Por: Óscar Jairo González Hernández
Debe resultar extraño y totalmente absurdo, en principio, proponer la existencia de una relación que lleve a crear una conexión clara entre la crítica y la formación. Ya que cuando se dice formación, lo que de inmediato debe ser borrado de allí es la crítica, pues hemos concebido la crítica sin la dimensión y el sentido que ella demanda y lo que ella contiene de reflexión, más que de irritación y odio o de intención no muy constructiva.
Crítica y formación que deben ir fundidas, fusionadas en lo que llamamos la estructura esencial del ser, del pensar y del hacer. Cada momento de esa relación concreta que buscamos se hace más oscura, más densa y menos realizable, ya que todo lleva siempre a no darle la necesaria cabida a la crítica y entonces la formación, el ideal, el sueño de la formación no se haya incrustado nunca dentro de la misma intención; lo llena, lo posee el mismo interés, la misma intención, o sea, el de la crítica, que es también el de la autocrítica, de la cual no podemos separarla.
Toda mirada sobre la crítica y la formación, desde donde ella se dé, desde donde ocurra como acontecimiento, es necesaria, debe ser considerada, debe examinarse, porque ese sería uno de los métodos racionales en la construcción de esa nueva racionalidad de la que habla Robert Nozick (1).
Donde no hay crítica, no puede establecerse una relación clara con la realidad, con los hechos, con la intención, con el interés. Y es que toda relación, cualquiera sea su carácter, es una relación de interés, pero interés que es necesario decirlo, pronunciarlo, nombrarlo, para no incurrir en el ocultamiento de eso que se quiere, de eso que se busca.
De allí que la crítica y formación contengan un interés y desde aquí se “sabe” cuál es la intención de la crítica y se “conoce” cuál es el interés en la formación. Decíamos que en esa intención de formación de ciudadanos, de formación del ser como ciudadano (Spinoza), lo que en principio es inescindible es la intención de hacer de esa formación una formación en la que el instrumento, el vehículo de la conciencia crítica, no se sustituya, sino que sea medio transformador.
Formación es transformación y en ese sentido, es necesario observar que lo que la tentativa intenta es inventar el hilo sensible de relaciones, que sea el que transmita más que mi conocimiento la estructura de mi sensibilidad y de mi deseo, que es el que hace más realidad. Y cuando yo invento mi realidad, queda dicho que ella existe en su totalidad y que en ella me transformo.
Cuando no se inventa una realidad, lo que idealizo, lo que soy, lo que siento y mi ideal no caben allí donde nada ha sido intervenido por mí. De lo animal, el instinto con que nos relacionamos, inicialmente, con los otros; hacia lo racional, que nos propone al otro de una manera más estructurada como ser en tensión de su destino.
En ese orden, la crítica es el resultado de una reflexión y por qué no decirlo, de una intensidad que hace más realidad. Como ocurre en cada uno de los hombres que intentan, que realizan tentativas, para construir más realidad. No es entonces que la realidad no pueda cambiarse, sino que la realidad es como es, y lo que debe hacerse es probarse en la formación de esa realidad otra, en la que lo mío se llene, se consuma, se transforme en la realidad del otro.

Esa crítica es metódica y se hace sobre una ortodoxia, obedece a unos principios que no son los que quiera darme, sino aquellos que han hecho fisura y que del mismo modo han suturado la misma fisura en mí. Decimos: la crítica ha de ser lo estético, que sublima lo que constituiría la barrera o el obstáculo, cediendo la tensión maravillosa de lo irresoluble, para hacerse una resolución inane y vacía del poder de transformación, inherente a la condición crítica de la vida.
Quiero decir, principios que no me son externos solamente, sino que han sido interiorizados, que son sobre los cuales se resuelve lo irresoluble de esa relación. Yo estoy en mi realidad y otro deviene, se hace visible en mi realidad, pero con su realidad construida por él mismo, como inventor, porque si no, lo que allí se daría no sería sino la evidencia del odio y de la irritación interminable de la contradicción.
Y esa contradicción se hace irresoluble, incomunicable, o sea, no forma comunidad, porque no es crítica. Toda crítica escinde, fricciona, separa, fracciona, fractura, irrita porque ese es su carácter, ese es uno de sus sentidos. Nos escinde del otro o de los otros. Y no se hace ni se dice para que lo normal sea más normal, sino para hacer crisis en la relación, en las relaciones que tenemos con nosotros mismos, con los otros y con el medio en el que estamos interviniendo y siendo intervenidos.
Pone la crítica, al revés todas las cosas, como nos lo dice Norman O. Brown (3). Todos creemos, de una manera obvia, que sabemos de qué se trata con la realidad del otro o de los otros, pero nadie sabe que esa realidad no es comunicable hasta que el otro no decida comunicarla. La tentación de existir, como diría Emil Cioran (2). Indicamos que lo que es necesario dentro de la crítica y de la formación que intentamos, que intentamos con nosotros también, es que ella se hable, se pronuncie y se evidencie en todo momento de la vida, con la transparencia irreductible con la que la naturaleza misma nos lo dice o muestra. Que exista entonces como una estética del ser, como una forma (unas formas) de pensar y el desarrollo intencional del hacer.
Notas: 1. Nozick, Robert. La naturaleza de la racionalidad. Barcelona. Gedisa. 1997. 2. Cioran, Emil. La tentación de existir. Madrid. Taurus Ediciones. 1991. 3. O. Brown, Norman. El cuerpo del amor. Barcelona. Editorial Planeta Agostini. 1986.

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