Por: Óscar Jairo González Hernández
Nunca se tiene conciencia del instante en que se quiere hacer y tener una biblioteca. No hay una necesidad de hacerla y tenerla nunca, sino que en los momentos de mayor concentración del deseo, la biblioteca comienza a hacerse como resultado de ese deseo.
La necesidad no hace bibliotecas, más bien las destruye, porque la necesidad es racional y metódica en sí misma. Es la necesidad de ordenar lo que lleva a que la biblioteca se alcance a hacer. La biblioteca se hace ella misma y se tiene también ella misma. Y entonces la biblioteca es un mundo que ya en nada coincide con el lector que dice haberla hecho. La biblioteca lleva su vida hasta la muerte.
La de uno y la de su biblioteca, ya que nadie puede yacer en ella. En la biblioteca, cualquiera que sea, hay un misterio que no nombra nada, pero se halla allí entre un libro y otro. Es inasible, inclusive en su orden, en los que tienen la obsesiva condición de ordenarla. Yo la siento en todo instante en el caos, llevándome al caos. No se quiere ordenar, es lo incondicionado e inabarcable.

Es en la biblioteca donde se realiza mi eclecticismo absolutamente. Nadie habrá soñado nunca con una biblioteca sin libros. El hilo conductor de la biblioteca son los libros y se intenta tener todos los libros. En la biblioteca, lo obvio son los libros y por ello mismo no puede hablarse de una biblioteca con un libro, nada más que con un libro. La tentación sería en realidad tener un solo libro y que no hubiese más. Quien lee allí es quien todavía no ha sentido deseo de hacer una biblioteca.
Es la biblioteca ideal, diría yo, la biblioteca del vacío, del tao. Ya no hay deseo de obtener más libros. Y ha muerto lo obsesivo. También un libro es una biblioteca, una biblioteca que se lleva con uno y que no hay que demostrarla ni exhibirla. Mi biblioteca es el libro que estoy leyendo. La obscenidad de quien tiene una biblioteca consiste en exhibirla.
La exhibe sin pudor, sin medida, la hace extensión de un narcisismo obtuso. La biblioteca no se exhibe ante nadie, porque ella tiene su secreto, el de uno como su inventor. Hay que inventar la biblioteca; esa invención de combinación y mezcla la hace uno que no ha leído un libro, que no querrá nunca leer un libro.
Es una biblioteca sin lector y con un libro, que se ha revelado allí. Es el libro de los Seres Principales, como diría María Sabina. En un libro, pues, están todos los libros y todas las bibliotecas. En la biblioteca de su mirada, Hebdómeros (1) encontraba el sentido de la vida. La observación lúcida e iluminadora hacía que su mirada se hiciese libro, que inventara el libro.

Hay un ideal de la biblioteca y una biblioteca ideal. El ideal de la biblioteca es hacerla por necesidad y tenerla como la medida y la forma de uno mismo. La biblioteca ideal es la que se hace por azar y por una mediación del inconsciente. Esa es la biblioteca dramática, la que se hace sin uno, la que es turbadora por eso mismo. Es una biblioteca en la que se encuentra un libro que no se ha llevado uno mismo. Y tiene libros que no sé de uno; son bibliotecas que hacen del símbolo su principio y su tradición.
El ideal de la biblioteca es que se llene de libros y que sea mayor. Mayor en la cantidad de libros que necesita y demanda. El ideal de la biblioteca mayor domina, somete y destruye. Como decía Lichtenberg: Su biblioteca le había quedado pequeña, así como un chaleco puede quedarle pequeño a alguien que ha crecido.
En general, las bibliotecas pueden volverse demasiado estrechas o anchas para el espíritu (2). La biblioteca ideal es la que tiene medida, no es barroca. Es aquella en la que no hay exceso y tiene su densidad en esa medida. No es provocada por la necesidad, sino por la intensidad, la intensidad en su dominio melancólico. La intensidad es una melancolía. La biblioteca ideal, entonces, es la que censura, condena y se instala en una contención ascética.
Lo ascético, entonces, es lo incontenido de la contención. Y un libro más que se lleve a la biblioteca es la oclusión de otro y no la eclosión súbita y maravillosa. La biblioteca ideal hace relación a un libro que es todos los libros y que se lleva en uno mismo. He leído, motivado por usted, un tomo de Strindberg. Puesto que no tenía el teatro en mi biblioteca circulante, leí Am offenen Meer…» (3).
Hay bibliotecas que inclusive, se necesitan para hacer la pose ante una cámara de que se tiene y se muestra. Y se hace una demostración y corroboración de un conocimiento. La biblioteca ha de ser una posesión incitadora y ha de ser para la invocación del libro. Invocamos el libro en la biblioteca.
Allí se da su misterio. Y por eso mismo hay que hacer el éxodo hacia el libro y en la biblioteca. Eso hacemos, en la biblioteca, un éxodo. No se poseen nunca todas las bibliotecas ni todos los libros; es una sensación que me hace temblar. Y somos soñados por la biblioteca; es ella la que nos poseerá, nos hechizará. Es una «cantidad hechizada» (Lezama Lima).
En medio de ella nos hacemos y construimos el sueño y la realidad. Es esencial hacerse una biblioteca que hable de uno mismo hacia sí mismo. La biblioteca es también una naturaleza. Es ahí donde se da su tensión, su mayor tensión. Esa biblioteca es la que se halla en un movimiento sutil. Es hecha desde lo instintivo, desde una realidad inasible, irrevocable. Y la biblioteca no dice nada de uno, porque no es uno mismo.

Es hermosamente intolerante en su insaciabilidad y discrimina y excluye. Es la evidencialidad de la insolencia, por eso hay que vivir en ella como un daimón, que no se imita a sí mismo. En mi lectura barroca de Lezama Lima, sentía que leía el «Wilhelm Meister» de su biblioteca. Que yo era su verdadero lector, el que leía en esos símbolos como un hermético sin mediación teórica e histórica. Y cuando en La Habana, observé su biblioteca ya no habría de ser yo mismo su lector barroco. Quedaba uno que otro libro, diciéndonos que la biblioteca no había muerto, sino que era un libro.
El destino de la biblioteca ha de ser la transmutación en un Libro. Yo soñaba con tener todos los libros en un Libro (Mallarmé) y por eso mismo, nunca habría tenido necesidad de hacer una biblioteca. Me habría exonerado de sentir ese drama y esa melancolía. Y tenerla es también no tenerla, me da lo mismo, una biblioteca que siendo «mía» no sea mía, sino de una comunidad que está deviniendo en ella y en cada libro. Es irónico, decirlo, es el sublime sentido de la perversión.
Notas: DE CHIRICO, Giorgio. Hebdómeros. Madrid. Ediciones del Cotal. 1987. LICHTENBERG, Georg Christohp. Aforismos. Buenos Aires. Editorial Suramericana. 1971. p. 49. BENN, Gottfried. Breviario. Ediciones Península. Barcelona. 1991. p. 142.




