En las últimas semanas, el gobierno ha querido vender como un logro el hecho de que el dólar haya caído a niveles cercanos a los $3.700. Pretenden hacer creer que se trata del resultado de un manejo económico responsable y de una política acertada. Nada más alejado de la realidad.
La caída del dólar en Colombia no es producto de una economía sana, sino de una combinación de factores profundamente preocupantes y estructuralmente destructivos para el país. El primer factor viene del exterior. Con la llegada de Donald Trump a su segundo mandato, Estados Unidos trazó una estrategia explícita para debilitar su moneda a nivel global, con el fin de hacer más competitivas sus exportaciones, mejorar su balanza comercial, generar empleo y fortalecer su economía interna.
Esta política, inevitablemente, ha presionado a la baja el valor del dólar frente a múltiples monedas, incluido el peso colombiano. El segundo factor, y quizá el más grave, es interno y vergonzoso: el crecimiento desbordado del narcotráfico. El aumento geométrico de los cultivos de coca ha disparado la exportación de cocaína y, con ello, la entrada masiva de dólares al país camuflados como “remesas”.
Hoy esas supuestas remesas alcanzan cifras récord cercanas a los US$14.000 millones anuales. En la práctica, una buena parte de estos recursos entra por el mecanismo conocido como pitufeo: una operación sistemática de lavado de activos a través del sistema financiero, donde miles de pequeñas transacciones blanquean dinero ilícito con total facilidad. Estos flujos no solo no se controlan, sino que seguirán creciendo mientras exista un gobierno complaciente con los narcoterroristas que lo ayudaron a llegar al poder, como retribución por los servicios prestados en campaña y en las elecciones: financiación ilegal, compra de votos y constreñimiento al elector.
El tercer factor es la monetización de más de US$6.000 millones, producto de la colocación para muchos, irregular, de TES denominados en dólares en diciembre, vendidos a un fondo de inversión de origen árabe a tasas de rendimiento casi 100% superiores a las del mercado.
Esta operación inundó artificialmente de dólares la economía y terminó de empujar la tasa de cambio hacia abajo. La combinación de estos tres elementos explica perfectamente por qué hoy el dólar está en esos niveles. No es un éxito económico. Es una distorsión peligrosa. Lo que estamos viviendo es, en términos técnicos, el viejo y conocido fenómeno de la “enfermedad holandesa”: una entrada masiva de divisas que aprecia artificialmente la moneda local y destruye la competitividad de la industria y del sector exportador.
Los primeros perjudicados ya lo están sintiendo: los exportadores, los industriales, el agro y todo el aparato productivo nacional. Con un peso artificialmente fuerte y una economía productiva debilitada, el resultado es inevitable: menos producción, menos inversión y más desempleo.
El año 2026 quedará registrado en las estadísticas como el año en que Colombia empezó a pagar el precio completo de esta ilusión monetaria: la destrucción masiva del empleo y de la capacidad productiva del país. El dólar barato no es prosperidad. Es, simplemente, la antesala de una crisis.




