En medio del ruido propio de un año preelectoral, con decenas de nombres disputando avales y cupos en listas de partidos y movimientos ciudadanos, un fenómeno político ha pasado relativamente desapercibido. La dispersión estratégica de lo que fue el llamado quinterismo. Se trata del reacomodo de exfuncionarios, aliados y figuras cercanas al exalcalde de Medellín, Daniel Quintero, que hoy buscan mantenerse vigentes en el escenario nacional a través de distintas colectividades, tras la pérdida de la personería jurídica del movimiento Independientes y el desgaste político que dejaron los escándalos de su administración.
Este proceso no se expresa como un bloque homogéneo ni como un proyecto político coherente, sino como una diáspora. Antiguos colaboradores y defensores del exmandatario local se han ido integrando, de manera fragmentada y en algunos casos discreta, a listas del Pacto Histórico, movimientos ciudadanos, plataformas regionales e incluso proyectos políticos liderados por figuras tradicionales del Congreso. El objetivo común parece ser la supervivencia política y la posibilidad de incidir desde otros espacios, ante la imposibilidad de competir bajo una misma marca, con la misma idea del quinterimo.
El fin de Independientes y el vacío organizativo
La pérdida de la personería jurídica del movimiento Independientes marcó un punto de quiebre. Sin estructura formal, sin acceso directo a financiación estatal y sin la capacidad de inscribir listas propias, el quinterismo quedó sin un vehículo electoral claro y dando palsos de ciego. A ello se sumó el impacto de múltiples investigaciones y cuestionamientos por presuntos hechos de corrupción durante la Alcaldía de Medellín, que terminaron erosionando su legitimidad ante amplios sectores del electorado.
Ese vacío organizativo explica, en buena medida, la actual estrategia de dispersión. En lugar de confrontar directamente ese desgaste, los antiguos cuadros del quinterismo optaron por mimetizarse en otros proyectos, diluyendo su identidad política original y presentándose bajo nuevas narrativas. No se trata de una ruptura ideológica explícita, sino de un desplazamiento táctico hacia espacios donde aún es posible competir electoralmente, a la espera del momento de poder volver a reagruparse con su líder en un proyecto claro.
Daniel Quintero y la retórica del “reseteo”
En el centro de este proceso sigue estando Daniel Quintero. Tras dejar la Alcaldía, el exmandatario intentó proyectarse como figura nacional, apelando a una narrativa de “reseteo” de la política, la justicia y las estructuras institucionales tradicionales. Sin embargo, esa retórica no logró consolidarse en los escenarios de la izquierda donde buscó respaldo, y su aspiración terminó dependiendo de un aval otorgado por un movimiento indígena, hoy bajo revisión de las autoridades electorales por eventuales inhabilidades, generada por él mismo al cometer errores en la participación de una consulta que lo anuló en su aspiración a la presidencia en lo que se ha denominado el «autoreseteo» de Quntero.
La propuesta del “reseteo”, más allá de su carga simbólica, ha sido interpretada por analistas como una formulación más cercana al rechazo generalizado del sistema que a una agenda programática concreta. Algunos analistas lo han calificado como lo más cercano a una propuesta de «anarquía total»,» con la intención de destruirlo todo y reinventar lo que ya está inventado. Lejos de traducirse en una plataforma electoral sólida, ese discurso ha funcionado como un elemento de cohesión retórica para sus seguidores, sin resolver los problemas de fondo como la ausencia de credibilidad, viabilidad jurídica y aceptación ciudadana.
Penetración en listas ajenas y nuevas alianzas
Mientras el liderazgo de Quintero enfrenta obstáculos, sus antiguos colaboradores han seguido otro camino. Nombres asociados a su administración han comenzado a aparecer en listas de diferentes partidos y movimientos, algunos de ellos con trayectorias ideológicas y políticas muy distintas entre sí. Esta dispersión no responde a una afinidad doctrinal clara, sino a la búsqueda de cupos y oportunidades.
Casos como el de Juan David Duque, exsecretario privado de Quintero, hoy vinculado al movimiento político de Roy Barreras, ilustran este fenómeno. Duque ha trasladado la narrativa del “reseteo” al escenario del Senado, ahora bajo una nueva sombrilla política. La operación no es aislada; se repite, con matices, en otras listas donde antiguos cuadros del quinterismo intentan reciclar su discurso y su capital político.

Reelección y lealtad al liderazgo local
Otro grupo de figuras cercanas al exalcalde ha optado por la continuidad legislativa. Congresistas como Alex Flórez y Alejandro Toro buscan la reelección manteniendo su cercanía política y simbólica con Quintero, aun cuando ya no existe una estructura partidaria que los articule formalmente. En estos casos, la apuesta es conservar el respaldo de un electorado que todavía se identifica con el proyecto político que gobernó Medellín, pese a los cuestionamientos.
Esta lealtad, sin embargo, convive con una realidad compleja. La marca quinterista ya no tiene el mismo peso electoral ni la misma capacidad de movilización, y su asociación con investigaciones y escándalos obliga a estos candidatos a manejar con cuidado su narrativa pública. El desafío consiste en no romper con su base política sin quedar atrapados en los pasivos reputacionales del pasado reciente.
Investigaciones y silencios estratégicos
Un rasgo común en esta diáspora es la tendencia a minimizar o directamente omitir el vínculo con los episodios más controvertidos de la Alcaldía de Medellín. Varios de los aspirantes que hoy buscan curules en el Congreso enfrentan o enfrentaron investigaciones relacionadas con su gestión como funcionarios de Quintero, pero esos antecedentes rara vez ocupan un lugar central en sus campañas.
Este silencio estratégico plantea interrogantes sobre la transparencia del proceso electoral. La fragmentación del quinterismo facilita que estos antecedentes queden diluidos entre nuevas siglas y discursos renovados, dificultando al elector identificar continuidades políticas y responsabilidades administrativas. No se trata de una estrategia inédita en la política colombiana, pero sí de una que adquiere particular relevancia en un contexto de desconfianza ciudadana hacia las élites.
Impacto en el mapa político nacional
La dispersión del quinterismo tiene efectos más amplios que la suerte individual de sus protagonistas. Al insertarse en múltiples listas, estos actores pueden influir en la composición del Congreso desde distintos frentes, sin asumir el costo político de presentarse como un bloque cohesionado. Esta fragmentación reduce la visibilidad del fenómeno, pero no necesariamente su capacidad de incidencia.
Al mismo tiempo, pone en evidencia la fragilidad de los movimientos personalistas en Colombia. Sin una estructura institucional sólida, dependen casi por completo del liderazgo de turno y quedan expuestos a una rápida disolución cuando ese liderazgo pierde fuerza o enfrenta problemas judiciales. El caso de Independientes y su posterior diáspora es ilustrativo de esa dinámica.
Un fenómeno a observar en campaña
A medida que avance la campaña, la presencia de antiguos cuadros del quinterismo en diferentes listas será más visible. Su desempeño electoral permitirá medir hasta qué punto ese capital político sigue vigente o si, por el contrario, se diluye definitivamente en el nuevo mapa partidista. También pondrá a prueba la capacidad del electorado para identificar trayectorias, alianzas y responsabilidades más allá de los rótulos partidarios.
La diáspora del quinterismo no es solo una anécdota del actual proceso electoral. Es un reflejo de cómo los proyectos políticos sin arraigo institucional buscan reinventarse en medio de la crisis, y de cómo el sistema político colombiano absorbe, recicla y redistribuye actores incluso cuando arrastran cuestionamientos de fondo. En ese reacomodo silencioso se juega una parte relevante de la disputa por el poder legislativo que viene.





