En Estados Unidos, cuando un cuerpo aparece sin identificar en una morgue, en un hospital o en una investigación judicial, recibe un nombre provisional que resulta familiar incluso para quienes nunca han pisado ese país. John Doe. Lejos de ser un recurso cinematográfico o una invención moderna asociada al crimen y al misterio, este nombre tiene un origen mucho más antiguo, profundamente ligado a la historia del derecho, la burocracia y una vieja trampa legal nacida en la Inglaterra medieval.
Su recorrido, desde los tribunales del siglo XIV hasta las morgues contemporáneas, revela algo más que una curiosidad lingüística y expone la relación íntima entre ley, lenguaje y la necesidad humana de otorgar identidad incluso a lo desconocido. El contador de Historias Iván Fernández Amil, reveló el misterio a una pregunta que rondá la mente de los curiodos.
Un origen medieval en los laberintos del derecho inglés
Para rastrear el nacimiento de John Doe es necesario viajar a la Inglaterra del siglo XIV, durante el reinado de Eduardo III. En aquel entonces, el sistema legal británico era extremadamente complejo, especialmente en lo relacionado con disputas sobre tierras y propiedades. Los procesos estaban llenos de tecnicismos formales, requisitos rígidos y procedimientos tan específicos que un error mínimo podía hacer fracasar una demanda antes siquiera de ser escuchada por un juez.
En ese contexto existía una figura jurídica conocida como Action of Ejectment o Acción de Desahucio, cuenta Fernández. Este mecanismo permitía a un propietario reclamar judicialmente una tierra ocupada de manera indebida. Sin embargo, el problema era que el proceso exigía demostrar, con una precisión casi imposible, la cadena exacta de propiedad y ocupación del terreno. La burocracia era tal que muchos casos nunca llegaban a resolverse.
Fue allí donde los abogados medievales, conocidos ya entonces por su ingenio, idearon un atajo legal. En lugar de llevar directamente al tribunal a los verdaderos propietarios y ocupantes, creaban un escenario ficticio. El dueño de la tierra “arrendaba” el predio a un personaje inventado, llamado John Doe. Este inquilino ficticio denunciaba luego que había sido expulsado de forma ilegal por otro personaje igualmente inexistente: Richard Roe.
Ciervos, corzos y una ficción funcional
La elección de estos nombres no fue arbitraria. Doe es la palabra inglesa para «ciervo» adulto, mientras que Roe se refiere al «corzo», un tipo de ciervo pequeño muy común en los bosques europeos. Eran términos cotidianos, reconocibles para cualquier persona de la época. En la práctica, los abogados estaban presentando demandas protagonizadas por algo así como “Juan Ciervo” contra “Ricardo Corzo”, apunta Fernández.
Este artificio permitía evitar los complejos debates sobre la titularidad real de la tierra y centrarse únicamente en el acto de expulsión. Una vez que el tribunal resolvía el caso ficticio, la decisión podía aplicarse a la situación real. La trampa funcionó tan bien que el uso de John Doe y Richard Roe se consolidó durante siglos en el derecho anglosajón como sinónimos de partes anónimas o genéricas en procesos judiciales.
Del derecho civil a las morgues
Con el paso del tiempo, esta ficción legal saltó del ámbito del derecho civil al penal y administrativo. En Estados Unidos, heredero directo de muchas tradiciones jurídicas británicas, el nombre John Doe se convirtió en una herramienta práctica para resolver otro problema burocrático. ¿Cómo registrar legalmente a una persona cuya identidad se desconoce?
Cuando la policía encontraba un cadáver sin documentos, sin huellas reconocibles o sin registros previos, necesitaba asignarle un nombre para poder abrir un expediente, realizar autopsias, tramitar certificados y avanzar en la investigación. El sistema no podía trabajar con un vacío absoluto. Así, John Doe pasó de ser un inquilino imaginario a convertirse en el nombre del desconocido por excelencia.
