La decisión del presidente Donald Trump de no transferir de manera inmediata el poder político en Venezuela a María Corina Machado y Edmundo González, pese a haber sido reconocidos como los vencedores legítimos en las urnas, ha generado una ola de reacciones emocionales, críticas públicas y lecturas apresuradas. Sin embargo, un análisis más frío del contexto venezolano y de la lógica histórica de las transiciones políticas complejas permite entender esta determinación como una estrategia deliberada, orientada no solo a evitar un estallido violento, sino a debilitar estructuralmente al chavismo desde su núcleo de poder.
Lejos de representar una traición a la causa democrática, la decisión de respaldar de manera temporal a Delcy Rodríguez, figura emblemática del chavismo y heredera administrativa del régimen tras la captura de Nicolás Maduro, responde a una lógica clásica de control de crisis, negociar y administrar la transición con quienes aún conservan el poder real, no con quienes solo tienen la legitimidad moral y electoral.
El poder real sigue armado
Tras la caída de Nicolás Maduro, el control efectivo del Estado venezolano no pasó automáticamente a la oposición civil. Las Fuerzas Armadas, los servicios de inteligencia, los colectivos armados y buena parte de la estructura administrativa siguen bajo influencia del chavismo-madurismo. En ese escenario, una entrega inmediata del poder a María Corina Machado o a Edmundo González habría significado exponerlos a un riesgo extremo, tanto político como físico, y abrir la puerta a una confrontación interna de alto impacto, con consecuencias imprevisibles.
Trump y su equipo entendieron que, en este punto, la prioridad no era la legitimidad democrática, ya definida en las urnas, sino la contención del caos. En transiciones duras, la historia demuestra que primero se debe apagar el incendio antes de reconstruir la casa. Y para eso, se habla con quien tiene las llaves del agua, no con quien tiene razón.
Delcy Rodríguez, utilidad no afinidad
La permanencia de Delcy Rodríguez en el centro de la escena no responde a simpatías ideológicas ni a concesiones políticas gratuitas. Su papel es estrictamente funcional. Delcy representa, al menos en esta fase inicial, tres activos que Estados Unidos considera indispensables para una transición controlada.
El primero es la continuidad administrativa. El régimen aún controla ministerios, empresas estatales, PDVSA, puertos, bancos y buena parte del aparato burocrático. Sin esa maquinaria en funcionamiento, Venezuela podría paralizarse en cuestión de días, profundizando la crisis humanitaria y económica.
El segundo activo es su rol como canal directo con el poder duro. Delcy no gobierna en solitario, pero coordina. Tiene acceso a los mandos militares, a los organismos de inteligencia y a las facciones internas del chavismo. En un momento de alta volatilidad, esa capacidad de interlocución es clave para evitar levantamientos armados, sabotajes o fracturas violentas.
El tercer elemento es su capacidad de entregar resultados concretos. Información, órdenes administrativas, liberaciones, gestos diplomáticos y decisiones operativas que, sin su mediación, serían imposibles. No se trata de confianza, sino de utilidad estratégica.
Fracturar al chavismo desde dentro
Más allá de la contención inicial, la apuesta de Trump va un paso más allá, el de usar a Delcy Rodríguez como un factor de división interna dentro del chavismo. Al respaldarla de manera táctica, Estados Unidos introduce una cuña en un movimiento que históricamente se ha sostenido sobre la lealtad cerrada alrededor de un líder único.
Con Maduro fuera del tablero, las tensiones latentes entre Diosdado Cabello, Vladimir Padrino López, los jefes militares, los operadores económicos y los aparatos de seguridad han salido a la superficie. La percepción de que Delcy podría estar colaborando con Washington, mientras otros líderes siguen siendo objetivo directo de la justicia estadounidense y de recompensas multimillonarias; ha erosionado la confianza interna.
