El año bisiesto es una variación del calendario que contempla 366 días en lugar de los 365 habituales. Esta modificación incorpora una jornada adicional al mes de febrero, que pasa de tener 28 a 29 días, con el propósito de mantener la sincronización entre el calendario civil y el tiempo real que tarda la Tierra en completar su órbita alrededor del Sol.
Este ajuste se presenta cada cuatro años. Entre los antecedentes recientes se encuentran 2016 y 2020, mientras que los próximos años bisiestos serán 2028, 2032 y 2036. La periodicidad responde a un cálculo astronómico que busca corregir el desfase que se genera al contabilizar los días de forma exacta dentro del calendario gregoriano, el sistema adoptado por la mayoría de los países.
El término “bisiesto” proviene del latín bis sextus dies ante calendas martii, expresión que puede traducirse como “repetir el sexto día antes del primer día de marzo”. Esta denominación surgió en la antigua Roma y se relaciona con la manera en que se organizaban los días dentro del calendario de esa época.
El calendario gregoriano, instaurado en 1582 por el papa Gregorio XIII, estableció la inclusión periódica de un día adicional para corregir la diferencia entre el calendario anterior y el año solar. Antes de esta reforma, el desfase acumulado generaba alteraciones en la correspondencia de las fechas con las estaciones del año.
La necesidad del ajuste se explica porque el planeta no tarda exactamente 365 días en dar una vuelta completa al Sol. El tiempo real es de aproximadamente 365 días, 5 horas, 48 minutos y 56 segundos. Esa fracción, que supera las cinco horas, se acumula con el paso de los años. Al cabo de cuatro periodos anuales, el excedente equivale a casi un día completo, lo que hace necesario añadir una jornada al calendario.
El mecanismo funciona de manera gradual: durante tres años consecutivos se contabilizan 365 días, y en el cuarto se suma el 29 de febrero para compensar las horas acumuladas. Este procedimiento permite conservar la coincidencia entre el calendario y fenómenos naturales como los equinoccios y solsticios, que marcan el inicio de las estaciones.
Históricamente, diversos sistemas de medición del tiempo han tomado como referencia el movimiento de la Tierra alrededor del Sol. La precisión en estos cálculos ha sido determinante para la organización de actividades agrícolas, científicas y sociales, así como para la planificación de eventos que dependen de los ciclos estacionales.
Especialistas han advertido que, sin la aplicación de este ajuste, el calendario se desplazaría progresivamente. Con el paso de los siglos, las estaciones podrían registrarse en meses distintos a los actuales, generando inconsistencias en la medición del tiempo.
De esta manera, el año bisiesto se mantiene como una herramienta de corrección que garantiza la estabilidad del calendario moderno. La incorporación periódica del 29 de febrero responde a criterios astronómicos y matemáticos orientados a preservar la correspondencia entre el tiempo calendario y la duración real del año solar.






