Irán atraviesa uno de los momentos más delicados desde la instauración de la República Islámica en 1979. A finales de diciembre de 2025, una serie de protestas inicialmente motivadas por el deterioro económico derivaron en una movilización nacional de carácter político que hoy pone en tensión los pilares del régimen clerical. La combinación de colapso económico, represión estatal y presión internacional ha convertido la coyuntura iraní en un factor de inestabilidad que trasciende con claridad sus fronteras.
Las manifestaciones comenzaron como expresiones de inconformidad por la caída abrupta del rial, el aumento sostenido del costo de los alimentos y la pérdida acelerada del poder adquisitivo. En pocos días, el malestar se expandió a sectores urbanos, comerciantes, estudiantes y clases medias, extendiéndose a las 31 provincias del país. El alcance territorial y social de las protestas marcó una diferencia frente a episodios anteriores, porque esta vez, no se trata de focos aislados, sino de un fenómeno nacional con capacidad de presión constante.
De la crisis económica a la contestación política
La economía iraní lleva años bajo una presión estructural profunda. Las sanciones internacionales, la mala gestión interna y la dependencia de ingresos energéticos han erosionado la estabilidad financiera del Estado. La inflación persistente, el desempleo juvenil y la depreciación de la moneda han reducido la capacidad del régimen para ofrecer bienestar material a amplios sectores de la población, un elemento clave de su contrato social informal. A todo esto, se suma que la captura de Nicolás Maduro en Venezuela, rompió el laso que, de alguna manera, soportaba el intercambio que ofrecía cierta sostenibilidad.
En este contexto, las consignas de las protestas evolucionaron rápidamente. A las demandas económicas se sumaron reclamos contra la élite clerical, cuestionamientos a la legitimidad del liderazgo y llamados a cambios políticos de fondo. Este tránsito del descontento económico a la impugnación del sistema político explica la dureza de la respuesta estatal, ya que el régimen percibe la protesta, no como una crisis coyuntural, sino como una amenaza existencial.
La respuesta del Estado. Control y represión
La reacción gubernamental ha sido contundente. Las fuerzas de seguridad recurrieron al uso de munición real para dispersar manifestaciones, con un saldo de cientos de muertos y miles de detenidos, según organizaciones de derechos humanos y reportes internacionales. Paralelamente, las autoridades impusieron un bloqueo casi total de internet y de servicios de comunicación, una estrategia ya conocida en Irán para dificultar la coordinación de los manifestantes y reducir la visibilidad internacional de la represión.
Este cierre informativo no solo busca frenar la movilización interna, sino también controlar el relato hacia el exterior. En ausencia de información independiente, el régimen intenta presentar los disturbios como acciones desestabilizadoras impulsadas desde el extranjero, una narrativa que refuerza su discurso de resistencia frente a enemigos externos.
Tensiones internacionales y retórica de confrontación
El deterioro interno ocurre en un entorno geopolítico particularmente sensible. Teherán ha acusado de manera directa a Estados Unidos e Israel de fomentar la agitación social, advirtiendo sobre posibles represalias ante cualquier intervención externa. Estas acusaciones forman parte de un patrón histórico, pues cuando el régimen enfrenta presión interna, suele reforzar la narrativa de amenaza externa para cohesionar a su base política y justificar medidas extraordinarias de control.
Desde Washington, las reacciones se han movido en un registro de advertencias y condenas. Voceros estadounidenses han señalado la posibilidad de nuevas sanciones si continúa el uso de fuerza letal contra civiles, al tiempo que recalcan su preocupación por la estabilidad regional. Este intercambio retórico incrementa la tensión y eleva el riesgo de errores de cálculo en una región donde los márgenes de maniobra son estrechos.
Un punto crítico para la República Islámica
Analistas internacionales coinciden en que Irán enfrenta una coyuntura especialmente frágil. A diferencia de protestas anteriores, el régimen lidia simultáneamente con tres frentes, el de una economía debilitada, una sociedad movilizada y un entorno internacional hostil. Esta convergencia ha erosionado la capacidad de control político sin costos crecientes.
