sábado, marzo 6, 2021
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¿Cuatro años de paz?

Víctor Hugo Galeano

Antes de comenzar a analizar desde el punto de vista del ciudadano del común qué ha pasado cuatro años después de que se firmó el acuerdo de teatro Colón, quiero ir a la definición de la palabra clave en esta situación: paz.

Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua, el término paz se define así:

  1. f. Situación en la que no existe lucha armada en un país o entre países.
  2. f. Relación de armonía entre las personas, sin enfrentamientos ni conflictos.
  3. f. Acuerdo alcanzado entre las naciones por el que se pone fin a una guerra.

La pregunta es si dentro de estos tres conceptos en que se define la palabra se cumple alguno de ellos en Colombia. Infortunadamente no es así. Pero, ¿cuáles pueden ser las razones?

Veamos. Desde el inicio de la mayor realización del gobierno de Juan Manuel Santos, este proceso de paz comenzó con fallas. Se le notaba al entonces señor presidente el afán de entregar lo que fuera a los miembros del secretariado y obtener esa firma antes de que se acabara su mandato y, por supuesto, la culminación máxima para su ego: la nominación a ser premio Nobel de Paz.

Todos los colombianos recordamos cómo en una entrevista con Claudia Gurisatti el expresidente Santos nos mintió a todos afirmando que nunca se les entregaría poder político a las Farc, que los desmovilizados deberían reparar primero a sus víctimas, reconocer sus delitos y que sus curules debían ser ganadas en las elecciones. Y en la actual realidad lo que todos vemos es cómo ninguna de estas aseveraciones se ha llegado a cumplir.

El proceso fue rechazado en un plebiscito por una mayoría de ciudadanos. Esta decisión popular no se respetó y en un inmenso y costoso manejo mediático -donde se repartieron enormes cantidades de mermelada estatal- el gobierno compró conciencias de comunicadores y legisladores para ejercer presión y, sin hacer cambios de fondo, ratificar el acuerdo por encima de la voluntad popular.

Las Farc diseñaron una justicia especial para ellos: la JEP que funciona desde el 15 de marzo de 2018 con una vigencia de 20 años y que nos cuesta a los colombianos cerca de 200.000 millones de pesos al año. Hasta la fecha los ciudadanos de a pie no hemos visto que este mecanismo de justicia transnacional haya servido para algo distinto que dejar en libertad a miembros del secretariado implicados en delitos comunes cometidos después de la firma del acuerdo. También hay una Comisión de la Verdad y observando las publicaciones de este organismo. Pareciera como si solo los actores y victimarios fueran los grupos paramilitares. Se nota allí la ausencia de las atrocidades cometidas por las guerrillas de izquierda en Colombia.

La sensación de impunidad que se percibe es enorme. Hay denuncias de cómo los hoy honorables congresistas de las Farc cometieron delitos como abuso sexual contra menores de edad, reclutamientos forzosos, abortos, asesinatos… Las explicaciones de ellos rayan en lo ridículo y en lo absurdo. Según los señores, los niños llegaban allí de manera voluntaria buscando protección y por las actividades lúdicas, recreativas, educativas y deportivas que las guerrillas organizaban para ellos, seguramente las botas, los fusiles, el adoctrinamiento militar y los uniformes, los menores los ganaban en piñatas o como premios en los torneos deportivos. Definitivamente, nos creen estúpidos.

Como dice la sabiduría popular “se recoge lo que se siembra”. En más de cincuenta años las Farc han sembrado terror, han acabado con familias, han secuestrado, extorsionado, asesinado, violado. Tantas atrocidades, sumadas a esa burla a la justicia por parte de aquellos que ordenaban dichos actos impunes, crean un sentimiento de rechazo por parte de las víctimas y la necesidad de que de alguna manera haya justicia llevando a muchos actos condenables como lo es el asesinato de desmovilizados.

El odio y la polarización son abonados con las actitudes de los líderes del partido de la rosa que todo lo quieren sin entregar nada y no es que los que exigen justicia quieran hacer trizas la paz. La sinceridad, la reparación y reconocer la verdad deben llevar a Colombia a ese sueño que todos queremos.

 

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