domingo, enero 11, 2026
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(ANÁLISIS) Petro tiene miedo y baja el tono. El giro en la relación con Trump y el reacomodo de Colombia ante Washington

El cambio de tono del presidente Gustavo Petro frente a Donald Trump y al gobierno de Estados Unidos se ha convertido en uno de los movimientos políticos más visibles del último tramo de su mandato. Tras meses de confrontación discursiva, choques ideológicos y una narrativa abiertamente crítica hacia Washington, el mandatario colombiano pasó a una fase de cautela, pragmatismo y desescalamiento retórico en los últimos días. El giro no fue espontáneo ni gratuito, pues respondió a una sucesión de hechos diplomáticos, mensajes directos desde Estados Unidos y a la percepción de que el margen de maniobra de Colombia frente a la potencia norteamericana es más estrecho de lo que el discurso político e ideológico suele admitir.

Durante buena parte de 2025, Petro convirtió la relación con Trump en un escenario de disputa ideológica. Desde foros multilaterales hasta intervenciones públicas en Estados Unidos usando las calles de Nueva York, el presidente colombiano marcó distancias, criticó el enfoque de seguridad norteamericano y presentó su política exterior como una ruptura con la tradición de alineamiento histórico. Esa estrategia, sin embargo, tuvo costos. A las tensiones verbales se sumaron advertencias formales desde Washington, la amenaza de medidas económicas y decisiones administrativas que afectaron el clima bilateral.

En ese contexto, el lenguaje cambió. La retórica confrontacional dio paso a un discurso más moderado, menos frecuente en redes sociales y más cuidadoso en las declaraciones oficiales. El viraje no fue presentado como rectificación, sino como una “normalización” de relaciones, aunque en los hechos reflejó una lectura más realista del balance de poder entre ambos países.

De la confrontación ideológica al cálculo político

El punto de quiebre se produjo tras la operación de Estados Unidos en Venezuela que derivó en la captura de Nicolás Maduro y su traslado a territorio norteamericano para enfrentar procesos judiciales. Petro reaccionó inicialmente con dureza, cuestionó la acción estadounidense y apeló al principio de soberanía regional. En ese momento, pareció reeditar la confrontación directa con Trump, ahora en un escenario aún más delicado.

La respuesta desde Washington fue inmediata y sin ambigüedades. Trump no solo defendió la operación, sino que elevó el tono personal contra Petro, recordando la cercanía geográfica de la flota estadounidense en el Caribe y advirtiendo que Colombia también estaba bajo observación en materia de narcotráfico y seguridad. Más allá del estilo provocador que caracteriza a Trump, el mensaje fue leído en Bogotá como una señal de que la confrontación podía escalar a un nivel con consecuencias reales.

A partir de allí, los canales diplomáticos se activaron con urgencia. Funcionarios de la Cancillería colombiana y representantes estadounidenses en Bogotá establecieron contactos permanentes para evitar una ruptura mayor. La llamada directa entre Petro y Trump, de la que solo se conocen referencias parciales, marcó el inicio de una etapa distinta. Desde entonces, el presidente colombiano redujo de manera notable sus menciones críticas a Estados Unidos y optó por una narrativa más prudente.

El reconocimiento de los límites

Más allá del contenido específico de esa conversación, el episodio dejó en evidencia un reconocimiento tácito de los límites del poder colombiano frente a Estados Unidos. Petro comprendió que la movilización simbólica, la retórica de resistencia o el llamado a la calle no alteran el cálculo estratégico y poderío de Washington cuando se trata de seguridad, narcotráfico o intereses regionales.

Ese entendimiento explica el cambio de actitud. El presidente pasó de una postura de desafío a una de contención, buscando preservar espacios de diálogo y evitar que la relación bilateral se deteriorara en un momento crítico. No se trató de afinidad política, sino de supervivencia diplomática y de miedo.

En la práctica, el giro se reflejó en varios frentes. Disminuyeron los pronunciamientos hostiles en escenarios internacionales, se moderó el discurso en redes sociales y se priorizó el contacto institucional por encima de la confrontación pública. El mensaje implícito fue claro. Colombia no está en condiciones de sostener una escalada prolongada con Estados Unidos sin asumir costos significativos.

El contexto de vulnerabilidad política

El cambio de tono también se explica por el momento político interno que atraviesa el gobierno. Con el final del mandato en el horizonte y un balance de gestión marcado por controversias, Petro enfrenta un escenario de creciente fragilidad. La política de “paz total”, la relación con grupos armados ilegales y el aumento de los cultivos ilícitos han sido objeto de cuestionamientos persistentes desde Estados Unidos y otros aliados.