No obstante, el desenlace permanece abierto. La historia reciente de Irán muestra una notable resiliencia del aparato estatal, apoyado en fuerzas de seguridad leales y en un entramado institucional diseñado para resistir presiones internas. La pregunta central no es si existe malestar social, pues eso es evidente, sino si este malestar puede traducirse en una alteración efectiva del equilibrio de poder.
Impacto regional inmediato
Las implicaciones de la crisis iraní se sienten con fuerza en Medio Oriente. Irán es el principal sostén político, militar y financiero de una red de aliados y grupos armados en países como Líbano, Siria y Yemen. En escenarios de presión interna, Teherán tiende a permitir o incentivar fricciones de baja intensidad a través de estos actores, como mecanismo de disuasión y distracción.
Este patrón eleva el riesgo de escaladas accidentales, especialmente con Israel, que responde tradicionalmente mediante acciones preventivas para evitar que sus adversarios fortalezcan capacidades militares. A su vez, los países del Golfo observan con preocupación cualquier incremento de tensiones que pueda afectar la estabilidad interna y las rutas energéticas.
Estados Unidos y el dilema de la disuasión
Para Estados Unidos, la crisis iraní plantea un dilema estratégico clásico. Una respuesta demasiado dura podría fortalecer al sector más radical del régimen, que se nutre del enfrentamiento con Occidente para consolidar apoyos internos. Al mismo tiempo, la inacción frente a la represión masiva tiene costos políticos y reputacionales.
La estrategia estadounidense suele moverse en un equilibrio delicado, basado en el endurecimiento retórico y sanciones selectivas, combinadas con una postura de disuasión militar en puntos clave como el Estrecho de Ormuz. El objetivo es contener sin provocar, enviar señales de firmeza sin cruzar umbrales que justifiquen una respuesta directa de Teherán. De todos modos, por el momento Estados Unidos guarda una aparente distancia aunque no muy lejos sus portaaviones esperan cautelosos en aguas internacionales.
Energía y economía global
Más allá del plano político, la crisis iraní tiene efectos económicos de alcance global. Irán sigue siendo un actor relevante en el mercado energético, y cualquier perturbación prolongada eleva las primas de riesgo sobre el petróleo y el gas. Incluso sin interrupciones formales del suministro, la percepción de inseguridad en el Golfo Pérsico impacta los precios, los seguros marítimos y las expectativas de los mercados.
Para economías importadoras netas de energía, este efecto se traduce en mayor inflación y presión sobre las balanzas externas. Así, un conflicto interno en Irán adquiere rápidamente una dimensión sistémica, conectando la estabilidad social de un país con la economía global.
Escenarios plausibles en el corto y mediano plazo
En un horizonte de seis a doce meses, los analistas identifican varios escenarios posibles. El primero es una contención autoritaria, en la que el régimen mantiene el control mediante represión, asumiendo altos costos reputacionales pero evitando una ruptura interna. Un segundo escenario es la escalada indirecta, donde incidentes protagonizados por aliados regionales de Irán elevan la tensión sin llegar a un conflicto abierto.
Un tercer escenario contempla una apertura táctica limitada, con gestos económicos o sociales destinados a descomprimir la presión sin alterar la estructura del poder. Finalmente, existe el riesgo de un shock exógeno, como un ataque mayor o un incidente marítimo, que acelere decisiones de alto riesgo y desate una crisis regional de mayor escala.
Un factor de inestabilidad global
La crisis en Irán no puede entenderse como un asunto doméstico. Su evolución afecta cálculos de seguridad, diplomacia y energía en una región clave del sistema internacional. Mientras persista la presión interna, Medio Oriente operará con márgenes de error reducidos y alta volatilidad.
Para los actores externos, el desafío será gestionar la disuasión y evitar que la dinámica interna iraní derive en una escalada regional con consecuencias globales. Para Irán, el reto es aún mayor, el de enfrentar un descontento social profundo sin provocar una fractura que altere de manera irreversible el equilibrio del poder que ha sostenido al régimen durante más de cuatro décadas.



