Capítulo 1: ANATOMÍA DEL ESTADO EMOCIONAL Y ÁLMICO DE COLOMBIA
En Semana Santa de 2025 escribí “Reflexiones de Semana Santa para una nación herida que no sana”, una columna nacida de una pregunta sencilla, pero profunda: si Colombia fuera una persona, ¿qué tendría que aprender? Hoy, lejos de haber sanado, el país parece haber profundizado en sus heridas. Por eso retomo ese ejercicio como punto de partida para mirarnos como colectivo, ir más allá de la coyuntura política y adentrarnos en algo que rara vez se discute: el estado emocional y espiritual de Colombia. Mirar al país no solo desde lo político o lo económico, sino desde el estado de su ALMA COLECTIVA.
Cinco años de trabajo en procesos de participación ciudadana, el análisis constante de la situación social, económica y política del país, sumados a vivencias personales, me llevaron a querer entender a Colombia más allá de las cifras y a indagar en su clima emocional, colectivo, en su ALMA.
Si Colombia fuera una persona, estaría un poco deprimida por la historia que se cuenta de su pasado y ansiosa frente a un futuro incierto.
La narrativa es el arte de dar sentido. Las sociedades se estancan y se derrumban, en gran parte, por las historias que aceptan sobre sí mismas y por la ausencia de una visión común inspiradora. Las narrativas pueden elevar a una nación o acostumbrarla a la mediocridad.
Uno de los grandes errores del análisis político tradicional es creer que los países se mueven solo por ideas. En realidad, se mueven por emociones. Hoy, en Colombia, predominan emociones de baja vibración que facilitan la manipulación y el estancamiento. Como sociedad permitimos que se instalara un relato progresista centrado en lo negativo, que apela a emociones de menor vibración (según la escala de conciencia del Dr. David R. Hawkins) como la vergüenza, la culpa (que premia la victimización), el miedo, la ira y el resentimiento (lo explota).
En ese contexto emocional, el discurso progresista no ganó solo por argumentos, sino porque ocupó un vacío existencial. Supo leer a una sociedad cansada, herida y confundida, y le ofreció un relato simple: no eres responsable, eres víctima.
Una nación que se narra desde el trauma termina repitiéndolo, porque lo convierte en identidad.
Este relato, además, desprecia la cultura del mérito y no estimula el razonamiento crítico, lo que se traduce en una puñalada al corazón de la CREATIVIDAD: la expresión del alma y de los dones del ser humano en el plano material.
Otra característica de este relato es la pretensión de superioridad moral. Esa “superioridad moral” es el disfraz favorito del pensamiento débil: excesivamente relativista, pobre en argumentos y, muchas veces, tolerante frente a lo intolerable. Así se siembran las semillas que destruyen a las sociedades desde dentro. Defender la libertad implica firmeza y límites claros.
La sociedad colombiana hoy es inmadura y altamente victimizada. Nuestro poder colectivo está en elevar a los colombianos: que cada uno descubra sus dones y ponga su mejor versión al servicio del colectivo. Solo así podremos llevar al país a su próximo nivel, a su versión 2.0. Para lograrlo se requiere un entorno que lo permita: un país que facilite el emprendimiento, la generación de empleo y el acceso a oportunidades, con seguridad física y reglas claras que se respeten.
Las sociedades que avanzan no son las que no sufren, sino las que no convierten el sufrimiento en identidad. La queja constante (victimismo), sin búsqueda de soluciones reales, produce externalización de la responsabilidad, parálisis de la acción, búsqueda permanente de culpables, dependencia, anulación de la autocrítica sana y exigencias sin contraprestación.
Como país, tenemos la autoestima colectiva golpeada. Esto se refleja en la alta polarización, el pesimismo generalizado, la desesperanza (especialmente entre los jóvenes: ocho de cada diez creen que estarían mejor fuera de Colombia), la desconfianza (superior al 90 %, según estudios de la Fundación Origen), un relato pesimista de nuestra historia, la caída en los índices internacionales de felicidad y la ausencia de razones que nos unan en el sentimiento de colombianidad más allá de la selección de fútbol.
De ahí concluyo que Colombia necesita una verdadera terapia colectiva que fortalezca su conciencia grupal: ese campo compartido de creencias, valores, símbolos y narrativas que orientan el comportamiento de una sociedad.
¿Cómo damos un impulso a la autoestima colectiva de Colombia?
Entrando en un círculo virtuoso.
- Revisar la historia que nos estamos contando como sociedad. No somos 200 años de olvido. Colombia no es un fracaso ni un “platanal”. Nuestra historia está llena de aciertos que debemos recordar. Las culturas prósperas reconocen su herencia. Pensar mal de nosotros mismos solo refuerza creencias limitantes. Una sociedad necesita ideales y narrativas que inspiren y brinden esperanza. Cambiar nuestro destino colectivo exige cambiar la historia que nos contamos.
- Promover el AGRADECIMIENTO. En la vida cotidiana siempre hay algo por lo cual dar gracias. Desde ahí podemos empezar a reconocer lo positivo de nuestro país y construir lo que falta. Agradecer es reconocer lo que tenemos, para comenzar a construir desde ahí lo que nos falta.
- Asumir la responsabilidad. La responsabilidad individual es un acto civilizatorio. Las sociedades que prosperan son las que invitan a sus ciudadanos a crecer. Quien se hace cargo de su vida desarrolla carácter y aporta valor. La realidad que vivimos la cocreamos entre más de 50 millones de colombianos. Nuestras acciones y actitudes importan. Cuando trabajamos en nuestra mejor versión, llevamos a Colombia a la suya. Esa es la diferencia entre una sociedad madura, orientada al mérito, y una infantilizada que busca salvadores.
- Fortalecer el trabajo conjunto: más capitalismo consciente, más acción orientada al bien común y más desarrollo regenerativo.
- Activar una cultura ciudadana del cuidado. Lo que no se aprecia no se cuida. Mejores prácticas ciudadanas, comprensión de que lo público es de todos y rechazo a quien vandaliza y a quien no juega limpio.
Activar este círculo virtuoso de la autoestima colectiva es tarea de todos: hogares, academia, empresas y Estado.
En los próximos artículos profundizaré en conceptos como conciencia grupal, arquetipos colectivos, integración de sombras, epigenética, orden, libertad con límites y la necesidad de una visión compartida de país. No como teoría abstracta, sino como condiciones reales para que Colombia saque su mejor versión.
Este no es un llamado al optimismo ingenuo.
Es un llamado a la madurez colectiva.
Colombia no está condenada.
Pero sí está siendo puesta a prueba.
Y como ocurre con las personas, la sanación comienza cuando dejamos de negar lo que nos duele y asumimos la responsabilidad de cambiar.
Esta serie es una invitación a ese proceso.