En ese contexto, una relación abiertamente hostil con Washington incrementaría la presión internacional sobre el gobierno colombiano y reduciría su margen de maniobra en los meses finales. Petro parece haber entendido que, sin el respaldo o al menos la neutralidad de Estados Unidos, su capacidad de cerrar el mandato sin sobresaltos se vería seriamente comprometida. Petro entendió que es vulnerable y que puede ser objeto de interés de la justicia norteamericana que ya viene armando un expediente en su contra.

El episodio venezolano actuó como catalizador. La captura de Maduro evidenció hasta dónde está dispuesto a llegar Estados Unidos cuando considera que se han agotado las vías diplomáticas. Para Petro, fue una señal de advertencia sobre el alcance real del poder norteamericano en la región y sobre la fragilidad de los liderazgos que se sostienen únicamente en el respaldo político interno.

Un giro táctico, no ideológico

El desescalamiento de Petro no implica un cambio ideológico profundo ni una alineación automática con Trump. Se trata, más bien, de un giro táctico. El presidente colombiano no abandonó su discurso crítico sobre el modelo estadounidense, pero entendió que el momento no era propicio para sostenerlo en términos de confrontación directa, pues de seguir provocando a Trump, sería inminente un accionar militar en su contra. Por primera vez, se ve a Petro sometido en medio de su permanente arrogancia.

Ese matiz es clave para entender la nueva fase de la relación bilateral. Petro optó por “agachar la cabeza”, como describen algunas fuentes políticas, no por convicción, sino por cálculo. El objetivo es ganar tiempo, reducir tensiones y evitar decisiones que puedan afectar de manera irreversible su posición como presidente de Colombia en el escenario internacional.

En términos prácticos, esto se traduce en una diplomacia de bajo perfil, orientada a mantener abiertos los canales de comunicación y a evitar provocaciones innecesarias. La estrategia apunta a transitar los últimos meses del gobierno sin choques mayores con Washington, incluso si eso implica renunciar a parte del capital simbólico construido en la confrontación.

El peso del futuro inmediato

Otro factor que explica el cambio es la conciencia del escenario posterior a la Presidencia. Petro sabe que el poder presidencial ofrece una protección institucional que desaparece al dejar el cargo. En ese sentido, mantener una relación abiertamente hostil con Estados Unidos podría tener consecuencias que trasciendan su mandato.

El presidente parece haber asumido que la prioridad es salir del poder sin quedar aislado internacionalmente ni expuesto a presiones externas mayores, cuando ya no goce del fuero de ser jefe de un Estado. El desescalamiento con Trump se inscribe en esa lógica, de reducir riesgos, bajar el perfil y evitar convertirse en un actor incómodo para Washington en un momento de transición política regional.

Un mensaje para el sistema político colombiano

El giro de Petro también envía un mensaje al sistema político interno. La relación con Estados Unidos sigue siendo un factor determinante para la estabilidad económica, la cooperación en seguridad y la inserción internacional de Colombia. Más allá de las diferencias ideológicas, ningún gobierno puede ignorar ese hecho sin asumir costos elevados.

La experiencia de estos meses deja una lección claraen el sentido de que la retórica confrontacional tiene límites cuando se enfrenta a realidades geopolíticas duras. Petro lo aprendió en tiempo real y ajustó su estrategia en consecuencia.

También es claro que por la personalidad de Gustavo Petro, su alto ego y su convencimiento que él es el pueblo; el cambio de tono no lo hace por bien del país, ni de la economía, ni de los ciudadanos; sino pensando en el cálculo personal y su propio beneficio, ante lo que como persona, está arriesgando ahora, para cuando deje de ser presidente.

Un cierre marcado por la prudencia

En la recta final de su gobierno, Gustavo Petro parece haber optado por la prudencia. El “jaguar” retórico de los primeros años dio paso a una figura más contenida, el “gatito” consciente de sus vulnerabilidades y de la necesidad de evitar choques innecesarios. La relación con Trump, lejos de resolverse en afinidades personales, se redefinió sobre la base del interés y del poder real amenazante de Estados Unidos, que de cierto modo, ya lo tiene sometido.

El cambio de tono no borra las tensiones acumuladas ni las diferencias de fondo, pero sí marca un punto de inflexión. Petro entendió que, en política internacional, la confrontación ideológica sin capacidad de respaldo efectivo en lo militar y equilibrio de fuerzas, puede convertirse en un riesgo mayor que puede terminar en su captura como le ocurrió a Maduro. Mejor no retar, parece ser la moraleja. Su repliegue discursivo es, en última instancia, una admisión de esa realidad.

Habrá que ver cuánto le dirá el entendimiento de la situación, cuantos cafés se toma en su delirio y si se mantendrá en esta nueva fase; o si sus alucinaciones lo llevarán a una nueva crisis que arriesgue su futuro.

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