Este escenario alimenta los celos, las sospechas y las traiciones cruzadas. El chavismo, acostumbrado a operar como un bloque monolítico, comienza a fragmentarse en facciones que buscan salvarse individualmente. En términos estratégicos, es una forma eficaz de debilitar al régimen sin necesidad de una confrontación militar abierta.
Gestos que confirman la ruta
Los primeros movimientos de Delcy Rodríguez han reforzado esta lectura. La liberación de presos políticos de larga data, el anuncio de reapertura de la embajada de Estados Unidos, la normalización gradual de relaciones diplomáticas y comerciales, y la disposición a permitir una administración internacional del sector petrolero apuntan a una cooperación pragmática.
Washington, por su parte, ha dejado claro que invertirá sumas superiores a los 100.000 millones de dólares en la reconstrucción de la infraestructura petrolera venezolana y que tendrá un papel decisivo en la selección de las empresas que operarán en el país. Este control económico no solo garantiza estabilidad financiera, sino que se convierte en una herramienta de presión política interna.
La reciente intervención de buques petroleros con banderas falsas en el Caribe, presuntamente destinados a Cuba, y la información que habría salido desde Venezuela para facilitar esas operaciones, refuerzan la idea de una colaboración activa que incomoda profundamente a otros sectores del chavismo.
Proteger a la oposición ganadora
Paradójicamente, no entregar el poder de inmediato a María Corina Machado y Edmundo González es también una forma de protegerlos. Para el chavismo duro, María Corina representa una amenaza existencial. Su llegada abrupta al poder, sin control territorial ni respaldo armado, podría haber desatado una reacción violenta, incluso atentados directos contra su vida.
En esta fase, Edmundo González cumple un rol simbólico y de consenso civil, pero no es un operador de poder. Su momento llegará en una segunda etapa, cuando el terreno esté despejado y las condiciones mínimas de seguridad estén garantizadas.
Un proceso en fases
La estrategia estadounidense parece seguir un esquema clásico de tres etapas. La primera, en curso, está centrada en el control del caos y la estabilización inmediata, negociando con quienes aún manejan las armas y conocen las trampas del sistema. Allí encaja Delcy Rodríguez.
La segunda fase implicará el reacomodo del poder y la incorporación progresiva de actores civiles y técnicos aceptables para liderar la transición, entre ellos la oposición que ganó las elecciones. La tercera buscará la legitimación plena del proceso, la reconstrucción institucional, la reactivación económica y la redefinición del modelo político y monetario, posiblemente con una dolarización de facto. Estas tres fases ya habían sido explicadas en otro análisis de IFMNOTICIAS.
Más estrategia que emoción
El error más común, tanto dentro como fuera de Venezuela, es creer que la caída de Maduro implica un cambio inmediato y total. Las transiciones profundas rara vez son instantáneas. Están llenas de tensiones, negociaciones opacas y decisiones incómodas.
Trump no está improvisando. Su apuesta en Venezuela combina presión judicial, control económico, disuasión militar y fragmentación interna del adversario. Delcy Rodríguez es, en este momento, una pieza útil en ese tablero. No el destino final, sino el instrumento para llegar a él.
Hoy se habla con Delcy. Mañana, con Edmundo, María Corina y otros actores de una eventual comisión de transición. El objetivo no ha cambiado. Restablecer el orden democrático en Venezuela. La diferencia está en el camino elegido para evitar que el país arda antes de llegar a ese punto.
La reunión de la próxima semana entre Trump y María Colina Machado, será fundamental para poder entender el papel que la oposición jugará en este proceso de transición. Mientras el chavismo-madurosmo tienen en contra a los Estados Unidos, la oposición encarnada, María Corina Machado y Edmundo González tienen todo el aparato norteamericano y a Trump a su favor, por lo que es muy posible que, sin estar gobernando en Venezuela, sean ellos quienes ayuden a diseñar desde la sombra, el futuro del país y ese proceso de transición junto con el secretario de Estado del norteamericano Marco Rubio, siendo parte del comité de administración de Venezuela.



