Mientras las oficinas del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) en Estados Unidos intensifican sus labores de rastreo y el gobierno endurece las políticas migratorias, el evento más emblemático del nacionalismo estadounidense, el Super Bowl, presenta una realidad innegable: el talento latino es un motor que impulsa su espectáculo más grande. El domingo no correrán de la policía, lo harán con un ovoide en sus manos en busca de la gloria más anhelada, escribir sus nombres en letrada dorada de la fiesta número uno de los norteamericanos.
Esta dualidad expone una contradicción profunda en el tejido social norteamericano. Por un lado, se levantan barreras de acero y burocracia, por otro, el campo de juego de la NFL se rinde ante la destreza de jugadores con raíces hispanas que hoy son referentes de la élite deportiva. En esta final, cinco nombres destacan no solo por su técnica, sino por la herencia que llevan en sus raíces.
Los New England Patriots se han convertido en un bastión de esta identidad. Christian González, un esquinero de élite nacido en Texas pero orgulloso hijo de padre colombiano, personifica al atleta moderno que honra sus raíces mientras domina el emparrillado. A su lado, Jaylinn Hawkins, con herencia panameña, demuestra que la confiabilidad defensiva no entiende de fronteras, tras un exitoso paso por Falcons y Chargers.

La historia de Andrés Borregales es, quizás, el reflejo más fiel del sueño americano bajo presión. El pateador de los Patriots nació en Caracas, Venezuela, y emigró con su familia siendo apenas un bebé. Su pie derecho es hoy el resultado de años de sacrificio de una familia migrante que buscó refugio y oportunidad en el norte.

En los Seattle Seahawks, Julian Love se erige como un referente defensivo. Su mezcla de raíces mexicanas y cubanas aporta una garra única que lo llevó desde Notre Dame hasta la cima de la liga. Finalmente, Elijah Arroyo, el ala cerrada con herencia mexicana, mantiene una conexión física con su pasado tras haber vivido parte de su infancia en Cancún.
Resulta irónico que, mientras el sistema busca identificar y desplazar al migrante, millones de ciudadanos celebren los puntos y tacleadas de estos cinco guerreros. El Super Bowl no es solo una competencia de fuerza; es el recordatorio de que Estados Unidos, incluso en sus momentos de mayor hermetismo, sigue siendo una nación cuya grandeza deportiva y cultural está escrita con tinta latinoamericana.