La lógica se extendió con facilidad. Si el cuerpo correspondía a una mujer, se utilizaba Jane Doe. En el caso de menores de edad, aparecieron denominaciones como Baby Doe o Johnny Doe. Lo que había nacido como un truco procesal terminó institucionalizándose como una convención legal y administrativa señála el autor de «Innovadores, 50 historias que hicieron historia».
El lenguaje como espejo cultural
Lo interesante es que John Doe no es un fenómeno exclusivo del mundo anglosajón. Cada cultura ha desarrollado su propio equivalente para nombrar al desconocido, y esos nombres dicen mucho sobre su historia, su lengua y su manera de entender la identidad.
En España y en gran parte de América Latina, el equivalente es «Fulano de Tal». Su origen se remonta al árabe fulān, que significa “tal persona” o “alguien cualquiera”. La herencia lingüística de Al-Ándalus dejó huella incluso en estas expresiones cotidianas. Cuando un solo nombre no basta, el idioma español recurre a toda una familia de anónimos como Mengano, Zutano, Perengano o Perensejo, cada uno con raíces distintas que mezclan árabe, latín y deformaciones de apellidos comunes para denominar a un NN (No Name)
En Italia, el desconocido suele llamarse Mario Rossi. No se trata de una metáfora animal ni de un concepto abstracto, sino de una elección estadística, pues Mario ha sido durante décadas uno de los nombres más frecuentes, y Rossi el apellido más común del país. Es, literalmente, el ciudadano promedio.
Alemania, fiel a su tradición de precisión, utiliza Max Mustermann. Muster significa patrón o modelo, y Mann, hombre. El resultado es algo así como “hombre modelo” o “hombre de muestra”, una denominación casi técnica para representar al individuo genérico.
De la frialdad matemática a la funcionalidad asiática
En Francia, los nombres genéricos más comunes son Jean Dupont o la expresión Monsieur Tout-le-monde, es decir, “señor todo el mundo”. Sin embargo, en contextos policiales y forenses, a veces se prescinde incluso del nombre y se utiliza simplemente la letra X, una solución más fría y matemática.
Rusia opta por una fórmula aún más básica, Ivan Ivanov. Es la combinación más común de nombre y apellido en el mundo eslavo. Su uso es tan frecuente que, paradójicamente, las personas que se llaman así en la vida real suelen ser tomadas por ficticias.
En China y Corea, la funcionalidad prima sobre cualquier simbolismo. Nombres como Zhang San o Li Si combinan apellidos extremadamente comunes con números o palabras simples. Es un sistema que recuerda a llamar a alguien “García Tres”, diseñado para ser práctico, no evocador.
Nombrar para no enfrentar el vacío
El contador de historias Ivan Fernández Amil ha señalado en más de una ocasión que “el ser humano tiene una profunda dificultad para aceptar el anonimato absoluto; necesitamos nombres para domesticar lo desconocido”. Esa idea resume con claridad el trasfondo cultural de figuras como John Doe. No se trata solo de burocracia o de tradición jurídica, sino de una necesidad psicológica y social.
Nombrar es una forma de control. Un cuerpo sin nombre, un sujeto sin identidad, representa un vacío difícil de procesar. Al asignarle un nombre, aunque sea ficticio, la sociedad logra integrarlo en un sistema de registros, normas y significados. El nombre no devuelve la identidad real, pero permite que el engranaje institucional funcione.
Un nombre para los olvidados
Así, lo que comenzó como una astucia legal en los tribunales medievales terminó convirtiéndose en el nombre de los olvidados, de quienes no pueden hablar por sí mismos, de los que aún no han sido reconocidos. John Doe no es solo un recurso administrativo; es el reflejo de cómo las sociedades lidian con la ausencia de información y con el miedo al anonimato total.
En cada país, en cada idioma, el desconocido recibe un nombre distinto, pero la función es la misma. Es un recordatorio de que, incluso cuando no sabemos quién eres, sentimos la necesidad de llamarte de alguna manera. Porque para el ser humano, el silencio absoluto y la falta de identidad siguen siendo más inquietantes que cualquier nombre inventado.





