respaldado por evidencia independiente. Tanto organizaciones en las que he estado directamente involucrado en su liderazgo, como en coordinación con aliados internacionales, entre ellos Human Rights Foundation, logramos documentar, evidenciar y respaldar este fraude ante la comunidad internacional, de la mano de María Corina Machado. Punto.
Después de ello, Nicolás Maduro se adjudicó la victoria sin actas, sin auditorías verificables y sin transparencia alguna. Esto no es una invasión. Es la liberación pendiente de un pueblo secuestrado durante más de dos décadas por comunistas asesinos, primero por Hugo Chávez y luego por Maduro.
La cabeza del pulpo autoritario. Venezuela no es solo una tragedia nacional. Es un nodo estratégico del autoritarismo global. El régimen ha operado como plataforma regional para la influencia de Rusia, China e Irán, y como punto de conexión para organizaciones terroristas como Hezbollah y Hamás, con apoyo y asesoría directa de la inteligencia cubana durante años. Estas relaciones han sido documentadas por organismos internacionales y por el propio gobierno de los Estados Unidos.⁴ ⁵
Cuando Venezuela se libera, se debilita toda la red. El mito del petróleo y la confusión conveniente y aquí aparece el momento casi cómico, si no fuera trágico. De pronto, desde TikTok y otras trincheras digitales, surge la indignación coreografiada. Ay, el petróleo. Ay, el imperialismo. Ay, Estados Unidos se lo va a llevar todo. La izquierda de caviar, bien alimentada, bien conectada en su wifi y muy cómoda en el aire acondicionado, vuelve a practicar ese intelectual que consiste en denunciar fantasmas mientras ignora la realidad.
Porque no, el petróleo venezolano no se lo está llevando Estados Unidos (por ahora). Se lo están llevando Irán, Cuba, China y Rusia. El eje del autoritarismo, de la represión y del saqueo. Regímenes que no creen en derechos humanos, no toleran disidencia y no practican elecciones libres. Ese es el verdadero imperialismo del siglo XXI, el que opera con silencio, corrupción y fuerza bruta.⁴ ⁵
La ironía es perfecta. Mientras denuncian colonialismo imaginario, justifican dictaduras reales. Mientras hablan de soberanía, aplauden que una narcodictadura entregue recursos estratégicos a potencias autoritarias a cambio de supervivencia política.
Y aquí corresponde poner un límite moral. Esto ya no es solo falta de información. Es falta de honestidad intelectual. Y, francamente, también es alergia a los datos y una profunda incapacidad de discernimiento crítico. En otras palabras, estupidez. No como insulto vacío, sino como descripción funcional de quien se niega sistemáticamente a ver la realidad, incluso cuando la evidencia es abrumadora y el costo humano es incuestionable.
Desde el liberalismo clásico, esto importa. Porque la libertad descansa sobre la razón, sobre la responsabilidad individual y sobre la capacidad de distinguir hechos de consignas. Cuando esa capacidad se abandona voluntariamente, la confusión deja de ser inocente. Persistir en la negación, con los datos disponibles y los testimonios frente a los ojos, no es ignorancia. Es una decisión moral.
Esto no es teoría. Son personas. Para mí, esto no es un ejercicio académico ni un debate ideológico abstracto. Hoy tengo a mi amigo Jesús Armas como preso político. Y muchos otros, que ya lograron salir con vida, como Rodrigo Diamanti, Víctor Navarro y Armando Armas, me han relatado de primera mano las torturas de este régimen militar, asesino y comunista. El trato inhumano, la deshumanización sistemática, el aislamiento, la violencia psicológica, todo por el simple hecho de pensar distinto.
Esto no es ciencia ficción. Son historias reales, de personas reales. Amigos personales con los que comparto mi vida. Personas que estuvieron en mi boda, con quienes celebré cumpleaños, con quienes coincidí en foros internacionales defendiendo la libertad. Personas a las que este régimen decidió destruir moral y físicamente por atreverse a disentir.
Negar esto no es ignorancia. Es complicidad. El mundo libre debe decidir ¿A qué llamamos mundo libre? Países con elecciones competitivas, separación de poderes, Estado de Derecho, libertad de expresión y mercados abiertos.
Ese mundo no puede ser neutral ni tibio. No hay espacio para la moderación en la batalla cultural por la libertad, ni para la equidistancia moral frente a tiranos y déspotas. En esta lucha, entre democracia y autocracia, entre verdad y propaganda, solo hay un camino posible.
Ganar. Una oportunidad histórica. Si Venezuela cae, no cae sola. Se abre una posibilidad real para liberar a Cuba y Nicaragua, y para revertir décadas de captura institucional en la región. América Latina puede volver a ser la región más libre del mundo, pero solo si se libra una batalla cultural frontal, sin complejos y con datos. No hay espacio para tibios.
Ni las dictaduras.
Ni las mentiras.
Ni el miedo.
La libertad siempre vuelve.




